El pasado mes de marzo, Lup tuvo que enviar al paro temporal a sus 10 trabajadores después de que se interrumpieran bruscamente los encargos por culpa del coronavirus.

De repente, la gente dejó de entrar a mi negocio”, cuenta el zapatero desde su taller en la ciudad de Cluj, región rumana de Transilvania.

Los teatros, óperas y grupos de baile populares que constituían el fuerte de la clientela de Lup vieron interrumpida su actividad debido a la prohibición de actos públicos decretada por las autoridades para contener la pandemia.

Vi que no entraba nadie y me dije, basta, tengo que cerrar”.

Fue entonces cuando tuvo una idea para poder seguir activo durante la crisis. Nadie respetaba la distancia social y pensé: voy a hacer tres pares de estos zapatos, los pondré por Internet y los llamaré zapatos de distanciamiento social para llamar la atención”, explica Lup, que reconoce que al principio fue todo “una especie de broma”.

Y así empezó a hacer estos zapatos gigantes que garantizan a quien los lleva que nadie se acerque más de lo necesario.

Como todos los que produce en su taller, estos zapatos de apariencia estrafalaria están hechos a mano y son de piel natural.

Los zapatos son de un número normal en la parte interior en la que debe de meter el pie el cliente. Lo excepcional viene cuando terminan los dedos, donde empieza una punta rellena de un material ligero, como la suela, que equivaldría a un número 75 de pie.

“Si dos personas que llevaran mis zapatos se pusieran una enfrente de otra habría una separación entre ellas de cerca de un metro y medio”, explica Lup, que vende cada par de “zapatos de distanciamiento social” a unos cien euros.

Aunque al principio fue fundamentalmente una broma, Lup ha recibido ocho encargos procedentes de Rumanía, Inglaterra y Canadá desde que numerosos periódicos y televisiones de Rumanía y otros países se hicieran eco de su iniciativa.

Algunos de sus clientes le han dicho que piensan llevarlos por la calle, mientras que otros los utilizarán en espectáculos artísticos de temática cómica.

“Me llamó una persona Inglaterra y me dijo que quería unas botas de distanciamiento social. Le enseñé estas botas y le pregunté: ¿son para una obra de teatro? Y me dijo que no, que su marido le había dicho que quería ir por la calle con ellas”.

Lup nació en una familia modesta de la Rumanía rural y lleva haciendo zapatos a mano desde 1949, cuando tenía 16 años y entró a trabajar como aprendiz con un zapatero de Cluj. “Éramos ocho hermanos y me puse a trabajar al acabar la escuela primaria”.

Reinventarse ante las crisis y los cambios sociales no es algo nuevo para Grigori Lup.

Después de la revolución de 1989 que puso fin a más de cuatro décadas de comunismo en Rumanía, Lup pasó del sector público que hasta entonces había dominado por completo la economía rumana al sector privado y comenzó a hacer zapatos para una empresa fundada por uno de sus jefes.