El país es en su mayoría desierto y con frontera con siete países. Está atravesado por el río Níger y su población es de 20 millones de habitantes, pero está integrada por una veintena de etnias.

Ibrahim Boubacar Keita, conocido como “IBK”, fue elegido en 2013 y reelegido en 2018, frente al opositor y antiguo ministro de Finanzas Soumaila Cissé, que fue secuestrado a finales de marzo antes de las elecciones legislativas por supuestos yihadistas.

Desde junio, una coalición heterogénea de opositores políticos, responsables religiosos y miembros de la sociedad civil han multiplicado las protestas contra Keita, acusado de mala gestión. Esto hasta que un grupo de militares lo detuvieron el martes, obligándole a dimitir y a disolver el gobierno y el Parlamento.

Con una economía poco diversificada, Malí, primer productor de algodón africano y productor de anacardos, es vulnerable a la fluctuación de los precios de las materias primas. El cambio climático representa un riesgo para su agricultura y la seguridad alimentaria, recuerda el Banco Mundial. El país es también el cuarto exportador mundial de oro.

Pero según el Banco Mundial, la pobreza extrema afecta a más del 40% de la población del país, cuyos servicios públicos y la red de carreteras están muy deteriorados y donde la esperanza de vida es de 59 años.

A finales de abril, el Fondo Monetario Internacional, que desembolsó 200,4 millones de dólares, precisó que el “impacto de la covid-19 golpeó fuertemente a una economía ya en dificultades por la situación difícil desde el punto de vista social y de seguridad”.

“Las perspectivas económicas se han deteriorado considerablemente y el crecimiento caerá por debajo del 1%, lo que no hará más que aumentar el desempleo y pobreza”, indicó.