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Escrito por:  Fredy Moreno
Editor jefe     Ene 3, 2026 - 7:27 am

Que Nicolás Maduro fue muy dado a infringir las normas lo demostraría una versión según la cual informes de la CIA aseguraron que se trató del conductor con más multas mientras trabajó en el Metro de Caracas a finales de los años 80. En ese puesto, además, se caracterizó, según declaraciones de su jefe de entonces, David Vallenilla, al medio español ABC, por ser “vago e irresponsable”. Después dejó ese cargo para meterse de lleno en la actividad sindical, que lo catapultaría a la política y a la jefatura del Estado, prohijado por Hugo Chávez. En toda esa ruta se condujo igual: nunca dejó la esencia que lo caracterizó tras el volante del autobús.

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Se podría decir que a este hombre de 1,90 de estatura (cuyo origen ha sido puesto en duda porque, por ser su madre de nacionalidad colombiana, se ha afirmado que él nació en Cúcuta) lo atropelló la fortuna. Llegó a integrar la junta directiva de la empresa de transporte público en la que trabajó y fundó el nuevo Sindicato del Metro de Caracas (SITRAMECA). Militó en el Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR-200), facción del movimiento político liderado por Chávez; e hizo parte del Movimiento Quinta República (MVR), partido con el que participó en la campaña presidencial de 1998 en la que Hugo Chávez resultó electo presidente de Venezuela.

Ascenso de Nicolás Maduro a la sombra de Hugo Chávez

También fue elegido diputado de la Asamblea Constituyente de 1999 que redactó una nueva Constitución ese año, y luego resultó elegido diputado para la Asamblea Nacional de Venezuela en 2000, donde repitió por las elecciones legislativas de 2005. Poco después fue presidente del parlamento, aunque al año siguiente dejó ese cargo para entrar al gabinete ministerial como máximo representante del Ministerio del Poder Popular para los Asuntos Exteriores. En 2012, después de las elecciones presidenciales, fue nombrado vicepresidente ejecutivo. A finales de ese año, Chávez declaró que, en caso de ser incapacitado por el cáncer que sufría, Maduro debería ocupar el cargo de presidente de la República hasta la convocatoria de nuevas elecciones.

Maduro y Chávez se conocían desde cuando el exconductor de bus y su compañera sentimental Cilia Flores fueron activistas por la libertad del ‘comandante eterno’, preso debido a la intentona golpista de 1992. Efectivamente, Chávez murió a comienzos de 2013, y Maduro fue investido presidente interino de Venezuela, con polémica incluida porque el Tribunal Supremo lo habilitó como candidato a la presidencia sin necesidad de renunciar al cargo. El lobo ya comenzaba a mostrar sus orejas, y los venezolanos apenas se estaban dando cuenta de que a Maduro, como cuando fue chofer de bus, las normas le parecían apenas unas líneas en la vía a las que les podía pasar el carro por encima.

Intentaron bajarlo del bus en las elecciones presidenciales de Venezuela de 2013, pero, por poco, no lo consiguieron. Ya era demasiado tarde. El hombre cuyo mostacho evoca figuras como las de los genocidas José Stalin en Rusia y Sadam Hussein en Irak, ya estaba montado en el poder y no lo iba a dejar así no más. La democracia pareció atornillarlo, pero no con solidez. Maduro le ganó a Henrique Capriles, líder de la oposición en ese momento, por apenas 200.000 votos. El candidato chavista, con el aparado del Estado a su disposición, alcanzó el 50,66 % de los apoyos frente al 49,07 % de Capriles. Se consolidaba así la continuidad del proyecto de Chávez, que en manos de Maduro se degradó.

A partir de ahí, este hombre corpulento y en apariencia bonachón (solo en apariencia), un rasgo que sugieren sus cachetes y papada, cada vez más caídos, y que lo hacen mofletudo también como Stalin y Hussein, y sus cejas inexpresivas, comenzó a consolidar un régimen que expulsó a unos nueve millones de personas, persiguió, torturó, desapareció o mató a los opositores, e hizo de Venezuela un santuario de grupos criminales de Asia y de Colombia, además de convertirse en avanzada en Occidente de regímenes como los de Rusia, China e Irán. Convirtió a la nación vecina en un escenario perfecto para la comisión de delitos transnacionales en los que también tuvo protagonismo el cartel de los Soles, una organización criminal encabezada por Maduro (según Estados Unidos) que capturó el Estado venezolano.

Por eso, su rostro, la mayoría de las veces vociferante, otras adusto, unas más inexpresivo, y últimamente burlón, quedó congelado en el cartel de recompensa que publicó el Departamento de Justicia de Estados Unidos, que, en la administración de Donald Trump, le puso a su cabeza un valor de 50 millones de dólares. Ese rostro pasó a ser un objetivo de alto valor (el principal) para los militares estadounidenses que fueron desplegados desde agosto en el mar Caribe con el propósito inicial de combatir el narcotráfico, pero con la meta final de sacar a Maduro de Miraflores. Los buscaban por “conspiración de narcoterrorismo, conspiración para la importación de cocaína, y conspiración para usar y portar ametralladoras y dispositivos destructivos en apoyo a un delito de frogas”.

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La consolidación del régimen de Nicolás Maduro

Con las demás ramas del poder cooptadas por su régimen (que también compró lealtades entre los militares de más alta graduación entregándoles posiciones en las que pudieran enriquecerse por los contactos con los delincuentes), Maduro le cerró el paso a la oposición para que lo confrontara en franca lid por la vía democrática. Inhabilitó a María Corina Machado, que ganó de manera aplastante las primarias para ser la candidata que lo enfrentaría, impidió que su reemplazo, Corina Yoris, se pudiera presentar, y finalmente, tras ser vencido el 28 de julio de 2024 por Edmundo González Urrutia, se posesionó sin mostrar las actas que acreditaran su victoria, con la complicidad del Consejo Nacional Electoral y el Tribunal Supremo de Justicia.

 

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Así que, con todas sus palabras, Maduro se convirtió en un verdadero pirata del Caribe del siglo XXI para hacer parte de un eje con las dictaduras de Cuba y Nicaragua. Con un discurso falsamente inspirado en el ideario de Simón Bolívar, y muchas veces blandiendo la espada del Libertador, navegaba orondo entre sus seguidores. Sentía cómo las velas de su navío se inflaban con los vientos que soplaban desde el México de Andrés Manuel López Obrador, la Honduras de Xiomara Castro, la Colombia de Gustavo Petro y el Brasil de Luiz Inácio Lula da Silva, e incluso la España de Pedros Sánchez, más el soporte de Rusia, China e Irán. El único mandatario de izquierda que tuvo el valor de llamarlo dictador fue Gabriel Boric de Chile.

Pese a la quiebra económica del país y el descalabro social, echaba discursos grandilocuentes, apoyado en su poderosa voz. Pero esas intervenciones no tuvieron contenido como para reportar crecimiento o mejoramiento de las condiciones de vida de los venezolanos. Por eso, se convirtió en un excelso ejemplo de caudillismo. Maduro se confundía con el pueblo y se consideraba su único representante y salvador. Ante la grave amenaza de Estados Unidos sobre su régimen, sostenía que la potencia norteamericana no iba por un hombre (o sea, él), sino por el pueblo y por las riquezas del país. Siempre tuvo quienes le creyeran.

Otro signo distintivo suyo fue el desprecio por el conocimiento, la ilustración y las buenas maneras. Así como insultaba a los opositores, decía cosas sin pensar ni consultar, lo que lo llevó a desafortunadas y famosas expresiones: “millones y millonas”, “entrega de 35 millones de libros y libras”, “delfines y delfinas”, “Portugal y Venezuela estamos en el mismo continente”, “Son víctimas del capital, de los capitalistas, que especulan y roban como nosotros”, “¿Veterinaria? Qué bueno, fíjate, lo que necesita el país…: Veterinaria para la producción de carne en el país”, “Táchira, Bolívar, los cinco puntos cardinales”. En su afán por hipnotizar a las audiencias con sus palabras, llegó a decir una de las frases por las que la historia lo recordará: “Cristo multiplicó los penes”. Todo esto, cuando no chamboneaba con el inglés para erigirse en un verdadero hazmerreír.

A Maduro la historia sí le podría reconocer algo: su figura y administración se convirtieron en un antimodelo para la región, la nación que muy pocos quisieran ser. El temor de que sus países siguieran la misma senda de destrucción, retraso e inseguridad de Venezuela, está haciendo que los electores vuelvan a preferir las tesis y los candidatos de derecha con ofertas severas contra la inseguridad y la migración ilegal. Por eso, Honduras, Peru, Bolivia y Chile les dijeron este año no a los candidatos de izquierda. De ahí que se afirme que en manos de Maduro el proyecto chavista fracasó, llevándose por delante también las posibilidades de otras propuestas de izquierda democrática.

Eso confirmó que Maduro fue el mayor peligro para la propia doctrina del chavismo. Fue un simple heredero del poder al que siempre persiguió la muy pesada figura de Hugo Chávez (que lo ungió), y no consiguió convencer de que tenía las condiciones de un líder nato o formado. Infundiendo terror y miedo, y fortaleciendo la fraternidad que surge entre quienes se desenvuelven a la sombra en actividades delictivas, fue como se enseñoreó sobre Venzuela, y ocupó un lugar entre los regímenes totalitaristas de izquierda. Pero no alcanzó a llegar, como esperaba, al año 2030 en el poder, cuando terminaba su segunda presidencia espuria, y cuando, seguramente, habría seguido embistiendo con el destartalado y pesado bus de su dictadura a cualquier cosa que oliera a apertura y democracia, o se le opusiera.

Momento exacto del ataque de Estados Unidos a Venezuela

En imágenes grabadas por distintas personas se muestra el momento del ataque de Estados Unidos contra Venezuela. El hecho generó un aumento inmediato de la tensión política y diplomática entre ambos países, según reportes oficiales y testimonios difundidos en redes sociales.

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