Travis Sánchez, epidemiólogo de la Universidad de Emory, entrevistó en línea a principios de abril a mil hombres homosexuales, y la mitad de ellos informó de una disminución del número de sus parejas sexuales y la reducción del uso de las aplicaciones de citas.

Pero Sánchez cuenta de inmediato una información inquietante: una cuarta parte dice que tienen problemas para hacerse la prueba de detección a causa del cierre de miles de sitios donde las hacen. Aquellos que continúan teniendo encuentros sexuales, por lo tanto, desconocen su estado, una bomba de tiempo potencial.

“Es muy probable que los comportamientos riesgosos se reanuden antes de que los servicios de prevención hayan reabierto por completo”, dice el investigador. “Esta combinación podría conducir a más infecciones por el VIH”.

El impacto de la pandemia del coronavirus en el VIH no se conocerá hasta el próximo año, cuando los Centros para la Prevención y el Control de Enfermedades (CDC) publiquen las cifras de infección de 2020.

Pero múltiples expertos y profesionales de la salud pública temen un relajamiento, un año después de que Estados Unidos se fijara el objetivo de reducir la cantidad de nuevas infecciones en un 75 % para 2025.

En Washington, una ciudad muy golpeada por el VIH, la clínica Whitman Walker tuvo que dejar de recibir gente para realizarse la prueba de detección de este virus y de otras enfermedades de transmisión sexual (ETS): sífilis, gonorrea, clamidia.

Antes de ello, unas 50 personas acudían por día para hacerse el test, incluidos muchos gais para quienes era rutina realizarlo cada tres meses.

“Todas estas personas ya no están siendo evaluadas”, dice Amanda Cary, una enfermera especialista que continúa atendiendo pacientes sintomáticos, solo con cita previa. “Estoy segura de que habrá un aumento de las ETS”.

Los CDC dijeron a AFP que esperan una caída a corto plazo en los diagnósticos de ETS, pero “un aumento a largo plazo una vez que se eliminen las restricciones y se realicen más pruebas a las personas”.

Respecto al VIH, el cierre de sitios de detección “podría causar más infecciones” a largo plazo.

Todo puede cambiar

En San Francisco, el médico investigador Matthew Spinelli está preocupado por las personas sin hogar y quienes ya no tienen créditos telefónicos o por internet para teleconsultar. “La gente tiene miedo de ir al hospital en este momento, me preocupa”, dice el doctor, que trabaja en el gran hospital público local.

Su unidad hace seguimiento también a 3.000 personas portadoras de VIH. Teme que en el caos de la pandemia, algunos ya no vayan a la farmacia o ya no tomen su tratamiento retroviral todos los días, lo que aumentaría sus cargas virales y los haría contagiosos.

“Temo que su salud psicológica se deteriore en la situación actual o que su adicción a las drogas empeore”, sostiene.

En Estados Unidos se aplica el tratamiento preventivo PrEP, que permite evitar casi al 100% estar contaminado, pero según Spinelli algunos dejaron de tomarlo durante el confinamiento.

¿Lo retomarán después? “Yo preveo que, en definitiva, la epidemia del VIH se agravará”, afirma.

Sin embargo, al obligar a los profesionales a improvisar soluciones, la pandemia también cambiará, en este caso para bien, las prácticas de prevención. La telemedicina se generalizará.

Los sitios de suministro de jeringas ya entregan más jeringas por vez, o incluso las envían por paquete.

Las pruebas de VIH a domicilio, que existen desde hace años pero son poco utilizadas, se usarán más, dice Stephen Lee, director de Nastad, una asociación de funcionarios de salud pública especializados en VIH.

Los CDC las están promoviendo y Florida y Tennessee comienzan a flexibilizar su aplicación, dice a la AFP.

“La pandemia nos ha demostrado que podemos y debemos hacerlo”.