Por: El Espectador

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Este artículo fue curado por pulzo   Abr 11, 2026 - 3:01 pm
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Emily Swanson, estudiante de doctorado, se encontraba afrontando la presión de los exámenes de aprobación, convencida de que el estrés formaría parte inevitable de esta etapa. Sin embargo, su experiencia dio un giro inesperado cuando colaboró como asistente de Monika Ardelt, socióloga de la Universidad de Florida y figura sobresaliente en el estudio de la sabiduría. Ardelt dirige el curso “La búsqueda de la sabiduría y la prosperidad humana”, en el que invita a los estudiantes a vivir, durante una semana, según preceptos derivados de distintas tradiciones sabias como el budismo, el cristianismo y el estoicismo, y a reflexionar al respecto.

Tras participar en las semanas dedicadas al budismo y al estoicismo, Swanson aprendió a observar sus pensamientos y emociones con mayor distancia y menos juicio, lo que cambió la manera en la que percibía sus exámenes. Dejó de verlos como amenazas y pasó a considerarlos oportunidades de crecimiento, lo que le permitió asumir riesgos intelectuales y mejorar el desempeño de sus ensayos. Según Ardelt, esto ejemplifica cómo la práctica de la reflexión, la humilde consideración de otras perspectivas y la compasión pueden llevar a que una persona se acerque a la sabiduría: la capacidad de adoptar una visión más amplia y trabajar por el bienestar común.

El interés científico por la sabiduría es relativamente reciente. El psicólogo Paul Baltes, del Instituto Max Planck, fundó en los años ochenta la investigación moderna de la sabiduría mediante estudios donde participantes de diversas edades reflexionaban sobre dilemas ficticios. Las respuestas se evaluaban según el Paradigma de la Sabiduría de Berlín, que incluye aspectos como conocimiento de la naturaleza humana, estrategias para afrontar problemas, conciencia de diferentes valores y la tolerancia a la incertidumbre. Baltes demostró que la sabiduría no está necesariamente ligada a la edad ni a la inteligencia tradicional: individuos de diferentes edades y capacidades cognitivas pueden desarrollar respuestas sabias, mientras que el mero envejecimiento no la garantiza.

Mientras Baltes aportó objetividad, Judith Glück, discípula de Baltes, investigó cómo las experiencias personales reales contribuyen al crecimiento en sabiduría e identificó que el procesamiento reflexivo profundo, más que una actitud positiva ante las dificultades, está relacionado con un mayor desarrollo de esta virtud. Otros enfoques, como los cuestionarios de autoevaluación –incluida la Escala de Sabiduría Tridimensional de Ardelt–, presentan el reto de que las personas verdaderamente sabias suelen ser modestas en su autoanálisis, mientras que otros pueden sobrestimarse.

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La definición misma de sabiduría sigue siendo objeto de debate. Para Igor Grossmann, de la Universidad de Waterloo, consiste en procesos mentales como la regulación de pensamientos y emociones en situaciones sociales complejas, mientras que Ardelt sostiene que la compasión y las habilidades emocionales son irrenunciables. Glück, por su parte, identificó cinco requisitos previos para extraer sabiduría de la experiencia, como la gestión de la incertidumbre, la apertura al cambio y la empatía.

Investigadores como Glück y Grossmann diseñan actualmente experimentos para fomentar la sabiduría a través de métodos como videojuegos de toma de decisiones morales o ejercicios de distanciamiento personal, observando mejoras modestas pero acumulativas. Por otro lado, los resultados del curso práctico de Ardelt mostraron un aumento en los niveles de sabiduría entre los estudiantes participantes, en contraste con aquellos en clases teóricas tradicionales. Prácticas como la meditación, el voluntariado o el entrenamiento en pensamiento estoico se proponen también como vías posibles hacia una vida más sabia.

A pesar de que la sabiduría no es un estado permanente y puede verse afectada por el estrés o el cansancio, los expertos coinciden en que, con esfuerzo y dedicación, es posible incrementar los momentos de sensatez y perspectivas amplias que beneficien tanto al individuo como a la sociedad en general.

¿Por qué la sabiduría no aumenta necesariamente con la edad?

Una pregunta relevante que surge a partir de la investigación es por qué el envejecimiento por sí mismo no garantiza alcanzar mayores niveles de sabiduría. Según los estudios de Paul Baltes, fundador del Paradigma de la Sabiduría de Berlín, las respuestas sabias son igualmente posibles en jóvenes y adultos mayores. Este hecho pone en duda la idea común de que la experiencia acumulada de los años conduce de forma natural a la sabiduría.

La explicación se encuentra en que la sabiduría depende no solo de la cantidad de experiencias vividas, sino de cómo se procesan y reflexionan esas experiencias. Tal como demostraron Glück y otros investigadores, solo aquellas personas que adoptan una actitud reflexiva, abren su mente a nuevas perspectivas y enfrentan la incertidumbre de manera consciente, pueden realmente integrar las lecciones que los desafíos de la vida ofrecen. Así, la calidad y el tipo de reflexión, más que la edad por sí sola, resultan fundamentales para el desarrollo de la sabiduría.


* Este artículo fue curado con apoyo de inteligencia artificial.

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