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Este artículo fue curado por pulzo   Ene 25, 2026 - 12:18 pm
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Avanzar por los 25 kilómetros de la carretera que conecta a Manizales con Bogotá, realizando el desvío a la derecha en la vereda La Esperanza (sector El Ocho), implica no solo maravillarse con el paisaje, sino también cumplir con una serie de disposiciones estrictas. Allí, la Policía Nacional ha instalado un puesto de control encargado de hacer cumplir la restricción de “pico y placa ambiental”. Esta medida, vigente desde octubre de 2024 por orden de un juez de Ibagué, responde a una acción de tutela interpuesta debido al importante flujo de turistas que se desplazan por la vía. Su objetivo es proteger el frágil ecosistema de la zona regulando la movilidad de automóviles y motocicletas.

Es relevante advertir que el tránsito está restringido para vehículos de carga, aunque se contemplan excepciones para camperos de turismo registrados, vehículos livianos destinados al transporte de alimentos y servicios de emergencia. Tales especificaciones, según lo publicado por los medios oficiales y el portal laPatria.com, deben ser consultadas previamente por los viajeros para evitar contratiempos. El compromiso colectivo con la protección ambiental se convierte, así, en una condición indispensable para los que transitan estos paisajes.

Recorrer esta vía es también un acercamiento a la riqueza natural de la región. A lo largo del trayecto destacan majestuosos frailejones —plantas nativas de los páramos andinos de Colombia, Ecuador y Venezuela—, que según relatos de la época de la campaña libertadora fueron comparadas por soldados patriotas con monjes debido a su peculiar silueta. Observadores cuidadosos pueden distinguir colibríes y tángaras, aves endémicas que sobreviven alimentándose de insectos, néctar o frutos. Para preservar este santuario, en algunos segmentos se han instalado alambradas que impiden el ingreso desmedido de visitantes y la recolección ilícita de flora y fauna, acciones que acarrean sanciones severas.

El circuito ecológico ofrece escenarios de enorme valor científico y cultural. En la Laguna Negra, localizada a 3.600 metros sobre el nivel del mar en Villamaría, nacen afluentes como el río Chinchiná, cuyo recorrido impacta la vida de numerosos municipios hasta desembocar en el río Cauca. Otro protagonista es el río Gualí, originado en Casabianca (Tolima) a 4.850 metros de altura, cuyo nombre indígena significa “agua brillante” y que atraviesa varias localidades antes de verterse en el río Magdalena.

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Caminatas en la zona permiten transitar sobre rocas negras y grises, formadas tras millones de años de actividad volcánica y glaciar, mostrando la larga historia geológica del paisaje. La vegetación, adaptada al frío extremo del páramo, presenta estrategias fascinantes: plantas cubiertas por tejidos protectores, como si llevaran un abrigo, para impedir la formación de cristales de hielo perjudiciales en su interior. Ejemplo de esto es la salvia fucsia y, por supuesto, el frailejón, cuya particular adaptación lo convierte en verdadero guardián de agua, fundamental para la recarga de acuíferos en la alta montaña.

Finalmente, el cerro Gualí, ubicado en territorio de Manizales pero con laderas que tocan Villamaría y Murillo, destaca por su altitud y por alojar antenas de telecomunicaciones estratégicas para el país, lo que exige una vigilancia constante por parte de las autoridades.

¿Por qué es tan importante controlar el acceso de turistas a los páramos?

El control del acceso de visitantes a ecosistemas de páramo, como el que rodea la vía entre Manizales y Bogotá, responde a la necesidad de equilibrar la presencia humana con la conservación ambiental. Los páramos, albergando flora única como los frailejones y especies endémicas de avifauna, cumplen funciones claves en el ciclo del agua y en la regulación de los climas regionales. La presión desmedida del turismo generado por el desconocimiento y la falta de restricciones adecuadas puede alterar estos equilibrios, conduciendo a la degradación de hábitats y especies irremplazables.

Por eso, medidas como el “pico y placa ambiental” buscan evitar el deterioro irreversible de estos ecosistemas. La protección efectiva de la flora y fauna, apoyada por la vigilancia policial y la instalación de alambradas, asegura que futuras generaciones puedan seguir apreciando la singular belleza de los páramos y se mantenga el aporte vital de agua y biodiversidad que ofrecen a comunidades enteras.


* Este artículo fue curado con apoyo de inteligencia artificial.

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