En aquel incidente fallecieron la señora Lastenia Ramírez de Martínez, de 68 años, administradora, al igual que Jairo Salinas, residente en la finca Romerales y quien se encontraba de paso, pues acostumbraba a vender queso a los turistas cada 15 días en el Rancho.

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Hubo 4 heridos: Rosa Ramírez, habitante del lugar; Mónica Castellanos, de 22 años, estudiante de la Universidad Pedagógica de Bogotá; Carlos Martínez, 29 años; y José Adolfo Bohada, ambos alumnos de la Universidad Nacional.

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Por fortuna, el hecho no ocurrió durante el fin de semana pues la tragedia habría sido mayor. Se estima que en vacaciones el sitio era frecuentado hasta por 400 personas durante un domingo, mientras que alrededor de 100 se hospedaban en el lugar.

El Rescate

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Aunque la tragedia ocurrió el viernes en la noche, solo hasta el sábado en horas de la mañana un grupo de 7 jóvenes que se dirigían hacia el Nevado del Tolima se encontraron en el camino con uno de los estudiantes de la Universidad Nacional que había logrado salir de entre los escombros para solicitar ayuda. El hombre les contó lo ocurrido y siguió su camino hacia Juntas a dar aviso a las autoridades.

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Los 7 caminantes también continuaron y al llegar a El Rancho, lugar donde habían planeado hacer una parada antes del ascenso al nevado, observaron que Mónica Castellanos, a pesar de encontrarse herida, se levantó para agitar las manos y pedir auxilio.

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El itinerario de los 7 jóvenes se vio interrumpido pues no pudieron subir al nevado, pero sí ayudar a los afectados. Horas después llegaron los organismos de emergencia, esto debido a que en aquella época no había servicio telefónico en Juntas y era necesario desplazarse hasta Villa Restrepo.

Tragedia anunciada

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El día de la tragedia los señores Pepe Pinilla y Orlando Uribe, empleados de El Rancho, dormían en una cabaña cercana al estadero cuando los despertó un fuerte estruendo. Al asomarse se dieron cuenta de que el lugar estaba destruido por completo.

Dijeron que dicha tragedia ya estaba anunciada, pues 15 días antes la roca registraba agrietamiento y habían caído algunas piedras sobre las cabañas. A pesar de las advertencias que les hicieron a los administradores, estos los tranquilizaron afirmando que no ocurriría nada.

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La zona siempre había sido de alto riesgo, pero debido a la falta de gestión del Estado y a la terquedad de los moradores, la tragedia no se evitó.

Diuviseldo Martínez, inspector de Policía de Juntas, le dijo a El Nuevo Día que no era la primera vez que sucedía un incidente similar, aunque la magnitud de este era superior a los anteriores, ocurridos en 1982 y a principios de la década del 70.

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Según Martínez, a pesar de las advertencias, los propietarios y administradores del estadero no tomaron las precauciones necesarias; por el contrario, decidieron ampliar las instalaciones para recibir a más turistas cada fin de semana.

Historia

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El Rancho funcionaba desde hacía 60 años como sitio turístico luego de que Camilo Londoño, primer dueño del lugar, descubriera un manantial de aguas azufradas y lo convirtiera en piscinas termales.

Inicialmente se ubicó en otro sitio, pero 30 años después fue trasladado al lugar que ocupó hasta el día de la tragedia debido a la mayor cantidad de agua caliente que llegaba hasta allí.

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Cuando murió Londoño, el estadero pasó a manos de sus hijos, estos luego se lo vendieron a Dairo Melo, que había fallecido meses antes del siniestro dejándolo a cargo de Lastenia Ramírez, muerta el día del derrumbe.

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El periodista y sacerdote Javier Arango Jiménez (QEPD) en una crónica escrita en septiembre de 1987 para El Derecho, titulada “En el paradisíaco Rancho, los termales medicinales”, describió las bondades de bañarse en estas aguas y resaltó la importancia de cuidar el Cañón del Combeima luego de las tragedias ocurridas en 1959 y 1987.

Fotografías: Germán Camargo/ Enviado especial/ El Nuevo Día. Semanario Tolima 7 Días/ Casa Editorial El Tiempo.