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En la víspera de su primera cumbre, la Junta de Paz promovida por Donald Trump reúne apoyos y recelos. Concebida inicialmente para supervisar el alto el fuego en Gaza y coordinar su reconstrucción, la iniciativa aspira ahora a extender su mandato a la resolución de conflictos globales.
Varios aliados occidentales interpretan este movimiento como un desafío directo al sistema multilateral encabezado por la ONU, que encarna el orden mundial instaurado tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.
Una cumbre con ambición global
Más de 20 países participarán este jueves en Washington en la reunión inaugural de la Junta de Paz. Según la Casa Blanca, el presidente estadounidense abrirá el encuentro antes de viajar a Georgia.
La portavoz Karoline Leavitt confirmó que los miembros se comprometieron con más de 5.000 millones de dólares para la ayuda humanitaria y la reconstrucción de Gaza, devastada por Israel luego de la incursión de Hamás el 7 de octubre de 2023. Además, apuntó el despliegue de miles de efectivos en una fuerza internacional de estabilización.
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Al menos 35 jefes de Estado y de Gobierno han aceptado formar parte de la Junta. Entre los 26 países fundadores, según publicó la cuenta oficial de la entidad en X, se incluyen Israel, Argentina, El Salvador, Paraguay, Arabia Saudita y Egipto. Otras naciones, como Francia, España y Suecia, han rechazado formar parte.
Se destaca también el rechazo del Vaticano: el cardenal Pietro Parolin confirmó que la Santa Sede no participará, insistiendo en que la gestión de crisis internacionales debe recaer en la ONU. Algunas naciones europeas, junto con México, Italia o República Checa, asistirán únicamente como observadores.
La Junta, creada formalmente en enero en el marco del Foro Económico Mundial en Davos, prevé un sistema de membresía con aportes financieros elevados (hasta 1.000 millones de dólares para miembros permanentes) y otorga amplios poderes a su presidente, incluido el derecho de veto.
Gaza, prioridad inmediata
La reunión se centrará en Gaza, donde persiste un frágil alto el fuego alcanzado en octubre tras meses de guerra entre Israel y Hamás. Pese al acuerdo negociado por Washington, continúan reportándose olas de ataques israelíes contra el enclave, que Tel Aviv justifica como represalias a violaciones de la tregua por parte de Hamás.
El plan impulsado por Trump contempla que la Junta supervise la gobernanza temporal del enclave y coordine su reconstrucción, en medio de una crisis humanitaria de gran escala tras una ofensiva israelí que ha dejado decenas de miles de muertos y el desplazamiento masivo de la población.
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Sin embargo, la iniciativa ha sido criticada por no incluir representación palestina y por el papel central que asumiría Estados Unidos en la administración del territorio.
¿Un desafío al orden internacional?
Para la historiadora Alanna O’Malley, especialista en gobernanza global, la creación de la Junta de Paz supone “un desafío fundamental” al sistema de Naciones Unidas. “Dedicar recursos financieros, políticos y humanos a una nueva institución implica restarlos a la ONU”, explica.
No obstante, la experta subraya que el debilitamiento del organismo internacional no es nuevo, señalando su limitada capacidad de respuesta ante crisis recientes como Ucrania o Gaza.
O’Malley interpreta la iniciativa no solo como una reacción a esas limitaciones, sino como parte de una estrategia más amplia de política exterior estadounidense. “Refleja un retorno a lógicas de esferas de influencia propias del siglo XIX”, afirma, en referencia a una visión del orden global que también atribuye a potencias como Rusia o China.
Asimismo, destaca el componente personal del proyecto: “El hecho de que Trump se reserve la presidencia permanente y el poder de veto refuerza la idea de una estructura alineada con su liderazgo”.
Con EFE, Reuters y France 24
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