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Este artículo fue curado por pulzo   Mar 8, 2026 - 7:56 am
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Durante largos periodos históricos, la participación de las mujeres en la ciencia estuvo marcada por profundas desigualdades y frecuentes omisiones en el reconocimiento de sus aportes. Numerosos testimonios y estudios avalados por medios como National Geographic revelan que las investigadoras debieron sortear obstáculos económicos, sociales y académicos, algunas veces desarrollando sus proyectos sin remuneración o viendo cómo los logros alcanzados por ellas terminaban adjudicados a colegas masculinos. Esta problemática, lejos de ser un fenómeno aislado, se extendió durante décadas y se replicó en distintos ámbitos del conocimiento mundial.

El informe citado por National Geographic destaca que múltiples científicas, fundamentales para el avance en áreas clave de la ciencia, quedaron invisibilizadas o relegadas a un segundo plano. Así, mientras el trabajo cotidiano y las contribuciones teóricas de estas mujeres permitieron revolucionar áreas como la astrofísica, la microbiología, la física y la biología molecular, una parte considerable de ese legado científico fue erróneamente atribuido a sus supervisores u otros miembros de sus equipos, perpetuando la brecha de género en la ciencia. Estos hechos cobran especial relevancia en el contexto del Día de la Mujer, cuando vale la pena rescatar sus historias y colocar sus nombres en el lugar que merecen.

Uno de los ejemplos más representativos lo constituye Jocelyn Bell Burnell, una astrofísica nacida en Irlanda del Norte en 1943. En su etapa como estudiante de posgrado en la Universidad de Cambridge, Bell Burnell identificó por primera vez los púlsares, cuerpos celestes extremadamente densos que resultan de la explosión de estrellas masivas. Su hallazgo, tomado de los registros de un radiotelescopio, demostró que ciertos remanentes estelares sobreviven como objetos que giran a altas velocidades luego de una supernova. Sin embargo, cuando en 1974 se concedió el Premio Nobel de Física por ese descubrimiento, el reconocimiento recayó en su supervisor y otro colega, excluyéndola completamente.

La microbióloga estadounidense Esther Lederberg, por su parte, jugó un papel fundamental en el entendimiento de la genética bacteriana. En 1951, identificó al bacteriófago lambda, un virus esencial para la biología molecular, y junto a su esposo desarrolló la técnica de replicación en placa, tecnología aún vigente en laboratorios al facilitar la transferencia y análisis de bacterias. No obstante, el Nobel de Medicina de 1958 premió solo a su esposo y otros investigadores, sin incluirla, a pesar de su liderazgo en los hallazgos.

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La historia de Chien-Shiung Wu, física nacida en China en 1912 y emigrada a Estados Unidos, es otro claro ejemplo. Wu formó parte del proyecto nuclear durante la Segunda Guerra Mundial y más adelante, mediante elegantes experimentos, demostró que la ley de la paridad —una premisa largamente aceptada en la física de partículas, que sostiene que los procesos físicos son los mismos si se invierten las coordenadas espaciales— no era válida en ciertas circunstancias. Su prueba experimental fue fundamental, pero el Nobel de 1957 fue adjudicado únicamente a los teóricos que propusieron la hipótesis.

Rosalind Franklin, investigadora británica en biología molecular, aplicó métodos de difracción de rayos X al estudio del ADN y obtuvo la famosa Foto 51, que permitió deducir la estructura de doble hélice. Este descubrimiento se asoció públicamente a James Watson y Francis Crick, quienes junto a Maurice Wilkins ganaron el Nobel en 1962. Franklin había fallecido para entonces, lo que según las reglas de la Academia la imposibilitaba para optar al galardón, invisibilizando en la memoria colectiva su papel decisivo.

¿De qué forma influyeron estas historias en la percepción sobre el papel de la mujer en la ciencia?

A lo largo de los años, casos como los de Jocelyn Bell Burnell, Esther Lederberg, Chien-Shiung Wu y Rosalind Franklin han servido como ejemplos paradigmáticos de las barreras y desafíos que enfrentaron las mujeres científicas para alcanzar el reconocimiento. Estas historias revelan dinámicas sistemáticas de exclusión y han impulsado debates sobre la necesidad de valorar objetivamente el mérito, sin discriminación de género. Su ejemplo ha motivado movimientos para reescribir la historia de la ciencia y promover una mayor equidad en las oportunidades y premiaciones.

Hoy, mencionar sus trayectorias resulta vital no solo para hacer justicia a sus legados, sino para inspirar nuevas generaciones de investigadoras. El rescate de estos nombres en fechas representativas busca fomentar espacios de mayor inclusión y recordarle a la comunidad científica y a la sociedad la importancia de garantizar igualdad de acceso y reconocimiento a todos los protagonistas de la ciencia, cualquiera sea su género.


* Este artículo fue curado con apoyo de inteligencia artificial.

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