Las autoridades de esos municipios “se declaran incapaces para enfrentar la llegada de estos grupos inmigrantes, […] en pequeños clanes con perfiles familiares, buscando refugio y ayudas laborales”, escribe Gilibert, después de admitir que “la llegada en grandes grupos de venezolanos a Colombia nos ha traído problemas de diferente índole, pues no estábamos preparados para  enfrentar una situaciones de tamañas características”.

Gilibert dice que los alcaldes “aseguran no tener recursos económicos para atender la situación y mucho menos soluciones jurídicas que […] se puedan utilizar sin hacerles daño [a los venezolanos], ni ofender su condición  de migrantes en busca de trabajo, techo y comida”.

Citando a esos mandatarios, el columnista también dice que “se quejan” del hacinamiento en lugares de habitación, “porque donde les rentan una casa, fácilmente se aloja el doble de personas, violentando la capacidad instalada del lugar”.

Otro problema que relaciona Gilibert en los municipios periféricos de Bogotá por la llegada de venezolanos es que la oferta de mano de obra “se ha visto sobredimensionada […] generado  malestar y descontento en los naturales de la región, creando momentos de tensión entre los residentes y los  forasteros”.

“Esto sin tener en cuenta una serie de problemas y duelos con graves consecuencias entre ellos mismos, producto de su afán por lograr oportunidades, alterando con ello la paz y armonía reinante en esas poblaciones de cultura campesina y labores agrícolas”, agrega Gilibert.

Para él, este escenario “sería conveniente manejarlo con prudencia y mucho tacto. Tanto la Gobernación como Migración Colombia deben asesorar las autoridades municipales para dar una salida y regulación, sabiendo que el primer paso es el censo y registro, para admitir laboralmente las personas plenamente identificadas, brindándoles seguridad y oportunidades”.