Primero, hace pocos días, AMLO, como se hace llamar por las siglas de su nombre —aunque, como difundió Semana, se llamaba realmente Manuel Andrés López Obrador, lo que daría MALO, por lo que invirtió los términos—, mostró a la prensa amuletos religiosos cuando se le preguntó cómo se protegía, a sus 66 años, de la pandemia que en México afecta a 251 personas y ha matado a dos.

Luego, en las últimas horas, difundió un video invitando a los mexicanos a salir a los centros comerciales, una idea abiertamente contraria a las recomendaciones de los especialistas, que han destacado al aislamiento social como la principal herramienta para enfrentar la pandemia que tiene acorralado al mundo y a varios países con medidas drásticas como el toque de queda.

Sobre los amuletos, un tema que volvió a revivir el viejo debate entre religión, pensamiento mágico y ciencia, AMLO dijo: “Son mis guardaespaldas”, como el creyente declarado que es, y sacó de su cartera un “Detente del Sagrado Corazón de Jesús” y otros talismanes. AMLO ya había mostrado antes esas imágenes, además de un billete de un dólar y un trébol de cuatro hojas que siempre lleva en la cartera. Una de esas ocasiones fue en febrero de 2019, antes de volar a Sinaloa —bastión del poderoso cártel de las drogas homónimo—, cuando se le preguntó si no temía viajar sin escoltas armados a dicha zona.

Para Bernardo Barranco, experto en catolicismo contemporáneo de la Escuela de Altos Estudios Sociales de París, “más que un homo religiosus”, el actual presidente mexicano “es un animal político”. Usa lo religioso en su discurso “como una manera de identificarse con el interlocutor popular”.

López Obrador, que durante su toma de mando celebró con indígenas una ceremonia chamánica, aparece como un presidente “milagrero, providencialista” y poseedor de “un pensamiento mágico”, apunta Barranco. “Puede resultar muy arcaico, poco común para lo que se requiere de un jefe de Estado”.

Otra interpretación del experto al discurso religioso del mandatario es que se trata de un mensaje para los más pobres: que se refugien en su fe ante la crisis y probable colapso del sistema de salud nacional. En realidad, no les quedaría de otra, porque AMLO sabe que con 120 millones de habitantes —la mitad de ellos pobres—, México cuenta solo con 4.372 camas para terapia intensiva.

“Muy probablemente, en esta otra lectura, se dirigía a la gente jodida que solamente tiene en su fe, en su religiosidad popular, el consuelo frente a las desgracias”, remata Barranco.

¿Mal ejemplo?

¿Pero qué viene quedando de la imagen que proyecta AMLO? En un país de profundas raíces religiosas, el que el líder de la nación refuerce el campo de las creencias y no privilegie el discurso científico para enfrentar una crisis cuyas consecuencias aún son imprevisibles puede resultar catastrófico, como ya lo están mostrando los casos de Italia, España, Francia y Alemania en Europa. Además, el discurso y actitudes de AMLO, por ser quien es, son tomadas por el grueso de la población, con escasa formación, como el modelo que se debe seguir.

La agencia AFP encontró varios casos que ilustran para dónde puede dirigirse México. Uno de ellos es el de Marisela Hernández, de 69 años, que salía caminando lentamente de la Basílica de Guadalupe, sin más compañía que el retrato pequeño de un santo, con una oración inscrita al reverso, y que ella cree “suficiente” para protegerse del COVID-19.

“Yo confiada en que Dios y San Ignacio de Loyola nos van a proteger de todo esto que está pasando con esa enfermedad”, dice esta anciana delgada, de menos de 1,50 m de estatura, antes de ir a trabajar como obrera en una fábrica de ropa en la que, explica, labora codo a codo con otras ancianas.

Otro caso es el de Zita Rocío, 50 años, que usa un velo de encaje blanco, lleva colgados varios escapularios y en la mano un emblema de San Miguel que reza: “Arroja al infierno a la maldad”.

“Estaba muy enferma, me daban convulsiones y San Miguel me curó. Así que no, no me da miedo esto que dicen que anda en el aire y en todas partes”, dice Zita sobre el virus que atemoriza a buena parte del planeta.

“No nos va a pasar nada”

Marisela escuchó la misa en una banca en la que se guardaba poca distancia entre las personas, desoyendo una de las pocas recomendaciones que el gobierno mexicano ha dado a la población para prevenir el COVID-19: mantener más distancia entre las personas.

La aparente laxitud gubernamental ante la pandemia ha desatado un aluvión de críticas de la sociedad y de opositores políticos.

“Primeramente Dios, no nos va a pasar nada (…) mejor encomendarse cada quien a su santito, con eso es suficiente”, añade la mujer que pasó tres veces frente al altar de la Virgen de Guadalupe, llevándose las manos a la cara después de arrastrarlas por el barandal eléctrico.

El Episcopado Mexicano recomendó a los obispos del país —con un 80% de católicos— suspender encuentros para grupos numerosos y promover la oración personal. Incluso, lanzó una oración para el coronavirus.

Este domingo, la secretaría de Gobernación (interior) dijo que los cultos religiosos pueden transmitirse por medios masivos no impresos previo permiso gubernamental.

Pero Fernanda Mendoza, un ama de casa del populoso Estado de México (centro), acude a la Basílica para agradecer la salud y orar “ahora que están las cosas así con ese virus”. No lleva ninguna protección ni le preocupa.

“Nosotros le pedimos todos los días a la Virgen en su altarcito que tenemos en la casa. ¿Qué más protección que esa?”, dice desafiante.

Valerio Cruz, un albañil de 62 años, coincide con las mujeres aunque con cierto sarcasmo.

“Solamente Dios sabe y decide hasta cuándo. ¿Para qué me voy a quedar en casa, para qué ponerme mascarilla? Siempre andamos con gripas y tos y fiebre”, añade este hombre con un escapulario bendecido en la Basílica al cuello, mientras otro devoto camina de rodillas hasta el altar.