Precisamente, comienza con una forma bucólica: “Desde el Inírida, que acaricia con la ternura de sus aguas frescas la selva Amazónica y del Orinoco, sitiados por la fragancia del Vaupés que es piña madura, anunciamos al mundo que ha comenzado la segunda Marquetalia […]”.

Así, hace alusión al lugar fundacional del movimiento guerrillero, y símbolo de su resistencia, comoquiera que siempre se aseguró, entre el mito y la leyenda, que allí Manuel Marulanda Vélez, alias ‘Tirofijo’, combatió junto con un número reducido de guerrilleros a miles de soldados en la operación que se lanzó contra esa naciente insurgencia en el marco del Plan LASO.

“Es la continuación de la lucha guerrillera en respuesta a la traición del Estado a los acuerdos de paz de La Habana”, continuó ‘Márquez’ al leer el manifiesto. “Es la marcha de la Colombia humilde, ignorada y despreciada hacia la justicia que destella en las colinas del futuro”.

En otro de los apartes de su arenga, el, al parecer, nuevo jefe de las Farc, dice: “Será la de la paz cierta, no traicionada, desplegando sus alas de anhelos populares sobre la perfidia del establecimiento”.

En todo caso, el dulzor de esas palabras contrasta con el grupo de hombres y mujeres que rodean a ‘Márquez’: fuertemente armados, con rostros adustos y marcados por años de guerra, en la que decidieron quedarse.

“Esta insurgencia no se levanta de las cenizas como el ave Fénix para seguir operando en las profundidades de la selva remota. No, volará a través del cristal de esas lejanías brumosas para abrazar con la fuerza del amor los sueños de vida digna y buen gobierno que suspiran las gentes del común”, continúa ‘Márquez’.

En medio de las razones políticas, económicas y de seguridad que da para retomar las armas, el jefe guerrillero también dice cosas como: “Unidos seremos la antorcha de la esperanza […]” o “¿Cómo construir la paz sobre estas ruinas taciturnas?”.

En su fuerte crítica a Francisco de Paula Santander, sostiene: “El santanderismo es el triunfo del pícaro sobre el hombre honrado, un sórdido rábula que afilaba sus garras en los dorsos de los tratados de derecho”.

“Debemos levantar de las ruinas esta república, y eso solo lo puede hacer el pueblo, que es el verdadero soberano. Por encima de él, el cielo solamente”, añade. “En la introducción del acuerdo final de La Habana hay un compromiso que quedó suspendido en el firmamento yerto de los incumplimientos […]. Seamos un solo puño en alto […]. Tomemos el timón de Colombia y dirijámosla sin pérdida de tiempo hacia las costas de la dignidad humana”.

Lo curioso es que, en la parte final de su proclama, ‘Márquez’ mira solo la paja en el ojo ajeno: “La política en Colombia, salvo honrosas excepciones, dejó de ser una práctica laudable para convertirse en el arte de robar y de embaucar acompañado de una elocuencia sonora y demagógica”.