Señalamientos que se hacen, de manera constante, a la clase política por malversación de fondos, públicos y privados, esguince a la ley en beneficio propio, favorecimiento por ‘amiguismo’ o conveniencia particular, entre otros factores, son la constante del quebrantamiento de la ética que estandariza y normaliza la podredumbre que carcome las bases del estamento social.

Macro–cultura del poder que, de lo público, estandariza normas de comportamiento en los micro–círculos de acción, espacios donde ególatras dirigentes se llevan por delante a quien sea para acomodar su ajedrez y satisfacer la vanidad de ese usted no sabe quién soy yo y hasta dónde se está dispuesto a llegar por conseguir lo propuesto.

Estigmatización secreta, deontológica, que menoscaba comportamientos serios y profesionales, degradación psicológica que pisotea e irrespeta la esperanza de una generación que se prepara para asumir el reto que ahora plantea la historia, pero es cerrado con un portazo temeroso de quienes se intimidan por el éxito y la capacidad de otros. Oscura competencia en donde la preparación y el conocimiento, relegado a un quinto plano, no se ven reflejados en el desarrollo del país; atrás está quedando la dignificación de las instituciones que, desde la libertad del individuo, solidifica la credibilidad y confianza del ciudadano en la gestión diáfana, abierta y sincera que expone las cartas, expresa las cosas como son, sin ningún tipo de tapujos.

Conflicto democrático y social que triangula la necesidad primaria de justicia, implementación de compromisos, políticos y económicos, que involucran la crisis que ahora se acrecienta entre patrones, trabajadores y sindicatos. Contorno de “donaciones voluntarias” que apuestan por la estabilidad, disminuir el desempleo y amainar las necesidades, pero en el fondo solo apuntan a socializar las pérdidas; agilidad de influencia, en el imaginario colectivo, que busca esconder la mediocridad, ignorancia o tontería de presumidos vanidosos que pretenden liderar comunidades desde el autoritarismo inquisidor, propio de la ceguera del poder. Incertidumbre en la gruta de apariencias que llama a centrar la atención en nuevos retos que den vuelta a la página de la hipocresía que tanto indigna al sujeto y torpedea la construcción de un futuro.

Nitidez actitudinal que se convierte en insumo, y requisito de primera necesidad, para garantizar el equilibrio de una sociedad sumida en el cohecho, la indelicadeza y la impureza en todas sus esferas; ceguera y sordera que dan bofetada a la integralidad de quienes mirando desde el espejo retrovisor omiten la viga en el ojo propio. Bodeguitas que, comandadas desde oficinas de prensa corporativas, imponen agendas y personalidades, allanan el camino en beneficio de adalides, con actos non sanctos, que señalan ungidos que devuelven favores conexos a firmas de contratos irregulares, amañamiento de tiempos y presión sobre terceros que se encuentran disconformes con el rumbo que toman las circunstancias.

Desconocimiento del concepto de vergüenza que llama a preguntar por qué las autoridades de control se hacen los de la vista gorda para velar por el adecuado cumplimiento de la ley. Ministerios, Superintendencias y demás entes de control y vigilancia no se percatan que la maldad carcome el juicio y la coherencia social, descomposición que, venga de donde venga, obstaculiza la oportunidad de desarrollo de la nación. Aversión que no es nueva, pero que en medio de la crisis afecta el doble a un colectivo que sucumbe ante la impunidad que marca su paso en cada uno de los círculos de interacción.

Lucha desigual que torpedea el cambio, satisfacción y respeto ganado por el liderazgo, compromiso, eficiencia, disciplina e iniciativa de personas talentosas; razones coyunturales que nublan y tachan reclamos justos que no cuentan con explicaciones sensatas. Actuaciones incautas que atizan la armonía y equilibrio de grupos poblacionales que en la órbita, oficial o particular, son el fiel reflejo del desmoramiento del sector educativo como columna vertebral de la transformación moral que no está circunscrita a títulos, propiedades o poder adquisitivo. Legión de ilustrados que traicionan su saber, transmisión cultural que es disipada con determinaciones que atacan la estabilidad  sacando a relucir verdades que atomizan la paz.

Legado de ingratos inconvenientes que sumen en el abandono organizacional instancias en las que inmorales se tapan, defienden y cubren entre ellos para seguir por las mismas y con las mismas. Nido de desintegración que pone en tensión la vigencia de un estado social de derecho y exalta la necesidad de revisar a fondo la estructura del poder. Lúgubre gesta de torpedear la labor del otro, ocultar datos e información relevante, anula la convicción y preparación de sujetos idóneos para reformar el rumbo del estado; personajes condenados a confinarse en cuarteles de invierno para dar paso a individuos que sin experticia, conocimiento y competencia son fiel reflejo de la ilegalidad. Cálculo político que saca provecho furtivo de la odiosa tergiversación de lo recto, dispersión de la atención que apuesta porque nadie ate cabos y busque equilibrar el caos.

Visión sesgada que fragmenta la verdad desde la ideología de cada uno de los actores sociales, resiliencia que tiene sus efectos en el balance y confianza de un colectivo ávido de una reconciliación que deje de lado la violencia de pensamiento, palabra, obra y acción.

Principios que ahora se sostienen desde la falacia garantista de aliados inmersos en posiciones privilegiadas, pero rodeados de un mar de desconfianza sobre lo que dicen y hacen. Cultura de corrupción que no permite evolucionar a Colombia, pues la magnitud de cada escándalo o situación anómala borra de tajo aquello que era bueno y tenía una luz de esperanza; ecosistema social en donde son, pocos los amigos para identificarse y navegar hasta un límite, muchos los conocidos con los que se comparte camino, pero se está hasta donde toque.

Panorama abrumador donde el obscurantismo se constituye en el principal de los males de Colombia; liderazgo directivo ejercido desde el poder político y económico, algo efímero, que ostentan indeseables personajes, brillo en popularidad que eclipsa la incompetencia e incumplimiento de requisitos para un cargo. Tolerancia social con la descomposición que amaña maniobras, naturalizadas por algunos, para hacerse a las posiciones de dirección y nublar el concepto de justicia ya bastante desdibujado en un país donde las influencias son rectoras del poder. Botín al que se llega con trucos y artificios para llenar bolsillos, dilatar procesos y esconder las antipatías de sus actos.

Mas allá de comités de ética que indaguen y señalen casos puntuales, el país requiere construir un futuro desde la verdad, escenario en el que los sujetos expresen sus opiniones, asuman sus acciones y, sin temor, reconozcan en el otro un estandarte para la construcción conjunta de una visión de Colombia distante del flagelo que enmarca y descompone el esqueleto social. Las buenas acciones que dicen tener nefastos ejecutivos solo buscan dividir y confrontar para terminar de llevar a la nación por el abismo de la inequidad y la corrupción. Es hora de, abrir los ojos, propiciar el cambio de un país que se desangra en el desconcierto que crearon quienes hoy se proclaman como santos, pero en el fondo tiene más cargas y cuentas pendientes que los propios criminales que están en las cárceles colombianas.

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