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Este artículo fue curado por pulzo   Mar 9, 2026 - 5:05 pm
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Después de haber atacado durante la primera semana de bombardeos en Irán a los dirigentes de la República Islámica, las infraestructuras de seguridad y el aparato represivo, los bombardeos están alcanzando ahora infraestructuras que afectan directamente a la población. En Teherán, varias instalaciones petroleras han sido atacadas. En Bahrein, embestidas iraníes dañaron una planta de desalinización de agua.

Durante la noche del sábado 7 al domingo 8 de marzo, enormes columnas de humo y llamas eran visibles en numerosos barrios de la capital iraní después de que depósitos de combustible fueran alcanzados. Algunos tanques seguían ardiendo varias horas después de los ataques. El cielo de la capital, que cuenta con más de 10 millones de habitantes, se oscureció el domingo bajo una capa de humo y partículas. Internautas también informaron de una lluvia de partículas negras, acompañada de fotos de autos y edificios ennegrecidos.

“Las consecuencias sanitarias son importantes porque las partículas que caen son especialmente tóxicas y peligrosas, susceptibles de provocar efectos graves en la salud e incluso aumentar a largo plazo ciertos riesgos de cáncer”, explica Jonathan Piron, historiador especialista en Irán del centro de investigación Etopia en Bruselas.

En una metrópoli del tamaño de Teherán, el impacto potencial es aún más preocupante porque afecta a toda la población, “especialmente a los más vulnerables como niños, personas mayores o quienes ya sufren problemas respiratorios. Una situación aún más delicada, teniendo en cuenta que Teherán ya se enfrenta regularmente a una fuerte contaminación atmosférica”.

Según imágenes difundidas en redes sociales y testimonios recogidos por la ONG Human Right Activists (Hrana), con sede en Estados Unidos, varios lugares fueron alcanzados el sábado en distintos barrios de Teherán, especialmente alrededor de Shahran, en el noroeste, Aghdasieh y Sohanak, en el noreste, así como en instalaciones petroleras de Shahr-e Rey y de Fardis en Karaj.

¿Agua contaminada?

Las imágenes difundidas el sábado también muestran hidrocarburos fluyendo por las alcantarillas a lo largo de las calles de la ciudad, algunas de las cuales llegaron a incendiarse. Una situación que también supone un riesgo para los recursos de agua potable.

“Con la lluvia, estos elementos entrarán en el suelo y penetrarán en ciertas capas de los acuíferos subterráneos, que ya se encuentran en una situación problemática de colapso”, teme Jonathan Piron, que investiga sobre el agua en Irán desde hace varios años.

En cuanto a las presas cercanas a la capital, que proporcionan gran parte del agua corriente de la ciudad, se desconoce si han sido alcanzadas. “La cuestión será saber si los iraníes tienen la capacidad necesaria para filtrar esta agua potencialmente contaminada y si hay suficientes plantas de tratamiento para garantizar que el agua distribuida a la población siga siendo potable”, continúa Piron.

“Por el momento, el agua del grifo no ha cambiado de color”, cuenta a France 24 una habitante de la capital que dispone de una VPN para sortear la censura iraní cifrando sus datos. “Hace tiempo que instalamos filtros para usar el agua corriente”, dice, en una ciudad que ya ha sufrido en los últimos meses varios episodios de escasez del líquido y contaminación de los acuíferos.

Los ataques estadounidense-israelíes también han perturbado el suministro de combustible de la capital. Los depósitos atacados desempeñaban un papel esencial en la distribución de gasolina en Teherán.

“Los depósitos de gasolina atacados abastecen a la capital. Como consecuencia, por ahora algunas estaciones están cerradas y los automovilistas no pueden repostar. Las autoridades han pedido a la población que evite desplazarse en auto, salvo en caso de emergencia. Un problema más en la vida de los iraníes”, explica Siavosh Ghazi, corresponsal de France 24 en Teherán. 

En un contexto en el que algunas familias buscan abandonar las zonas más expuestas tras los bombardeos, estas perturbaciones podrían limitar las posibilidades de desplazamiento, alerta la ONG Hrana.

Por ahora confinada a Teherán y sus alrededores, la contaminación atmosférica provocada por los ataques a los sitios petroleros podría afectar a otras poblaciones de Medio Oriente, en un conflicto que escala cada día. El lunes por la mañana, un dron iraní golpeó el complejo petrolero de Al-Mu’amirah en Bahrein.

Al mismo tiempo, Arabia Saudita anunció haber interceptado y destruido dos oleadas de drones dirigidos al campo petrolero de Shaybah, en el sureste del país. Además, un campo petrolero gestionado por una compañía estadounidense fue atacado el viernes en el Kurdistán iraquí.

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¿El agua: un arma de guerra?

Mientras misiles y drones apuntan a la producción de energía y a las reservas petroleras, los analistas advierten: en esta región rica en hidrocarburos pero extremadamente árida, es el agua —y no el petróleo— la que podría convertirse en el recurso más vulnerable.

Un ataque estadounidense dañó el domingo una planta iraní de desalinización en la isla de Qeshm, afectando el suministro a treinta aldeas, según las autoridades iraníes, que acusaron a Estados Unidos de crear así un “precedente”. Washington niega este ataque.

El domingo Irán respondió dañando una de las seis estaciones de desalinización de Bahrein. En una región muy árida, estas instalaciones son vitales. “El ataque contra una planta de desalinización en Baréin es mucho más grave”, estima Jonathan Piron. El país depende en gran medida de estas infraestructuras para su agua potable.

Estos ataques siguen siendo contenidos, pero “el primero que se atreva a atacar el agua desencadenará una guerra mucho más gigantesca que la actual”, advierte Esther Crauser-Delbourg, economista del agua, citada por AFP.

En una región entre las más áridas del mundo, donde la disponibilidad de agua es diez veces inferior a la media mundial según el Banco Mundial, las plantas de desalinización desempeñan un papel vital para la economía y el consumo de agua potable de millones de habitantes.

El talón de Aquiles de los países del Golfo

Atacar estas instalaciones podría poner bajo presión a Estados enteros del Golfo, cuya mayor parte del agua potable proviene de la desalinización del agua de mar. En Emiratos Árabes Unidos, el 42% del agua potable proviene de estas plantas; el 90% en Kuwait; el 86% en Omán y el 70% en Arabia Saudita, según una nota del Instituto Francés de Relaciones Internacionales (Ifri) de 2022.

En 2008, ‘WikiLeaks’ reveló un cable diplomático estadounidense que afirmaba que “Riad debería ser evacuada en el plazo de una semana” si la planta de desalinización de Jubail que la abastece, o sus oleoductos, fueran “gravemente dañados o destruidos”.

Además de los ataques registrados el pasado fin de semana, estas plantas también son vulnerables a los cortes de electricidad que las alimentan y a posibles contaminaciones del agua del mar, especialmente por mareas negras.

El uso del suministro de agua como arma de guerra está prohibido por el derecho internacional. “Es una violación de las Convenciones de Ginebra. Por tanto, es un crimen de guerra”, subraya Jonathan Piron.

Sin embargo, atacar el agua en la región no es algo nuevo, recuerda el investigador. En Siria, el régimen de Bashar al-Assad ya destruyó en varias ocasiones infraestructuras hidráulicas, especialmente presas, para inundar zonas controladas por fuerzas rebeldes, mostrando que el medio ambiente podía utilizarse como arma.

En Gaza, las infraestructuras de bombeo y las tuberías también han sido destruidas por el ejército israelí, confirmando que los recursos hídricos se han convertido en objetivos estratégicos y que las poblaciones civiles quedan expuestas a las consecuencias de estos ataques.

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*Artículo adaptado de su original en francés

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