El fisiólogo Nenad Sestan, líder del equipo de investigadores de la reconocida universidad estadounidense, dialogó con la revista de The New York Times y explicó que los cerebros de los animales fueron reanimados mediante máquinas de perfusión.

A pesar de este maravilloso avance, el equipo de la Universidad de Yale tendría que probar que, una vez que se replique el experimento en un cerebro humano después de su muerte, no se produzca algún tipo de actividad eléctrica que deje al humano en un estado no deseado, explica ese medio.

Según la revista neoyorquina la peor potencial situación para un cerebro parcialmente devuelto a la vida sería quedarse en una “pesadilla febril”, en la que reviviría permanentemente el momento mismo de su muerte. Por ello, advierten que el peor resultado de este experimento podría ser una ‘pesadilla sin fin’ para la persona.

A mediados de abril la revista Nature publicó el estudio realizado por el grupo liderado por Sestan e indicó que en los cerebros estudiados no se detectó “ninguna actividad eléctrica que implicaría un fenómeno de conciencia o percepción”.

“No son cerebros vivos sino cerebros cuyas células están activas”, aseguró, en ese momento, Nenad Sestan.

Según este investigador estos trabajos demuestran que “subestimamos la capacidad de restauración celular del cerebro”.

Además, sugieren que el deterioro de las neuronas como consecuencia “del cese del flujo sanguíneo podría ser un proceso de larga duración”, según un comunicado de Nature.

Los cerebros de los mamíferos son muy sensibles a la disminución del oxígeno provisto por la sangre. Por ello, cuando se interrumpe el flujo, el cerebro deja de estar oxigenado y los daños son irreparables.

Los investigadores utilizaron 32 cerebros de cerdos que habían muerto hace 4 horas. Gracias a un sistema de bombeo bautizado BrainEx, fueron irrigados durante seis horas con una solución a una temperatura equivalente a la del cuerpo (37 grados).

Esta solución, un sustituto de la sangre, fue concebida para oxigenar los tejidos y protegerlos de la degradación derivada del cese del flujo sanguíneo.

Los resultados fueron abrumadores: disminución de la destrucción de las células cerebrales, preservación de las funciones circulatorias e incluso restauración de una actividad sináptica (señales eléctricas o químicas en la zona de contacto entre neuronas).

Según los investigadores, el estudio podría permitir comprender mejor el cerebro, estudiando de qué manera se degrada “post mortem”. También abriría la vía a futuras técnicas para preservar el cerebro tras un infarto, por ejemplo.

Este estudio utilizó cerebros de cerdos que no habían recibido oxígeno, glucosa ni otros nutrientes durante 4 horas. Por lo tanto, abre posibilidades hasta ahora inimaginables“, según Nita Farahany, Henry Greely y Charles Giattino, respectivamente profesora de Filosofía y especialistas de neurociencias.

El estudio podría poner en evidencia dos principios científicos, según expertos.

“Primero, el hecho de que la actividad neuronal y la conciencia se paran definitivamente tras varios segundos o minutos de interrupción del flujo sanguíneo en el cerebro de los mamíferos”.

Segundo, el hecho de que a menos que se restaure rápidamente la circulación sanguínea, se activa un proceso irreversible que lleva a la muerte de las células y seguidamente a la del órgano“, afirman los científicos.