Por: El Espectador

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Este artículo fue curado por pulzo   Ene 9, 2026 - 6:01 am
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El hábito de dormir durante la noche está profundamente integrado en la vida diaria de la mayoría de las personas. Las jornadas laborales, los momentos de alimentación y las diferentes actividades cotidianas se organizan en torno a la luz del día, mientras que la noche está reservada para el descanso. Esta tendencia a asociar la oscuridad con el sueño no es fortuita; responde a una evolución de nuestras rutinas biológicas enfocadas en optimizar el descanso cuando el entorno está menos activo y hay menos estímulos externos disponibles.

El estudio del sueño —un patrón conductual extensamente examinado en humanos y otros animales— ha demostrado no solo la importancia de dormir en horarios nocturnos, sino también la necesidad de obtener entre seis y ocho horas de descanso para mantener la salud. Además, se ha confirmado que la calidad y duración del sueño pueden variar dependiendo de la edad y las prácticas personales, lo cual repercute directamente en el bienestar físico y mental. Estas observaciones han llevado a la conclusión de que el sueño desempeña un papel vital en el proceso de recuperación y funcionamiento del sistema nervioso.

Durante muchos años, se asumió que el sueño era una prerrogativa de los animales con cerebros desarrollados, como los mamíferos, en quienes se ve como un período en el que el sistema nervioso central se regenera y reposa. Sin embargo, esta creencia empezó a cambiar en 2017, cuando un grupo de científicos propuso que organismos más simples, como las medusas y las anémonas —que cuentan con redes nerviosas compuestas de neuronas pero no poseen cerebro—, también podrían experimentar fases análogas al sueño.

Bajo este contexto, investigadores analizaron a fondo el comportamiento de dos especies: la medusa invertida (Cassiopea andromeda) y la anémona estrella (Nematostella vectensis). De acuerdo con los datos publicados en la revista Nature Communications, ambas especies presentan patrones regulares de reposo, pero fue en la medusa donde se observaron similitudes más marcadas con el sueño humano. La medusa descansaba principalmente durante la noche e incorporaba breves siestas durante el día, mientras que la anémona mostraba un patrón de sueño orientado al amanecer.

Ambas criaturas dedicaban alrededor de un tercio del día —unas ocho horas— al sueño, semejante a lo que ocurre en los seres humanos. En los experimentos, la cantidad de luz y la capacidad del organismo para autorregularse se identificaron como factores determinantes en el establecimiento de sus rutinas de descanso.

Este descubrimiento llevó a los investigadores a plantearse para qué sirve el sueño en organismos tan distintos a los humanos. Para responder a esa interrogante, expusieron a las medusas y anémonas tanto en laboratorio como en su entorno natural, sometiéndolas a condiciones que generaban daño en su ADN, como radiación ultravioleta, y observando cambios en sus hábitos de sueño.

Uno de los hallazgos más destacados fue que durante el sueño, tanto la medusa como la anémona registraban mayor estabilidad en sus cadenas de ADN, experimentando menos daño celular en comparación con los períodos de vigilia, según el artículo. Además, tras someterlas a estrés celular provocado, ambas especies mostraban una tendencia a aumentar las horas de descanso, lo que sugiere que el sueño tendría una función evolutiva protectora ante el desgaste celular y la alteración del material genético.

De esta manera, la investigación plantea que el sueño, lejos de ser exclusivo de animales con cerebro complejo, pudo haber surgido como un mecanismo fundamental para preservar la integridad del ADN y limitar el daño en las células nerviosas, subrayando su relevancia en la evolución de los seres vivos.

¿Cómo afectan los malos hábitos de sueño a la salud humana?

La pregunta es relevante en tanto que diversos estudios han vinculado la calidad y cantidad del sueño con el bienestar físico y mental. Datos mencionados en el artículo indican que los ciclos de sueño insuficiente o alterados pueden perjudicar la salud, enfatizando la importancia de mantener buenos hábitos de descanso.

Entender la función protectora del sueño sobre el ADN y las células nerviosas, evidenciada tanto en humanos como en especies simples como medusas y anémonas, refuerza la necesidad de priorizar el descanso adecuado. El sueño emerge, así, como un factor determinante no solo para el funcionamiento diario, sino para la longevidad y la prevención de enfermedades asociadas al deterioro celular.


* Este artículo fue curado con apoyo de inteligencia artificial.

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