Así, el panorama que pinta Ávila en el diario español es desalentador para los sectores alternativos y progresistas con miras principalmente a las elecciones presidenciales del 2022.

El subdirector de la fundación Paz y Reconciliación sintetiza en un corto párrafo de 30 palabras la situación actual de Colombia: “Mientras la política alternativa y progresista se desangra y cae en canibalismo, la vieja clase política se reconstruye y se divide el poder burocrático y regional. Esa es la historia”.

Eso, pese a que la apuesta del uribismo para regresar al poder, el presidente Iván Duque, ronda apenas el 30 % de aprobación, un año después de su posesión. “Con esos resultados, en teoría, los candidatos perdedores y los de la oposición deberían estar bien posicionados. Pero no es así”, advierte Ávila.

Para el analista, en el año que va de gobierno de Duque ni Gustavo Petro ni Sergio Fajardo ha logrado liderar la oposición. “Se han encerrado en una guerra absurda que no les deja ver el resto del espectro político”, asegura.

Como ejemplo de esa disputa y canibalismo político, Ávila plantea el caso de Claudia López, que, cuando inscribió su candidatura a la alcaldía de Bogotá, dijo que Fajardo seguramente sería el próximo presidente, lo que provocó la “cólera” de Petro. “Dicha disputa los ha cegado y ellos mismos se están marginalizando de la campaña del 2022”, dice Ávila.

Además, de Petro dice que “en la práctica se ha ido aislando solo” por decisiones como apoyar a Hollman Morris para la alcaldía de Bogotá, “a pesar de ser un candidato inviable en términos electorales, cuestionado por acusaciones que dejan en una posición muy complicada a Petro”. De Fajardo, sostiene que “sigue en su idea de crear un partido político propio, algo que ha intentado hacer desde 2011 y no ha podido. Si no lo ha logrado en casi 10 años menos lo hará en 2”.

En cambio —sigue Ávila—, la centro-derecha (representada por los hermanos Galán) y una alianza entre el alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez, la casa Char y el uribismo les están “copando espacio” a Fajardo y a Petro en diferentes regiones del país.

Pero todo el panorama político se enrarece aún más por la forma en que, según expone Alberto Velásquez Martínez en El Colombiano, “se han degradado los partidos políticos” en el país, convertidos en “colectividades que pocas afinidades tienen en sus talantes e ideas”.

“Las alianzas para apoyar aspirantes a los puestos públicos se dan, no por analogías filosóficas, sino por conveniencia de supervivencia electoral para no morir prematuramente en la larga agonía”, escribe Velásquez Martínez. “En unas regiones se unen antípodas en matrimonios cosidos por el cordón umbilical del clientelismo. Es un salpicón que está demostrando cómo se van disolviendo las colectividades colombianas”.

También sostiene que hay movimientos que apoyan a candidatos “financiados, en buen porcentaje, con dineros calientes”, y asegura que “quienes giran esas platas no lo hacen propiamente por amor a la causa, por generoso desprendimiento y convicción en sus ideologías, sino por los rendimientos financieros que sacan de esas colaboraciones, a través de contratos y gajes, contraprestaciones con las que quedan hipotecados los elegidos”.

“Hay poca seriedad en el debate electoral. A ratos parece un melodrama, cuando a través del pragmatismo no pocos han logrado juntar el agua con el aceite, cosa imposible ante la ciencia química”, sigue el columnista del diario antioqueño. “Construyen alianzas mecánicas con antípodas en la política y hasta en la ética. Aspiran más que a servir, a servirse y sobrevivir burocráticamente en montoneras”.