Por fortuna —aseguró Irene en BBC—, ella y su marido tienen una casa grande en Madrid y existe una habitación con baño exclusiva para él. Asimismo, indicó que, por suerte, su esposo no ha presentado síntomas tan fuertes como otros enfermos.

Aun así, el trabajo de cuidar a su marido —llamado Carlos— es bastante complejo y agotador: de acuerdo con la mujer, él tendrá que permanecer aislado durante 15 días, por lo que ella ni su hijo pueden acercársele.

“‘¿Qué tal, cómo te encuentras?’, le pregunto cada mañana, siempre a través de esa puerta cerrada que nos separa como un muro altísimo”, manifestó Irene en la cadena de noticias, y luego contó cómo vive con él:

“Carlos come en su propio plato, con sus propios cubiertos, bebe en su propio vaso… Hemos destinado algunas piezas de vajilla a su uso exclusivo. Después de cada comida, me enfundo los guantes para retirar su bandeja y lavo cuidadosamente todos esos utensilios con lejía (cloro) y agua caliente”.

Agregó que debe entrar a la habitación de su marido a desinfectar, y para eso usa tapabocas y guantes; tan pronto como ella ingresa, él se va al baño a ducharse.

“Mientras Carlos está bajo la ducha, yo desinfecto cuidadosamente con un paño empapado en lejía las superficies de su habitación: el picaporte de la puerta, los interruptores de la luz, la mesa en la que tiene la computadora, el teclado de la misma, su teléfono móvil…”, dijo Irene, justo antes de contar que cada día también debe limpiar el piso con agua caliente y cloro.

Según su relato, tiene que poner todos los desechos de su marido (papeles y servilletas) en una bolsa hermética. En cuanto a la basura de su baño, Irene pone esa bolsa dentro de otra bolsa y la deposita (usando otros guantes) en el ‘shut’ de basura de su edificio.

“También saco la bolsa en la que echa su ropa sucia. Genera bastante, porque cada día hay que cambiarle las toallas y lavar toda su ropa”, añadió la española.

La mujer señaló en el medio que a diario también tiene que lavar el baño de Carlos y desinfectar todo lo que encuentra a su paso, así que su labor es bastante extenuante.

“No doy abasto”, concluyó Irene en su artículo.