Todo comenzó cuando el director del programa, Gustavo Gómez, invitó a Barrientos a que le contara a la audiencia la situación que estaba enfrentando por las decisiones de tutela que tomaron dos jueces de Antioquia contra el libro de Barrientos ‘Dejad que los niños vengan a mí’, que recoge historias de religiosos que han abusado de menores en Colombia.

Después de que Barrientos dijera que no estaba de acuerdo con las medidas cautelares que habían tomado los togados contra su libro, porque eso convertía a los jueces en editores del texto, todo lo cual, para el periodista, constituye censura previa, Herrera intervino para manifestar su desacuerdo con la postura de los periodistas.

—Miren que yo estoy,  en lo jurídico, en desacuerdo con ustedes —empezó por decir Herrera—. Y lo que ustedes señalan encarna una contradicción, porque, por un lado, dicen que las tutelas se pueden presentar; y por otro lado, dicen que las medidas cautelares son “ilegales”. Y precisamente el decreto de la tutela y la jurisprudencia de la Corte Constitucional señalan concretamente que en materia de tutela, cualquiera que sea el derecho y cualquiera la discusión, se pueden válidamente aplicar medidas cautelares.

Hasta ahí, la intervención tenía un tono evidentemente académico y técnico, y no se advertía la tormenta en que iba a terminar el intercambio de opiniones.

—Para ser absolutamente rigurosos, y en lo que me toca a mí, que es el examen juicioso en esta mesa como abogado, pues es un desacierto decir que sí se puede interponer una acción de tutela y que después no caben las medidas cautelares —siguió Herrera, en un tono didáctico—. Desde el punto de vista constitucional, nuestro diseño implica que un juez, claramente, frente a cualquier evento, puede evaluar un contenido para ver si con él se agrede o no un interés. Y yo sí prefiero la tutelitis desde todo punto de vista. No puedo sumarme a aquellas voces que señalan que interponer una tutela es censura previa, o que unas medidas irregulares [quiso decir cautelares] tienen el carácter de ilegal. De ser así, yo los convocaría a que ustedes presenten un denuncio penal contra el juez correspondiente por prevaricato.

—Es censura previa. Es censura previa —tomó la palabra Barrientos—. Yo ayer hablaba en un conversatorio con los abogados de Dejusticia. Está bien que interpongan las tutelas, que el juez decida en derecho, que uno responda dentro de los tiempos… Pero cuando la tutela viene acompañada de estas medidas cautelares mientras el juez lee el libro, ya el juez no es juez, sino que es editor del libro. Y eso ya se convierte en una censura previa.

—Es una visión jurídica respetable, pero que no tiene en cuenta la jurisprudencia de la Corte Constitucional —respondió Herrera—. Uno no puede decir previamente que haya una censura cuando no hay una determinación final sobre la postura de un juez.

En este punto la situación comenzó a escalar:

—Y en eso yo les llamo la atención porque ustedes son periodistas y yo soy abogado —continuó Herrera—. La función de ustedes es investigar; mi función aquí en la mesa es estar al tanto de unos parámetros legales que están absolutamente claros, independientemente, doctor Barrientos, del aprecio que le podamos tener y que usted sea integrante de esta mesa.

—No. Y con usted están en desacuerdo casi también todos los abogados expertos en temas de legislación de medios, como los abogados de la Flip, los abogados de Dejusticia, los abogados que están defendiendo también este libro —ripostó Barrientos.

—Son abogados expertos, y yo también lo soy. Yo he sido profesor y además fui de la séptima papeleta, promotor de la Constituyente —dijo Herrera, si bien no subiendo el tono, sí dejándose ver más enfático—. O sea que usted no puede descalificar mi participación o elogiar el de otro tema. Dejusticia tiene un lineamiento que yo respeto, pero usted no puede venir a descalificar.

Pero la mecha ya estaba encendida, y a punto de explotar…

—Es como si yo descalifico su trabajo periodístico, que bastante que lo tendría que hacer, porque usted a veces hace investigaciones [con un énfasis especial en esta palabra como si la pusiera entre comillas] sin previamente hacer las llamadas que corresponden de verificación —agregó, enfático, Herrera.

—Pero me está hablando de los heraldos del Evangelio, porque vienen más denuncias contra los heraldos del Evangelio —tomó la palabra Barrientos—. Porque yo veo que usted está molesto por eso, doctor Herrera.

—¿Sabe qué es lo que usted tiene que hacer primero? —le preguntó Herrera a Barrientos, y respondió de una vez—: Lo primero que tiene que hacer, para no ser un periodista falaz y mentiroso, es llamar a corroborar la información que tiene. Porque usted la semana pasada no lo hizo. ¡Y diga aquí en esta mesa, y si no yo me voy de Caracol, si usted lo hizo o no la semana pasada!

—¡Llamé a Brasil, que es de donde la denuncia viene! —respondió Barrientos.

—¡No, a Brasil no. Aquí a Colombia! —corrigió Herrera—. Porque la denuncia era de acá. ¡¿Lo hizo o no lo hizo?! ¡Respóndame la pregunta!

—¡Sí, señor. Llamé a Brasil! —respondió secamente Barrientos—. La denuncia era contra Brasil.

—¡¿Llamó a los heraldos?! ¡¿Los llamó?! —insistió Herrera—

—La denuncia era contra el fundador de los heraldos, que está en Brasil —aclaró Barrientos, y recalcó—: El denunciado está en Brasil. ¿Qué iban a responder acá?

—¡Incumplió con su deber ético, y no lo hizo [llamar en Colombia]! —reprochó Herrera—. ¡Faltó a la verdad!

—Señores, les pido el favor de que sostengan una discusión en los términos de la civilidad —intervino el director del programa—. Sin gritos. Se los pido de corazón. ¿Pueden hacerlo?

Ahí el tono de la discusión bajó, y más allá de las opiniones de dos profesionales tengan sobre un hecho, y de la vehemencia con que defiendan sus posturas, el ácido intercambio proyectó una sombra sobre el rigor.