Mohamed Dhaouafi, de 28 años, concibió su primer prototipo para un proyecto universitario cuando estudiaba en la escuela nacional de ingenieros en Susa, en la parte oriental de este país del Magreb.

“Habíamos previsto crear una plataforma de distribución de productos farmacéuticos”, recuerda el ingeniero, y explica que “un miembro del equipo tenía una prima que nació sin una mano y sus padres no podían gastarse el dinero para comprarle una prótesis, sobre todo porque ella estaba creciendo. Por eso, decidimos diseñar una mano”.

Después de terminar la universidad, Dhaouafi creó en 2017 su emprendimiento Cure Bionics en su habitación en casa de sus padres, mientras muchos de sus compañeros preferían emigrar y buscar trabajo en el extranjero.

“No solo quería demostrarme que podía hacerlo, sino hacer algo importante y cambiar la vida de la gente“, asegura este joven, que ahora trabaja en una oficina al lado de la universidad que reúne a varias pequeñas empresas innovadoras.

Con la aplicación de inteligencia artificial

Dhaouafi pudo contratar a cuatro empleados gracias al dinero conseguido en concursos y en la inversión de decenas de miles de dólares de una empresa estadounidense.

Su mano biónica funciona a través de sensores que detectan los movimientos musculares, un programa los interpreta y transmite las indicaciones a la mano artificial, formada por una muñeca y cuatro dedos con impulsos musculares. El pulgar, con una articulación mecánica, debe ser manipulado manualmente.

La inteligencia artificial permite reconocer impulsos musculares de movimientos complejos y así facilitar el uso de la prótesis.

Cure Bionics confía en sacar a la venta su invento dentro de cuatro meses. Primero, lo hará en Túnez y luego espera exportarlo a otros países de África, donde más del 75 % de personas discapacitadas que necesitan asistencia técnica no pueden acceder a ella, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

“El objetivo es que sea accesible a nivel financiero pero también geográfico”, explica el ingeniero, que forma parte de la lista de empresarios innovadores de menos de 35 años distinguidos en 2019 por la MIT Technology Review.

Su invento costará entre 2.000 o 3.000 dólares por cada unidad, un precio elevado pero inferior al de otras prótesis biónicas importadas desde Europa.

Impresión 3D, ¿el futuro de las prótesis?

Cure Bionics desea fabricar su producto lo más cerca posible de sus consumidores, con la presencia de técnicos locales que permitan adaptar la mano a las necesidades de su usuario, imprimiendo en 3D sus piezas para que se adapten a la morfología de cada uno de ellos.

Una prótesis importada actualmente representa varias semanas, o incluso meses, de espera tras su compra y también por cada reparación”, explica Dhaouafi.

Por este motivo, diseñó una mano con múltiples piezas ensambladas que se pueden obtener con impresoras 3D, lo que permite cambiarlas fácilmente cuando se rompen o adaptar la prótesis en aquellos niños que están creciendo.

La impresión en 3D, ya utilizada desde 2010 en la fabricación de rudimentarias manos mecánicas, resulta cada vez más habitual en la fabricación de prótesis.

“La tecnología aún se está desarrollando, pero se está iniciando un gran cambio”, indica Jerry Evans, responsable de la empresa canadiense Nia Technologies, especializada en la impresión en 3D de prótesis inferiores.

“Los países menos desarrollados pasarán probablemente de técnicas arcaicas a este tipo de tecnologías, que resultan mucho menos costosas” y permiten ahorrarse mucho tiempo, añade.

Evans advierte, sin embargo, que la impresión en 3D no es una solución mágica, ya que la fabricación de prótesis realmente útiles exige notables conocimientos médicos.