Durante mucho tiempo, lo que ocurría en ese sector del centro de Bogotá fue considerado un mito. Decían que eran historias posiblemente exageradas y causadas por las sustancias que las personas consumían en ese lugar. Pero cuando las autoridades intervinieron la zona en 2016, las versiones sobre torturas, asesinatos y prácticas extremas dejaron de parecer ficción.
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Antes de llegar al Bronx, Óscar Rosas tenía una carrera prometedora. Había trabajado en cocinas de Estados Unidos, Brasil, Italia y Holanda. Su talento lo proyectaba como chef internacional. Sin embargo, las drogas terminaron imponiéndose.
En las imágenes tomadas durante su permanencia en el Bronx, el contraste es evidente: aparece mucho más delgado, con signos visibles de desgaste físico. La ropa le cuelga del cuerpo y su expresión refleja agotamiento. Son fotografías que muestran la transformación de un profesional de cocina en un hombre atrapado por el consumo y la violencia.

Para sostener su adicción, comenzó a trabajar dentro del sector controlado por ‘Los Sayayines’. Limpiaba calles, vendía drogas y armaba paquetes. Con el tiempo, su habilidad culinaria fue utilizada por el grupo criminal. Pero ese papel terminó llevándolo a un túnel donde, según su relato, permaneció tres años obligado a cocinar.
Las fotos que mostraron en el programa muestran a un hombre irreconocible frente al chef que años atrás recorría cocinas en el exterior. La delgadez extrema y el semblante apagado coinciden con lo que describió sobre su confinamiento.
“Era una cañería antigua de Bogotá, lo único que cabía era la mesa, el muerto y muchos extranjeros. Era un restaurante de caníbales”, explicó Rosas.

Historia del chef que cocinó carne humana en el Bronx
En sus declaraciones recordó el momento en que entendió qué estaba preparando: “Saco lo que está en la bolsa de cuero, la extiendo. Cojo el ajo, cojo la cebolla, pero miro bien la carne y era un cuerpo humano completico, sin pies, sin cabeza, sin manos, sin huesos. Miro al sayayin y el sayayin me pega con la culata, le dije ‘no voy a cocinar eso, eso es piel humana’, me dijo ‘no solo lo va a cocinar, lo va a probar y se lo va a comer, o si no nos lo comemos a usted’”.
Tras intentar quitarse la vida, logró salir del encierro. “Salimos por una puerta al Parque de los Mártires y ahí me dejó botado”. Cuando contó lo que había vivido, no le creyeron. “Me declararon loco, chiflado, porque yo decía que yo comía gente que yo sabía todo. Decían que fue una mala traba”.
Hoy, el contraste con aquellas fotos es profundo. Vive en Floridablanca, Santander, junto a su esposa, y dirige una fundación para ayudar a personas con adicciones. La diferencia física es evidente: recuperó peso, estabilidad y tranquilidad.
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