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Tatiana viste una camisa de flores de tonos rosas y rojos y unos vistosos pendientes dorados con una perla. Perfectamente peinada con su pelo blanco inmaculado y sus gafas conjuntadas de color rojo. Un contraste en un día gris, frío y lluvioso en Bruselas, donde habló en el hemiciclo del Parlamento Europeo en memoria del Día Internacional de las Víctimas del Holocausto. Su historia, su vida y su “estoy emocionada” ante los eurodiputados iluminaron el día.
Tatiana nació en 1937, en la ciudad de Fiume, un lugar donde las caprichosas fronteras europeas se han ido moviendo fruto del azar de la historia. Entonces la ciudad era italiana, ahora es croata. Tatiana y su hermana Andra son de las pocas voces que quedan supervivientes del campo de exterminio de Auschwitz. No quedaban apenas niños, pero Tatiana y Andra son dos ejemplos de que algunos sí sobrevivieron. Sus voces son indispensables cuando apenas quedan testimonios de lo que ocurrió.
Tatiana y Andra se criaron en el seno de una familia mixta, de padre católico y madre de confesión judía. Su madre, Mira, era de origen ucraniano, y había huido ya de su país a causa de un progromo. Tatiana confesó en el Parlamento Europeo que, en febrero de 2022, cuando estalló la guerra en Ucrania, ella también se sintió “ucraniana”, por el origen de su madre.
Cuando empezó la Segunda Guerra Mundial, la apacible vida de los Bucci (antes Vučic) cambió: el padre, marino mercante, se encontraba en aguas territoriales sudafricanas cuando fue apresado. Allí estuvo el resto del conflicto. Una noche de finales de marzo de 1944, Tatiana de 6 años y Andra, de 4, su madre, su abuela, su tía y su primo fueron delatados y arrestados. Tatiana recuerda cómo al despertarse, su abuela, de rodillas, le imploraba al hombre que los apresaba que no se llevara a los niños. Hizo caso omiso. Arrestaron a toda la familia hacia un lugar desconocido, metidos en un tren de ganado. Cuando abrieron las puertas tres días después, Tatiana vio el ruido, los gritos, el miedo, los perros, las vías del tren: era Auschwitz-Birkenau. Las niñas Tatiana y Andra, que llevaban abrigos grises conjuntados pasaron el control porque los guardias se pensaron que eran niñas gemelas, uno de los mayores intereses del Doctor Mengele. La abuela, tras la selección, desapareció. “Luego supimos que la llevaron a las cámaras de gas”, recuerda Tatiana.
Una promesa a la madre
Tras aquello, les tatuaron el número con el que las registraban, porque “eso era lo que querían los nazis, tratarnos como animales”. “Querían que perdiésemos la dignidad” y olvidaran sus nombres. Las dos hermanas prometieron a su madre que todas las noches, antes de irse a dormir, se susurraran sus nombres, para recordarlos.
En el campo, Tatiana es cuando se dio cuenta de que era judía, porque así la llamaban y que esa “era la vida que tenía”. “Pero eso no era vida, era muerte”, lamenta, donde recuerda sobre todo el frío extremo que se vivía en el campo. “Vivimos un invierno, una primavera, un verano, un otoño y otro invierno. Estuvimos 10 meses en total”, recuerda. Un día, apenas unos meses antes de terminar la guerra, una de las guardianas del campo les advirtió que, si alguien les decía que si querían marcharse con su mamá a otro lugar, que dijeran que no. A pesar de decírselo a su primo Sergio, él, —cree Tatiana—, que probablemente se sentía solo, y accedió a marcharse, inocente pensando que se reuniría con su madre. La realidad era trágicamente otra. Lo trasladaron al campo de Neuengamme, en la ciudad alemana de Hamburgo, donde un médico experimentó con el primo de las niñas y otros menores, a los que masacraron en abril de 1945, tras terribles torturas. Sergio y su madre murieron el mismo día, lejos el uno del otro, sin conocer ni su suerte ni paradero.
Un 27 de enero de 1945, las niñas supieron de su libertad cuando un soldado ruso “con una estrella roja”, entró en el campo y les dio a las niñas un trozo de salami. De allí empezó todo un periplo, aún sin saber si algún volverían a ver sus padres. Pasaron por Checoslovaquia y luego a un orfanato del Reino Unido, donde aprendió el inglés y que ahora dice “aún recuerda, pero que le cuesta mantener una conversación”. Lo que más recuerda de esa época, es que, de nuevo, pudieron volver a ser niñas. Niñas que podían jugar: “Cuando llegamos allí comprendí que podía dejar ir a mi hermana (a jugar) y recuperar mi infancia que había perdido en Birkenau”, reflexiona.
La búsqueda
Tatiana recuerda aquella época como un paréntesis de felicidad después de lo vivido en el campo, aunque convencidas de que sus padres habían muerto. Pero no era el caso. Ambos progenitores buscaron por todas partes, hasta que supieron que sus hijas se encontraban en Inglaterra. La madre envió la única foto que tenía de ella y de su marido, que la había acompañado todos aquellos meses en el campo, para comprobar si sus hijas los reconocían. “Los reconocimos inmediatamente y empezó todo el proceso para reunirnos en Italia”. En 1946, la familia Bucci volvió a encontrarse.
Tatiana, que ahora vive en Bélgica y Andra -que reside en California-, crecieron, formaron sus propias familias. Tatiana asegura que la esperanza nunca la ha perdido y que el odio “no tiene sentido” y rechaza el panorama político actual, tan crispado. Asegura, sin embargo, que el antisemitismo “nunca ha desaparecido”. “Siempre lo ha habido, simplemente ahora se ha convertido en algo más fuerte”, critica, al mismo tiempo que rechaza el racismo y las políticas migratorias que no abren las puertas a aquellos que más lo necesitan. “Son personas que quieren mejorar su vida, y esto me provoca verdadero dolor, porque esto es algo que yo viví también de alguna forma en mi país”, añade. Su mayor deseo es que los niños que, como ella, ahora sufren, puedan vivir y que “envejezcan igual que envejecí yo”.
Tatiana y Andra se ha convertido en voces extremadamente importantes para contar la historia del Holocausto y lo que se vivió en los campos de exterminio. Su testimonio es especialmente valioso, donde cuentan su historia en las escuelas. “Niños con los que hablamos por primera vez y ahora tienen 30 años, y nos dicen que no nos han olvidado”, dice emocionada Tatiana. Ambas hermanas han visitado más de 20 veces el campo de Auschwitz-Birkenau. Y este año, como lo han hecho los anteriores, irán al campo de Neuengamme, para recordar a su primo Sergio.
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