Hasta ahora, recuerda Gómez en su columna, era sabido que “Venezuela tiene un gobierno que narcotrafica, y en ese proceso se enriquecen sus cabecillas […] Protagonista de primera fila en el desastre ético venezolano es el célebre ‘cartel de los Soles’, conformado por altos oficiales y funcionarios untados de coca por todas partes”.

A partir de esa realidad, en el centro de la cual está Maduro, el columnista hace una ecuación simple: “Un presidente que consiente que sus militares y colaboradores trafiquen con drogas, y se beneficie, es un narcotraficante”.

Pero después de las revelaciones de la revista Semana, que difundió documentos secretos del régimen que evidencian que el dictador alberga en territorio venezolano y apoya al Eln y a la banda criminal que encabeza ‘Márquez’, y entre todos conspiran para desestabilizar a Colombia, Gómez hace otra ecuación sencilla, a manera de interrogante.

“¿Qué vendría siendo un presidente que protege y patrocina el terrorismo?”, pregunta, y recuerda que en julio pasado Maduro dijo: “‘Iván Márquez’ y ‘Jesús Santrich’ son bienvenidos a Venezuela […] cuando quieran venir; son dos líderes de paz”. Pero Gómez lo corrige: “Pacifistas cuya vocación por el delito los llevó a incumplir los acuerdos de paz y volver a la ilegalidad. Los miembros de esta nueva empresa criminal han anunciado, con repugnante emoción, que van a desarrollar actividades terroristas”.

Por eso, Gómez advierte que “cuando ‘Márquez’ detone en Colombia un carro bomba o atente contra un oficial de las Fuerzas Armadas o secuestre a uno de esos oligarcas que lo trasnochan, Maduro será copartícipe. Todo acto terrorista que perpetren sus protegidos lo comprometerá frente al mundo. La comunidad internacional puede convivir con borricos, pero no con terroristas”.

Cita la resolución 1373 de 2001, adoptada por el Consejo de Seguridad de la ONU, que establece que los Estados no pueden otorgar apoyo (activo o pasivo), ni derecho de circulación, a personas vinculadas con actos terroristas. Mucho menos financiarlos, sino todo lo contrario: velar por su enjuiciamiento.

“Si no hay electricidad en Venezuela, Maduro dice que es obra de los terroristas. Si teme por su vida, habla de ataques terroristas. Si lo someten a sanciones internacionales, es terrorismo económico. Si la oposición lo reta, asegura que son actividades de terrorismo”, critica Gómez, y después conmina: “Maduro, que ve terroristas por todas partes, debería levantar su camisa verde oliva y mirarse el ombligo”.

En ese mismo sentido se manifiesta Luis Carlos Vélez, en su columna de El Espectador, en la que sostiene que lo que descubre la publicación de Semana “es la existencia de documentos que, primero, confirman el apoyo militar de Venezuela a las guerrillas colombianas y, segundo, evidencian una estrategia para utilizarlas como punta de lanza en agresiones y recolección de inteligencia”.

Para él, se trata del comportamiento “más grave que mantiene un país en contra de otro en la historia reciente de nuestra región. Nunca antes se había conocido con precisión información acerca de las intenciones bélicas de un país latinoamericano frente a un vecino, fundamentadas principalmente en diferencias ideológicas y económicas”.

“Maduro le está aplicando el modelo Irán-Hezbolá a Colombia apoyando guerrillas, infiltrando nuestra política y logrando respaldo internacional de peligrosos aliados que nos consideran una ficha de EE. UU.; lo que lleva a que nuestra estrategia contemple la manera en que Israel ha podido sobrellevar la tensión de los últimos 70 años”, asegura Vélez.

Reclama, por último, que Colombia empiece la tarea denunciando a Maduro y buscando que “Venezuela ingrese lo más pronto posible a la lista de países que patrocinan el terrorismo. Con su accionar en contra de Colombia, el régimen de Maduro tiene bien ganado su lugar al lado de Irán, Corea del Norte, Sudán y Siria. Más claro no canta el gallo”.