Antes del pasado 21 de noviembre, con la expectativa y el temor que precedían a las marchas convocadas en Bogotá, los vendedores del centro de la capital se prepararon para recibirlas como si se aproximara un huracán.

En esa oportunidad, ellos le madrugaron al paro; salieron con tablas, clavos y martillos para blindar sus negocios, tapar sus vitrinas, y evitar que sus locales comerciales se vieran afectados por el ‘vendaval del N21’.

Y no era para menos, los antecedentes muestran que la violencia de algunos vándalos ha logrado, en varios momentos, desdibujar las protestas pacíficas que, al final de las jornadas, se ven opacadas por el predecible choque entre encapuchados (que nada tienen que ver con las manifestaciones) y agentes del Esmad.

Infortunadamente, en esa oportunidad los comerciantes no se equivocaron. Ese 21 de noviembre Bogotá vivió uno de sus momentos más complicados de orden público. Varios locales fueron atacados y muchos han sufrido serias pérdidas económicas durante los días de marchas.

Además, varias estaciones de Transmilenio resultaron destruidas, buses del SITP fueron vandalizados y hubo desmanes en múltiples puntos de la ciudad, que hicieron que la Alcaldía desempolvara una medida que no se aplicaba desde 1977, y decretara el toque de queda.

Hoy la capital de la República se enfrenta a un nuevo anuncio de multitudinarias marchas. Para este 4 de diciembre (4D) ha sido convocada una huelga general y el temor por un nuevo ‘huracán’ de desmanes regresa.

No obstante, ante esta convocatoria, los comerciantes no se están atrincherando como si de un fenómeno natural o una batalla campal se tratara. De lado han quedado los materiales de construcción, las vallas y las rejas; hoy la protección es el clamor por la empatía y por el trabajo del prójimo.

Las nuevas y pacíficas huestes antiparo tienen por escudo postizas barbas blancas; por cascos protectores, los tradicionales e inofensivos gorros de Navidad, y por arenga, un clamor que recoge el sentir de buena parte del país: “¡Dejen trabajar!”.

Las personas que día a día se levantan para buscar el sustento diario se han ubicado delante de sus negocios, se han tomado de las manos, han formado una cadena humana y han levantado su voz contra los violentos y los que pretenden que paren de trabajar.

Con su pellejo expuesto en la calle, y con su voz como única arma, una trabajadora de los locales comerciales del centro de la ciudad, le dijo a Noticias Caracol que todos los comerciantes tienen que apoyarse para mitigar los efectos de las marchas.

“Si no trabajamos, ¿cómo nos pagan? Muchos somos cabezas de familia y tenemos que responder por nuestros hogares […] tenemos que apoyarnos en el sector”, agregó la mujer en ese informativo.

Uno de los promotores de la manifestación en defensa del trabajo, protegido solo por su gorro navideño y su barba de utilería, le dijo al noticiero que los vendedores de la zona solamente quieren sacarle el mayor provecho a la temporada decembrina.

“Marchen, hagan todo lo que tienen que hacer, pero no nos perjudiquen a nosotros”, pidió el improvisado ‘Papá Noel’ como regalo de Navidad.

Los vendedores de San Victorino, en el centro de Bogotá, le dijeron a Noticias Caracol que son cerca de 750.000 comerciantes y trabajadores los que se han visto afectados por los frecuentes llamamientos a paro.

Y es que el reclamo de los improvisados ‘Santa Claus’ no es para menos. Caracol Radio, citando a Fenalco, informó que con las protestas a diario se pierden 150.000 millones de pesos en todo el país; además, el 90 % de los negocios del centro de Bogotá ha tenido que cerrar en las manifestaciones y el 75 % de los tenderos ha sufrido pérdidas económicas con el paro.

Ante ese panorama, la cadena humana de Papás Noel no solo estará ubicada en el sector de San Victorino, en la carrera Décima, destacó Noticias Caracol. El medio dijo que este ‘ejército rojo y blanco’ estará clamando por su trabajo en la carrera Séptima, en el Parque Nacional y en lugares cercanos por donde pasen las marchas y pueda haber afectaciones.