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La sensación de que nadie está a salvo se repite en Beirut, en el sur y en el valle de la Bekaa entre quienes han perdido sus casas y quienes aún permanecen en ellas: en Líbano ya no hay ningún lugar seguro.
Los bombardeos masivos israelíes de los últimos días -los más intensos desde el inicio de la escalada- han extendido el conflicto hasta borrar cualquier noción de retaguardia.
La capital, que durante meses funcionó como refugio relativo, ha dejado de serlo. La guerra ya no se percibe como un frente, sino como una condición.
En el barrio de Ain al-Mreisseh, junto a la marina de Beirut, los equipos de rescate continúan trabajando entre los escombros de un edificio reducido a polvo. Bajo el hormigón, aún hay personas atrapadas. Podrían ser niños. Hace poco, encontraron una mano. Desde entonces, los rescatistas preparan bolsas para cadáveres mientras señalan puntos concretos donde podría haber más cuerpos.
El ritmo es lento, casi metódico, marcado por el sonido de las palas y el crujir del cemento. La escena se repite en distintos puntos del país tras una oleada de ataques que, en cuestión de minutos, golpeó Beirut, el sur y la Bekaa.
Alrededor, los edificios abiertos en canal dejan ver habitaciones suspendidas en el vacío, muros arrancados, cristales esparcidos, autos aplastados.
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Todas las zonas son peligrosas
Mohamed Jamil intenta rescatar lo que queda de su casa. Barre restos de madera y fragmentos de vidrio. Dice que han tenido suerte de sobrevivir, pero no logra evitar hablar del chico de la farmacia, un niño que solía llevar medicinas a su casa y que ahora está muerto.
A pocos metros, Ahmad Kamourieh contempla su vehículo sepultado bajo bloques de cemento. Recuerda el momento del impacto como una sucesión de explosiones que no dejaban margen para reaccionar. Isa, que pasa cada día por la zona, lo resume con una frase que se repite en toda la ciudad: ahora todas las zonas son peligrosas.
La misma sensación se impone más al sur, en Corniche al-Mazraa, donde los rescatistas trabajan entre lo que quedó de un edificio que funcionaba como centro de distribución de ayuda para desplazados. Han recuperado restos humanos desde la mañana y las posibilidades de encontrar supervivientes son mínimas.
En el sur del país, la destrucción de puentes sobre el río Litani ha dificultado la circulación y aislado parcialmente algunas localidades. En la Bekaa, al este de la capital, carreteras y aldeas muestran impactos recientes que obligan a comunidades enteras a desplazarse una vez más. La línea entre frente y retaguardia ha desaparecido y, con ella, la posibilidad de anticipar el riesgo.
Ese cambio estratégico tiene consecuencias inmediatas sobre la población. Más de un millón de personas han sido desplazadas desde el inicio del conflicto, muchas de ellas en varias ocasiones.
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Estar vivo o muerto, “todo es cuestión de suerte”
Las nuevas órdenes de evacuación empujan a miles hacia Beirut, aumentando la presión sobre una ciudad que ya no puede absorber más. En aparcamientos convertidos en refugios improvisados, en mezquitas y edificios abandonados, familias enteras reorganizan su vida con lo mínimo. Los hospitales, saturados, atienden a los heridos en pasillos y salas improvisadas, mientras la escasez de electricidad y agua complica aún más la situación.
Husein, que llegó desde el sur con sus dos hijas al inicio de la guerra, recorre el paseo marítimo. Dice que vinieron a Beirut pensando que estarían seguros, pero que esa idea ya no tiene sentido.
Lina, que sobrevivió a una explosión en una cafetería cercana, habla de otra manera de la misma incertidumbre: “Todo es cuestión de suerte”, dice. Estar vivo o muerto depende de dónde estés, lamenta.
En el paseo marítimo, algunos siguen caminando, otros corren, pero todos miran al cielo. La normalidad persiste como gesto, no como realidad.
Diplomacia en medio de bombardeos
La intensidad de los bombardeos coincide, sin embargo, con un movimiento diplomático que introduce una aparente paradoja. Israel ha anunciado su disposición a abrir negociaciones directas con Líbano en Washington la próxima semana, con el objetivo de avanzar hacia el desarme de Hezbolá y redefinir el equilibrio de seguridad en la frontera norte. Pero ese anuncio llega sin un alto el fuego previo y en pleno aumento de las operaciones militares. Para las autoridades libanesas, cualquier proceso debería partir precisamente de un cese de hostilidades. La distancia entre ambas posiciones es, de momento, insalvable.
Esa desconexión entre la dinámica militar y la diplomática refleja una transformación más amplia del conflicto. La diplomacia ya no aparece como un mecanismo para detener la guerra, sino como una herramienta para gestionarla mientras continúa.
En Beirut, esa lógica se percibe con escepticismo. Fuentes políticas subrayan que no existe ninguna iniciativa formal para convertir la capital en una zona desmilitarizada, como sugiere el discurso israelí, y que las medidas discutidas se limitan a reforzar la presencia del Estado en un contexto de creciente fragilidad.
Las declaraciones del secretario general de Hezbolá, Naim Qassem, han contribuido a endurecer aún más el escenario. El grupo rechaza cualquier negociación directa con Israel y condiciona cualquier avance a un alto el fuego, la retirada israelí y garantías políticas, al tiempo que descarta frontalmente el desarme.
La posición no solo bloquea el margen de maniobra diplomático, sino que consolida una lógica de confrontación que reduce las posibilidades de una tregua a corto plazo. Israel, por su parte, mantiene la presión militar como instrumento para debilitar la estructura de Hezbolá y forzar concesiones.
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Líbano, fuera de la tregua
Este pulso se desarrolla bajo la sombra de la tregua entre Irán y Estados Unidos, un acuerdo que había generado expectativas de desescalada regional, pero cuyo alcance resulta ambiguo.
Desde la perspectiva israelí, el frente libanés queda fuera de ese entendimiento. Para otros actores, debería estar incluido. Los bombardeos de los últimos días han puesto de manifiesto esa divergencia y han convertido a Líbano en el punto más frágil del equilibrio regional, el espacio donde la contención no se aplica y donde cualquier escalada puede tener efectos más amplios.
A nivel interno, la presión sobre el Estado libanés aumenta. El primer ministro Nawaf Salam ha anunciado medidas para reforzar el despliegue del Ejército en Beirut, mientras el presidente Joseph Aoun insiste en que nadie negociará en nombre del país sin consenso. Sin embargo, estas iniciativas evidencian divisiones dentro del propio Gobierno, donde los ministros vinculados a Hezbolá rechazan cualquier movimiento que pueda interpretarse como presión sobre el grupo. El Estado intenta afirmarse en medio de una guerra que, en gran medida, lo supera.
En Beirut, la vida continúa bajo otra lógica. En el paseo marítimo, algunos caminan, otros se detienen a mirar el cielo. Todos reaccionan al menor ruido. La sensación de normalidad es frágil, casi performativa.
El anuncio de negociaciones introduce una posibilidad lejana de salida política, pero sobre el terreno esa perspectiva queda diluida entre rescates que continúan, desplazamientos constantes y una vulnerabilidad compartida. En este momento, la cuestión ya no es solo cómo terminar la guerra, sino dónde sobrevivir hasta que eso ocurra.
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