Mientras algunos publican imágenes dignas de revistas de viajes durante su confinamiento dorado, otros están encerrados en minúsculos espacios, o como los empleados de hospitales, transportes públicos o tiendas de alimentos, se exponen al virus para mantener abiertos los servicios esenciales.

Otros se marcharon a casas de ensueño en el campo o al borde del mar en jets privados, hasta tal punto que la compañía PrivateFly vio dispararse las reservas de personas que querían salir de países de riesgo, según The Guardian.

Algunos más optan directamente por invertir en refugios subterráneos, como le dijo a Los Ángeles Times la empresa texana Rising S Bunkers, cuyas líneas telefónicas no dejan de sonar.

Por 8,35 millones de dólares, su modelo de refugio “Aristócrata” cuenta con gimnasio, sauna, piscina, jacuzzi, jardín subterráneo y garaje.

En un yate o una mansión, preocupados por sus bodegas o por qué ropa ponerse, los superricos viven un confinamiento dorado que suscita críticas y burlas en un momento en que millones de personas sufren la enfermedad o sus consecuencias económicas.

“Puesta de sol anoche… aislado en las Granadinas evitando el virus. Espero que todos estén a salvo”, escribió el magnate estadounidense de los medios de comunicación, David Geffen, en Instagram a finales de marzo.

Junto a su mensaje, una foto de un enorme yate navegando en las tranquilas aguas de esas paradisíacas islas del Caribe.

Este comentario, que provocó un alud de críticas indignadas en las redes sociales, dice mucho sobre las desigualdades que el coronavirus pone aún más de manifiesto.