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Escrito por:  Fredy Moreno
Editor jefe     Oct 19, 2026 - 7:25 am

En Europa, de los varios países que enfrentan manifestaciones violentas, Francia es el más llamativo. Comenzaron allí y después brotaron en Italia, Albania y Portugal. Por su parte, en España, hasta ahora, la protesta se mantiene de manera pacífica. En América Latina también hay expresiones de ese tipo en Colombia y Argentina. Los contextos son diferentes, y se podría decir que lo único que tienen en común es su simultaneidad. Pero hay elementos que, aunque parecen vagos, resultan comunes en algunos de esos casos.

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Las protestas en Francia comenzaron el pasado 18 de septiembre, por estudiantes de liceos en la academia de Créteil (en las periferias del norte de París), debido a la falta de profesores, aulas masificadas e infraestructura deficiente. Pero a comienzos de octubre, el movimiento se extendió a nivel nacional y evolucionó hasta incorporar demandas contra el alto costo de la vida, el encarecimiento de la gasolina y los recortes al gasto público, sumando a trabajadores, sindicatos y sectores que emulan el movimiento de los ‘chalecos amarillos’.

En Italia, las protestas son contra el aumento del costo de vida y la precariedad laboral y afectan ciudades como Roma, Turín, Bolonia y Milán. En Bélgica protestan contra un recorte de 500 millones de euros en la educación; en Portugal lo hacen por la vivienda; en Albania piden la renuncia del primer ministro y rechazan las condiciones de las universidades, el costo de las matrículas y la corrupción; En Madrid, los protestantes siguen acampando en la Puerta del Sol y se teme que esa manifestación derive en violencia por la decisión de las autoridades de la Comunidad de Madrid de recuperar ese espacio público.

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En Buenos Aires, el pretexto ha sido similar: estudiantes y docentes marcharon para que el presiente Javier Milei cumpla con la ley de financiamiento universitario. Y en Colombia, la semana pasada hubo una manifestación convocada por el Pacto Histórico, motivada, según ese partido de izquierda, también por la defensa de la educación pública, garantías laborales para el magisterio, la situación del sistema de salud y Fomag, y el rechazo a políticas del Gobierno de Abelardo de la Espriella. Este fin de semana en Bogotá la protestas contra decisiones en el Museo Nacional se tornaron violentas.

En la mayoría de esas protestas el primer elemento en común es la violencia. Daños en el mobiliario y edificios públicos, vandalismo, saqueos, y agresiones a las autoridades que buscan restablecer el orden. En Francia, incluso, los manifestantes destruyeron una edificación que había sobrevivido a las dos grandes guerras mundiales: la alcaldía de Limoges, un pueblo ubicado en el centro del país. También han resultado afectadas Marsella y Lyon. Al referirse a los ataques contra edificios públicos y comercios, el presidente Emmanuel Macron afirmó: “Aquellos que han roto, atacado las prefecturas como los comercios y saqueado hasta nuestros ayuntamientos serán perseguidos y castigados”.

Macron, que ha responsabilizado a los pequeños grupos de izquierda, reclamó respaldo para los agentes de seguridad en un mensaje que también defendió el derecho a la protesta: “Haremos todos un frente unido contra a los sembradores de caos, que solo buscan derribar nuestras instituciones e impiden que aquellos que expresan pacíficamente sus reivindicaciones lo hagan”. Para eso, pidió desplegar cuanto antes nuevos métodos de intervención. “No hay lugar para la violencia en nuestra República”, dijo. Todo, a nueve meses de las elecciones que buscarán el reemplazo del presidente Macron y que, según sondeos, ganaría la derecha.

En Colombia, varios analistas han insistido en que las protestas no se deben leer en clave de las reivindicaciones inmediatas por las que fueron convocadas (defensa de la educación pública, garantías laborales para profesores y su sistema de salud), sino en clave de calentamiento de motores de la izquierda con miras a las elecciones regionales del año entrante, primer gran raund para reconfigurar el mapa político del país que se consolidará en las presidenciales de 2030. Mantener a sus bases en ambiente de agitación les permite a los líderes de la izquierda empezar a apuntar a sus objetivos.

En ese contexto se inscribiría también la protesta del Museo Nacional, inicialmente convocada contra la decisión del Gobierno Nacional de retirar de ese lugar varios elementos alusivos a la izquierda, pero también a conquistas de la comunidad LGBTI y a otros aspectos de la historia reciente de Colombia. Esta manifestación, a diferencia de la del 14 de octubre, sí derivó en violencia.

Jóvenes, entre exigencias legítimas e instrumentalización

Esas dos protestas se producen en el nuevo marco normativo que establece el Decreto 1525 del 13 de octubre, que implementa nuevas exigencias a las manifestaciones públicas, y bajo el principio de “equilibrio constitucional”, prioriza la protección de otros derechos como la vida, la salud, la movilidad, el trabajo y los servicios públicos. En ese sentido, ordena salvaguardar a los ciudadanos que no participan activamente en las protestas, incluyendo comerciantes, misiones médicas y servidores públicos. Además, introduce reglas claras para los casos en que se verifiquen actos de violencia desde el inicio de las manifestaciones, como el uso de armas, retención de personas o destrucción de infraestructura.

Las dos manifestaciones que se han producido en los últimos días en Colombia, en todo caso, también tienen otro elemento en común con las demás protestas en diferentes partes del mundo: la participación de la juventud, motivada en muchos casos por causas legítimas, pero en otros casos también instrumentalizada por quienes persiguen fines políticos.

Pero en el caso de Colombia eso presenta un agravante: la directora del ICBF, Carolina Restrepo Cañavera, aseguró que en las manifestaciones de este sábado en la noche frente al Museo Nacional participaron menores de edad. Para ella, ese es un acto de “cobardía”. En su cuenta de X, cuestionó que algunos adultos usaran a menores de edad como escudos “para protegerse ellos [los adultos], para esconderse detrás de la niñez y después pretender justificarlo todo con el discurso de la protesta, de la censura o de lo que se les ocurra”.

“¿Se dan cuenta de lo que están haciendo? ¿Se dan cuenta de la barbaridad que significa utilizar a un niño para protegerse uno mismo? Porque una cosa es protestar, reclamar, levantar la voz, ejercer los derechos y otra, muy distinta, es esconderse detrás de un niño para no asumir las consecuencias de los propios actos”, agregó Restrepo Cañavera. “Los niños no son escudos, no son instrumentos de protesta, no son herramientas para desafiar a las autoridades ni para despertar simpatías. Son niños y punto”. Al respecto, Aída Abello, una de las promotoras de las protestas, admitió en Caracol Radio que se les dijo a los padres que, como los sábados y domingos los niños no tienen clases, los llevaran a la protesta.

La violencia expresada en ataques contra el mobiliario público, saqueos a establecimientos comerciales y agresiones a las autoridades, y el uso de menores, degradan las legítimas expresiones de protestas en Colombia y en cualquier parte del mundo. Todas esas desviaciones plantean verdaderos desafíos a los gobiernos para garantizar ese derecho en el marco de las leyes.

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