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Desde el 17 de enero, el Tratado internacional de Alta Mar ya tiene vigencia. Ratificado por 83 países, este pacto contiene dos disposiciones claves para frenar la pérdida de biodiversidad: instaura un reparto justo de los recursos genéticos del océano que podrías ser patentadas por la industria médica o cosmética. Y el pacto sienta las bases para crear grandes áreas marinas protegidas en aguas internacionales.
La coalición Highs Seas Alliance, un grupo de 29 ONG con la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) ha identificado 8 sitios de gran interés para la conservación de la biodiversidad en aguas internacionales: la Saya de Malha, un banco de pasto marino y arrecifes de coral muy biodiversos en el océano Índico; el Domo Térmico del Pacífico central oriental, el Mar de los Sargazos en el Atlántico Central, los Montes Emperador a fuera del archipiélago de Hawái, el Mar de Tasmania del Sur, al este de Australia y el conjunto hidrotermal llamado La Ciudad Perdida, en el Atlántico.
Y uno de los proyectos que más apoyo estatal ha recibido es la creación de un área marina protegida en las cordilleras marinas de Nazca, así como en la de Salas y Gómez, en el océano Pacífico, impulsado por los sucesivos gobiernos chilenos.
Esta zona sirve de corredor migratorio y de remanso para numerosas especies amenazadas como la tortuga laúd o la ballena azul, y es una de las zonas más biodiversas del mundo. Las expediciones científicas que se han llevado a cabo recientemente en esta zona descubrieron decenas de especies no identificadas anteriormente.
De momento, los segmentos de estas cordilleras que están en aguas chilenas y peruanas son reservas naturales, pero estas dorsales marinas se extienden también en aguas internacionales donde están expuestas a varios peligros.
“Lamentablemente, a pesar de que es una zona lejana, está bajo amenaza por la sobrepesca, la basura marina como el plástico oceánico, el cambio climático y la potencial futura minería submarina, porque también la cordillera tiene minerales. Entonces, si creamos un área marina protegida o cerramos la pesca, podemos ayudar a protegerla”, recalca Felipe Paredes, encargado de políticas de conservación en la ONG Oceana Chile.
Según las ONGs ecologistas, prohibir o limitar la pesca en esta zona del Pacífico Oriental también traería beneficios para los pescadores chilenos y peruanos con el efecto “desborde”, o “spill over” en inglés.
“Científicamente hay muchas evidencias que dicen que el tamaño y los pesos de los peces dentro de área marina protegida son mayores. Las construcciones de áreas marinas protegidas son líneas en el mar. Entonces estas especies no reconocen esta frontera y también pueden salir de ella y ahí, digamos, benefician directamente a la pesca”, subraya Felipe Paredes.
Aún falta determinar varios aspectos de implementación técnicos del Tratado de Alta Mar (BBNJ, por sus siglas en inglés) que se irán definiendo en las reuniones preparatorias y en la COP1 de los Océanos que tendrá lugar en Nueva York a más tardar en enero de 2017.
Luego los Estados interesados en crear áreas marinas protegidas podrán presentar sus proyectos, que deberán cumplir con criterios científicos: las áreas a proteger deberán ser de gran valor para la biodiversidad y ser sometidas a presiones de las actividades humanas. Y tendrán que dedicar recursos para el monitoreo satelital de las áreas nuevamente creadas, así como medios navales y humanos para vigilar la actividad marina en estas zonas.
Las primeras áreas protegidas en alta mar podrían ser creadas en 2028.
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