RFI (Radio France Internationale) - radio francesa de actualidad, difundida a escala mundial en francés y en 15 idiomas más*, mediante 156 repetidores de FM en ondas medias y cortas en una treintena de satélites a destino de los cinco continentes, en Internet y en aplicaciones conectadas, que cuenta con más de 2.000 radios asociadas que emiten sus progra...
Sin mencionar a Trump por su nombre, el primer ministro canadiense Mark Carney afirmó esta semana en el Foro Económico de Davos que el sistema de gobernanza global liderado por Estados Unidos estaba sufriendo una “ruptura” y describió este momento como “el fin de una agradable ficción y el comienzo de una dura realidad, en la que las grandes potencias geopolíticas operan con pocos límites y restricciones”.
En un discurso que le valió la ovación de los presentes, Carney sostuvo también que las potencias medianas, como Canadá, que habían prosperado durante la era de la “hegemonía estadounidense”, debían asumir que se había instalado una nueva realidad. Añadió que estas potencias debían trazar un nuevo camino y unirse para defender los valores internacionales fundamentales. El jueves, el primer ministro reafirmó que Canadá debe servir de modelo en una era de “declive democrático”.
Ese discurso fue, muy probablemente, la razón por la que Trump retiró al día siguiente la invitación que su país había hecho al primer ministro canadiense para formar parte de su Consejo de Paz, una iniciativa que ha sido criticada como un intento de su administración de crear unas Naciones Unidas II. Este episodio, que conecta directamente la retórica de Davos con la respuesta inmediata de Washington, abre paso a una cuestión de fondo: ¿de qué nuevo orden internacional está hablando el líder canadiense?
De uno en el que se percibe “la emergencia de una lógica explícita y unos argumentos implícitos que convierten a la fuerza en la lógica organizativa de las decisiones internacionales”, explicó a RFI Luis Eslava, profesor de derecho internacional en la Universidad La Trobe, en Australia.
“Pasar de lo implícito a lo explícito en el uso de la fuerza tiene unas consecuencias muy, muy serias”, prosigue Eslava. “Porque lo que nos dice la historia es que quienes más pagan por ese uso de la fuerza son los países más pequeños y las minorías, que son los más expuestos. Cuando rige el derecho internacional, con todos los límites que tiene, se genera por lo menos un espacio de debate y un espacio de lo que se llama en inglés ‘accountability’, es decir, rendición de cuentas. Las decisiones tienen que ser presentadas al público y debatidas. Pero cuando entramos en el espacio del uso de la fuerza sin restricciones, el más fuerte es el que siempre va a ganar”.
Lo paradójico, según Eslava, es que Trump esté echando por tierra un orden cuyas bases fueron creadas por su propio país, en particular con el lanzamiento de su Consejo de Paz, creado originalmente para el conflicto en Gaza.
“El Consejo de Paz es el reflejo de una política que Estados Unidos ya venía impulsando desde el primer gobierno de Donald Trump, pero aún más en este segundo mandato. Esa política está orientada a socavar el orden jurídico internacional, en particular las instituciones que lo sostienen. Ahora bien, lo contradictorio es que el orden jurídico internacional que conocemos hoy fue establecido por Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial. Con Trump, Estados Unidos está yendo en contra de ese orden porque, de una u otra forma, ya no le genera los réditos que obtuvo durante la segunda mitad del siglo XX y las primeras dos décadas del siglo XXI”.
¿Despertará Trump a la “bella durmiente” europea?
Mientras ese cuestionamiento del orden global avanza, sus efectos se dejan sentir con especial fuerza en Europa, observa Miguel Ángel Benedicto, profesor de relaciones internacionales en la Universidad Complutense de Madrid. No descarta que la acción de Trump pueda despertar a la fuerza a los europeos, descritos por algunos como “una bella durmiente” que ha dejado de invertir sumas importantes en su seguridad desde hace años.
“El problema de Europa, o de la Unión Europea, es la falta de liderazgo. A veces me da la impresión de que el líder de Europa es Trump, porque los europeos reaccionamos a lo que él hace. Cuando Trump decide que hay que poner más dinero en la OTAN, un 5%, la mayoría de los países empieza a invertir más en defensa. Cuando Trump dice que quiere apoderarse de Groenlandia, en Europa comenzamos a hablar del artículo 42.7, de esa cláusula de asistencia mutua. Incluso hablamos de utilizar los aranceles como arma de política exterior y del uso de ese instrumento anticohersión que tenemos”, dice Benedicto.
“Hace un tiempo escribí que Trump podría despertarnos y llevarnos hacia una Europa federal en la que los europeos pusiéramos realmente en marcha esa autonomía estratégica. De momento parece que no ha llegado. Pero Trump no hace más que liderar y espolearnos en ese sentido. Quizá, desde el exterior, sea quien nos ayude a construir en el futuro una Europa más federal y más competitiva de lo que es ahora. Porque actualmente no somos competitivos y dependemos de Estados Unidos en defensa y en energía”, concluye Benedicto.
La vocación expansionista del Consejo de Paz
Esa dimensión global encuentra una expresión concreta en la vocación expansionista del Consejo de Paz impulsado por Trump.
Trump, que estará al frente del Consejo de Paz, busca apuntalar su imagen de pacificador, y no solo en Medio Oriente. Pero para Benedicto, su iniciativa es “excesivamente personalista”, teniendo en cuenta que ha sido nombrado presidente del Consejo. Además de representar a Estados Unidos, tiene autoridad para designar a los miembros de la Junta Ejecutiva y para disolver órganos. Es algo que depende mucho de él. Lo cierto es que se han adherido pocos países, creo que unos 19, y algunos tienen poco pedigrí democrático, por decirlo suavemente: Arabia Saudí, Turquía, Marruecos, Bielorrusia. Hasta Putin ha sido invitado, pero aún no ha dicho si acepta formar parte de este organismo.
“El proyecto del Consejo de Paz nace primero como una respuesta para reconstruir Gaza. Se apalanca en una resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que abre la puerta a la posibilidad de una ayuda multilateral a esos esfuerzos de reconstrucción. Hoy lo que constatamos es que el proyecto se expande más allá de ese objetivo inicial, aunque ayer Trump lo presentara como un organismo paralelo a la ONU que va a colaborar con esa organización, y no como un reemplazo de las Naciones Unidas. Esto suscita preguntas enormes acerca de cuál es el contenido real de este Consejo. Hay interrogantes sobre cuál será el futuro de las Naciones Unidas una vez que este Consejo empiece a funcionar y, sobre todo, qué puede suceder con el orden jurídico internacional cuando empezamos a crear instituciones que compiten con el orden ya establecido”, concluye Eslava.
Mil millones de dólares para entrar como miembro permanente
En esa expansión institucional entra también un elemento económico decisivo. Particularmente llamativa en la creación del Consejo de Paz es la contribución de mil millones de dólares exigida para ser miembro permanente. Si bien no es una condición para aquellos países que participen solo por dos años, el monto suscita numerosas dudas. Algunas son evidentes, señala Eslava, como el hecho de que esa suma “solo la pueden pagar gobiernos con una gran capacidad financiera, es decir, los países grandes. Para los países pequeños será imposible”.
Pero también surgen preguntas de orden jurídico: “¿Cuál es la contraprestación que esa donación va a obtener en el plano legal? El orden jurídico internacional se sostiene sobre principios de igualdad, cooperación y ayuda multilateral, que implican una igualdad formal entre los Estados miembros. Cuando se introduce un criterio tan elevado de contribución financiera, se socavan esas ideas de solidaridad y de respeto mutuo que, básicamente, organizan este mundo tan desigual en el que vivimos”.
Wait and see
Tras estas incógnitas, Europa opta por la cautela. La prudencia se impone ante este proyecto de Trump, estima por su parte Benedicto.
“Lo mejor es esperar para ver hacia dónde va este nuevo engendro dirigido por Trump que, como sabemos, es imprevisible. Es un proyecto lleno de incertidumbres. Además, Trump en los últimos meses —en las últimas semanas, incluso— se ha mostrado poco amigo de Europa. Parece como si se hubiera convertido más bien en un enemigo de Europa. Ha pasado de aliado a ‘enemigo’. Por eso creo que es normal que los países europeos sean escépticos ante este nuevo organismo u organización internacional, como queramos llamarlo”, puntualiza.
Las sorpresas en torno a este proyecto de Trump se suceden, pero quizá la que más ha llamado la atención es la invitación al presidente ruso, Vladímir Putin, cuyo país invadió Ucrania hace cuatro años. A Luis Eslava, sin embargo, esto no le resulta sorprendente, como tampoco le sorprende la invitación al presidente argentino Javier Milei o al presidente de Albania.
“Esos dirigentes forman parte de países que han girado hacia la derecha o la extrema derecha, y por eso han sido invitados, porque son afines a la política de Trump tanto a nivel interno como internacional. Lo ‘interesante’ del Consejo de Paz propuesto es que se trata de un grupo al que se accede por invitación, y esa invitación la emite exclusivamente el gobierno de Estados Unidos. Más específicamente, es una invitación de Trump, que se presenta como el chairman, el jefe, quien tomará las decisiones finales en ese organismo. Una vez más, este tipo de acción contradice de manera fundamental el orden internacional tal como lo habíamos conocido hasta ahora y, de una u otra forma, nos devuelve a un orden jurídico que podríamos calificar de premoderno”.
* Pulzo.com se escribe con Z
LO ÚLTIMO