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La complejidad del ser humano y su tendencia a la contradicción reaparecen una y otra vez a lo largo de la historia, expresando tanto la carga de civilización como el desprecio latente por su propia especie. Así lo sugiere Edgardo Mendoza en su texto, donde se recupera la figura de Esopo, el fabulista griego de existencia incierta y narraciones eternas, como símbolo de que los hombres –a veces arrepentidos de su inteligencia y de sus capacidades racionales, evocando incluso los postulados más básicos de pensadores como René Descartes– nos encontramos en medio de un ciclo en el que parecería que renunciamos a nuestro propio progreso. La frase “Estamos descartados como Homo sapiens” condensa con ironía esa sensación de extravío contemporáneo.
Según el relato de Mendoza, este fenómeno de identificación con atributos animales no es precisamente nuevo en la cultura, aunque ha cobrado formas inusitadas en tiempos recientes. Un recorrido por la música vallenata revela cómo desde mediados del siglo XX las figuras zoomórficas poblaron el imaginario popular: ejemplo de ello son sobrenombres como “El tigre de las Marías”, “El gavilán de Villanueva” o la relación de célebres artistas con aves y felinos. Insignes exponentes del género recibieron apodos de pájaros y criaturas del aire: Jorge Oñate fue llamado tanto jilguero como ruiseñor, Nando Marín se reconoció como gavilán, Diomedes Díaz llegó a ser “cóndor herido” y tampoco faltó el “Turpial de Pondorito” en los versos. Estas comparaciones no se limitaban a atributos físicos o de carácter, sino que también impregnaron las letras de canciones, la narrativa y hasta el modo en que se tejían relaciones amorosas y culturales.
Aquellas comparaciones, que en su momento tuvieron tintes poéticos y hasta provocativos, cruzaron a otras expresiones, desde las telenovelas –donde una mujer podía ser “La potra zaina”– hasta el séptimo arte, así como en el emblemático caso de la actriz Ava Gardner, apodada en su época como “el animal más bello del mundo”. Estas denominaciones pretendían elogiar desde la vitalidad y el atractivo, jugando con la noción de belleza inalcanzable y la sensualidad insinuada por la animalidad.
El escenario, sin embargo, ha cambiado drásticamente con la aparición de términos como “therian”, palabra que según Mendoza proviene del ámbito académico o científico y se utiliza para designar a quienes se identifican con características animales desde un sentido más literal y profundo, distanciándose de la mera metáfora. Este fenómeno, lejos de limitarse a lo anecdótico o lo musical, se ha instalado en nuevas prácticas y reivindicaciones identitarias.
¿De dónde surge la palabra “therian” y qué implica esa identidad?
El término “therian” hace referencia, según el texto de Mendoza, a una denominación utilizada en la ciencia o la academia para señalar a quienes afirman sentirse identificados de forma profunda y vital con algún animal, más allá del lenguaje metafórico o poético. Esta autoidentificación, descrita como un fenómeno reciente, plantea preguntas sobre las formas en que las personas redefinen hoy su identidad y los márgenes de lo humano. Tal fenómeno se diferencia de los antiguos usos literarios y culturales al establecerse como una bandera de autoafirmación y pertenencia, lo que invita a un debate aún abierto sobre los límites de la naturaleza y la cultura.
La emergencia de estas nuevas formas de identidad refuerza el interrogante sobre hasta dónde puede, o debe, extenderse la flexibilidad en la autoidentificación, y qué consecuencias sociales, culturales y personales acarrea esta tendencia, especialmente en una época caracterizada por la transformación constante de los referentes y las categorías tradicionales.
* Este artículo fue curado con apoyo de inteligencia artificial.
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