Si bien Duncan concede en su columna que la escena montada por alias ‘Iván Márquez’ para anunciar su retorno y el de sus compañeros a las armas —en la que ‘Santrich’ aparece con un fusil— podría simbolizar “la idea de la resistencia aun en las condiciones físicas más desfavorables”, se convence de que esa imagen apunta más a “apostar por la violencia sin calcular sus consecuencias”.

La decisión de ‘Márquez’ y ‘Santrich’, dada a conocer a los colombianos hace una semana a través de un video que aún hoy provoca todo tipo de comentarios como los recogidos en este artículo, obedece a que “no tenían otra alternativa que desaparecer”, luego de ser relacionados con narcotráfico, asegura Duncan, y “demuestra, aunque insensatos, su interés en mantenerse vigentes en la política nacional”, pero “el problema para ellos es que un nuevo proceso es inviable, mucho menos ahora que se rearmaron”.

En ese nuevo escenario también les señala ceguera, pues considera que no parece que tengan la capacidad de “reconstruir, así sea a medias, una guerrilla parecida a lo que fueron las Farc”, y además “está claro que el grueso de las disidencias y el Eln no están dispuestos a concederle[s] algún tipo de mando”.

Diego Arango, en El Nuevo Siglo, sigue la misma línea de Duncan y, después de reconocer que “dirigentes como Timochenco, Lozada, Catatumbo y otros sinceramente se apartaron definitivamente de las armas”, asegura que “los más ciegos, cínicos y sordos como Santrich, Iván Márquez, el paisa, Romaña y otros tantos […] vuelven a la patraña de la lucha armada como escudo protector”.

Y, claro, la “ceguera” de ‘Santrich’, ‘Márquez’ y compañía también ha provocado que haya unos sectores que afirmen, como lo recoge Roberto Zabaraín en su columna de El Heraldo, que “la mesurada posición de Timochenko responde a una bien planeada y ejecutada estrategia para que las Farc conserven la infiltración en los estamentos oficiales y en simultánea continuar con el narconegocio, pues no creen que después de tantos años delinquiendo, semejante gavilán se haya convertido en mansa paloma”.

O que otros sectores entiendan, como afirma Juan Gómez Martínez en El Colombiano, que quienes volvieron trizas los acuerdos de paz no fueron Álvaro Uribe ni Fernando Londoño, sino ‘Santrich’, ‘Márquez’, ‘Romaña’, ‘el Paisa’, que “se encargaron de acabarlo y mostrar lo que realmente era el tal acuerdo”.

Pero Martínez, a raíz de lo que hicieron ‘Santrich’, ‘Márquez’ y compañía, tiene además otra forma de ver la ecuación: “Mostraron a las claras que las disidencias son las que están en el Congreso, que ellos, los guerrilleros activos, siguieron traficando con la droga, que son los dueños de los cultivos ilícitos, que todo fue una farsa y una burla al pueblo colombiano y al mundo entero”.

Sin embargo, como en todo, hay otros puntos de vista, como el de Ricardo Silva Romero en El País, de España, que dice que fue bueno que saliera ese video “anacrónico e infame porque fue la medida de lo poco que les importan, a los tales disidentes, las plegarias de las víctimas y las vidas de los desmovilizados”.

“Fue bueno —agrega Silva Romero— porque nos dio la razón a todos: a los que sospechaban de la paz con esos terratenientes cínicos que extorsionaban al pueblo que enarbolaban y a los que creíamos en la rendición de las FARC a la exasperante democracia y estábamos convencidos de que no había —y no hay— camino más cierto que el diálogo”.