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El Carnaval de Negros y Blancos, celebrado en la ciudad de Pasto, ha alcanzado un reconocimiento internacional gracias a la riqueza de su expresión cultural, que combina coloridas carrozas, danzas tradicionales, música autóctona y una variada oferta gastronómica. Cada año, miles de turistas y residentes se congregan para participar en esta fiesta, la cual se ha consolidado como uno de los eventos más emblemáticos de Latinoamérica, según información de Señal Memoria. El valor del Carnaval no reside solo en la evolución de sus manifestaciones artísticas, sino en el significado profundo que ha adquirido con los siglos, hasta convertirse en Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) en 2009.
Para comprender el origen de esta festividad, es necesario remontarse a los tiempos prehispánicos. De acuerdo con Señal Memoria, los pueblos indígenas pastos y quillacingas de la región ya celebraban encuentros rituales en torno a las máscaras y danzas, expresando así sus creencias y cosmovisión. No obstante, la estructura actual del Carnaval empezó a forjarse durante la colonia, momento en el que las condiciones sociales y políticas influyeron de manera decisiva en su desarrollo.
El testimonio recogido por Señal Memoria revela que el Carnaval adquirió su cariz distintivo a partir de la resistencia de las comunidades afrodescendientes a la esclavitud. Frente al incremento de protestas por los abusos, la autoridad colonial permitió concederles un día de libertad durante las festividades de Reyes. Ese día de júbilo evolucionó hacia un acto simbólico de igualdad racial: la práctica de pintar de negro el rostro de todos los presentes, eliminando simbólicamente las diferencias de casta y promoviendo la integración entre etnias en lo que se llamó “el juego de la pintica”. Este evento se celebra tradicionalmente el 5 de enero y representa uno de los momentos centrales del carnaval.
Con el paso de los años, la festividad fue sumando nuevos elementos. Entre 1880 y 1890, la habilidad festiva de las poblaciones nariñenses propagó el Carnaval desde Popayán hacia Pasto. En 1912 apareció el llamado “juego de blancos”, cuando se empezó a espolvorear polvos blancos sobre los asistentes el 6 de enero, sumando un nuevo símbolo de fraternidad bajo las arengas populares que celebraban tanto al “negrito” como al “blanquito”.
Esta fusión de tradiciones —la de negros y la de blancos— se consolidó en 1927 cuando los estudiantes de la región incorporaron comparsas, desfiles, máscaras y eligieron la primera reina del Carnaval, Rosa Elvira Navarrete, según reporta Señal Memoria. Junto a esto, se incluyeron elementos como las carrozas monumentales y eventos como el desfile de la Familia Castañeda, que conmemora la acogida de visitantes foráneos en el festival, de acuerdo con Señal Colombia. Estas adiciones han contribuido a enriquecer la tradición, dándole una identidad plural.
El Carnaval sigue reinventándose cada año, como lo destaca Julio Andrés Jaramillo, director del festejo. Las temáticas de las carrozas, la creatividad en las obras y la musicalidad de los artistas convocados –como Andy Rivera, La Suprema Corte o Roberto Blades– despiertan siempre nuevas expectativas. Así, el futuro del Carnaval parece asegurado, nutriéndose de la memoria colectiva y la innovación artística, para seguir sorprendiendo tanto a propios como a extraños en cada edición, culminando con el gran desfile magno del 6 de enero por las calles de Pasto.
¿Cómo ha influido la declaración de la Unesco en la valoración del Carnaval de Negros y Blancos?
La incorporación del Carnaval de Negros y Blancos en la lista de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco en 2009 marcó un hito importante, según señala la información del artículo. Este reconocimiento internacional ha impulsado la preservación y valorización de la tradición, fortaleciendo su legitimidad tanto dentro de Colombia como en el escenario global. Las autoridades locales y organizadores del carnaval han recibido mayor respaldo y atención, lo que ha favorecido la profesionalización de los desfiles y la protección de las prácticas ancestrales.
Este hecho no solo ha contribuido a aumentar el turismo y dar visibilidad a los artistas regionales, sino que también ha promovido el orgullo identitario entre los habitantes de Pasto y Nariño. Como resultado, el Carnaval ha adquirido un papel protagónico en la memoria colectiva, asegurando su transmisión a las nuevas generaciones y su continua innovación cultural.
* Este artículo fue curado con apoyo de inteligencia artificial.
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