Por: EL PILON SA

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Este artículo fue curado por pulzo   Feb 1, 2026 - 10:57 pm
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En la comunidad rural de La Vega Arriba, a las 5:50 de la mañana, la llegada del día no solo significa el inicio de nuevas tareas escolares, sino el despliegue de una rutina cargada de incertidumbre. En ausencia de un transporte escolar oficial, un niño espera a la orilla de una vía destapada, depositando sus esperanzas en la generosidad de algún vecino que pase en auto. Este fenómeno no es excepcional: durante años, ningún periodo escolar ha iniciado con el servicio garantizado, perpetuando en las nuevas generaciones la resignación y la capacidad de sortear dificultades fuera de las aulas.

Los mellizos Gael y Antonella Barros Arrieta, junto con su familia y vecinos, personifican una tradición donde la llegada a la Institución Educativa de Patillal depende más de la habilidad para conseguir transporte improvisado que del calendario académico. Según el testimonio recopilado por Caracol Noticias, esta realidad concreta afecta a 47 instituciones educativas oficiales con 62 sedes urbanas y 121 rurales en Valledupar, capital del Cesar. Aunque la escuela de Patillal tiene programado iniciar el programa de alimentación a partir del 2 de febrero, los estudiantes siguen afrontando el reto cotidiano de llegar a clases por cuenta propia.

Karol Soto, secretaria de Educación municipal, explicó a Caracol Noticias que el contrato del transporte escolar se encuentra en etapa precontractual. Los ajustes salariales, la actualización de coberturas y otros trámites administrativos suelen retrasar la provisión del servicio, dejando a familias y estudiantes a la espera y sin soluciones inmediatas. Mientras tanto, en cada inicio de año, la paciencia y la creatividad de los padres suple la falta de un sistema organizado.

La diferencia entre la mañana y la tarde no es menor. Gael comenta que al regresar a casa bajo el sol y las altas temperaturas, quienes no encuentran un “chance” deben caminar hasta cinco kilómetros, haciendo de una distancia moderada un trayecto agotador y riesgoso, especialmente para niños y jóvenes.

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La ausencia de rutas seguras obliga a las familias a organizarse y reclamar colectivamente ante la administración local. Reunir firmas, enviar cartas, o incluso cerrar el portón del colegio para llamar la atención mediática y oficial son estrategias recurrentes. Sin embargo, las soluciones resultan parciales: la demanda de transporte supera la capacidad de los buses asignados, forzando viajes en condiciones de hacinamiento.

El temor y la inseguridad se hacen presentes en cada viaje. Madres como Luisa Noros relatan la ansiedad de no saber si sus hijos llegarán seguros a casa, mientras docentes lidian con restricciones legales que les impiden auxiliar a sus alumnos, y estudiantes se ven en la necesidad de subir a vehículos desconocidos. El problema, lejos de ser nuevo, se repite cada inicio de año; un vacío administrativo que obliga a padres y estudiantes a improvisar, a menudo a costa de su tranquilidad y bienestar.

Así, mientras programas como la jornada única o la alimentación escolar son celebrados por la comunidad, el transporte sigue resultando una asignatura pendiente. Para estudiantes de zonas rurales, aprender comienza mucho antes del aula: empieza cada madrugada, extendiendo la mano en la carretera y confiando en que, esta vez, alguien se detenga.

¿Por qué el transporte escolar es una necesidad básica en zonas rurales?
Las comunidades rurales, como las de Valledupar, se caracterizan por su dispersión geográfica y la carencia de infraestructuras adecuadas. Esto convierte al transporte escolar en un elemento indispensable para garantizar la asistencia regular de niños y jóvenes a la escuela. Sin un sistema de rutas seguro, los estudiantes dependen de factores impredecibles que ponen en riesgo su integridad y dificultan la continuidad de su educación.
Asegurar el acceso seguro a la escuela no solo permite ejercer el derecho a la educación, sino que reduce la desigualdad entre el campo y la ciudad. La ausencia recurrente de este servicio refuerza la percepción de abandono institucional y condena a las familias a una improvisación permanente, socavando oportunidades para el desarrollo educativo de las nuevas generaciones.


* Este artículo fue curado con apoyo de inteligencia artificial.

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