Cada día, a las 6:00 a.m. y 6:00 p.m., las ondas radiales y televisivas de Colombia se llenan con las notas del Himno Nacional, un coro que evoca la gesta libertadora y une a millones de ciudadanos en un momento de reflexión patriótica. Esta tradición no es un capricho cultural, sino una obligación legal establecida por la Ley 198 de 1995, promulgada el 17 de julio de ese año durante la presidencia de Ernesto Samper.
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La norma, titulada “por la cual se ordena la izada de la Bandera Nacional y colocación de los símbolos patrios en los establecimientos públicos y educativos”, busca regular el uso y respeto a los emblemas nacionales, convirtiéndolos en elementos cotidianos de la vida pública.
El contexto histórico de esta ley se remonta al Himno Nacional mismo, compuesto en 1887 como un poema de Rafael Núñez –cuatro veces presidente de Colombia– para celebrar la independencia de Cartagena. Publicado inicialmente en el periódico La Democracia, el texto fue musicalizado por el italiano Oreste Síndici a pedido del director teatral Jorge Pombo.
Su estreno público ocurrió el 11 de noviembre de 1887 en Bogotá, pero no fue oficializado hasta 1920 mediante la Ley 33, sancionada por el presidente Marco Fidel Suárez, que lo declaró símbolo patrio. A lo largo del siglo XX, el himno enfrentó controversias, como una demanda en 1997 por supuesta apología a la violencia y discriminación religiosa, que no prosperó.
La Ley 198 de 1995 representa una evolución en la institucionalización de los símbolos nacionales. En su artículo 1, ordena la izada permanente de la bandera y la colocación del escudo en edificios públicos, instalaciones militares, educativas y representaciones diplomáticas en el exterior.
El artículo 8, clave para el ritual diario, obliga a las emisoras de radio y canales de televisión con programación continua a emitir la versión oficial del himno a las horas mencionadas. Además, los establecimientos educativos deben realizar ceremonias cívicas semanales con izada de bandera y canto del himno, fomentando el civismo desde la infancia.
¿Qué significa esto para Colombia? En esencia, transforma los símbolos patrios de elementos simbólicos a herramientas activas de identidad nacional. Al sonar el himno dos veces al día, se crea un “ritual colectivo” que marca el inicio y fin de la jornada, recordando valores como libertad, unidad y sacrificio histórico.
Para los medios, implica una responsabilidad cívica: no solo informar, sino educar y unir. Esta difusión obligatoria se extiende a eventos oficiales, deportivos y académicos, asegurando que el himno no sea olvidado en la vorágine diaria.
La implementación de esta ley en 1995 no fue casual. Colombia atravesaba una década turbulenta: el narcoterrorismo de los carteles, la guerrilla y escándalos políticos como el Proceso 8000 erosionaban la confianza en las instituciones. En este panorama, la norma buscaba fortalecer el patriotismo y la cohesión social, promoviendo el respeto a los emblemas como antídoto contra la fragmentación.
Inspirada en leyes previas como la 12 de 1984 y la 61 de 1985, que definieron especificaciones de los símbolos, la Ley 198 respondió a la necesidad de revitalizar el civismo en una nación en crisis. Expertos en historia cultural, como aquellos citados en análisis de la Biblioteca Nacional, ven en ella un esfuerzo por “institucionalizar la memoria colectiva” en tiempos de violencia.
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Hoy, a más de tres décadas, esta ley persiste como un recordatorio sonoro de la resiliencia colombiana. Aunque algunos la critican por su rigidez en un mundo digital, para muchos representa un lazo intangible con la patria. En un país de diversidad y desafíos, el himno a las 6:00 sigue siendo un llamado a la unidad, eco de una ley que convirtió la poesía en política diaria.
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