El domingo pasado, al presidente Iván Duque el diario caleño le planteó si para él no era una frustración el tema de Venezuela, comoquiera que su gobierno ha hecho un enorme esfuerzo diplomático para sacar a Nicolás Maduro del poder, pero ese régimen sigue intacto. Duque respondió: “Yo no soy persona de frustraciones”.

Esa corta respuesta fue suficiente para que la sicóloga Gloria H. esbozara un perfil del mandatario que, desde su punto de vista, explica las dificultades por las que atraviesa.

“Por eso es por lo que no logra conectarse. Por actitudes totalmente impostadas o falsas es que está tan lejos de la gente”, dictamina la columnista. “Por eso es que no existe resonancia entre él y los ciudadanos. Tiene que estar muy desenfocada una persona cuando dice que ‘no soy hombre de frustraciones’ como si las frustraciones fueran una elección voluntaria en la vida de los humanos. Como si la frustración no fuera un aprendizaje básico al igual que la lectura o la escritura”.

Gloria H., además, recuerda que las frustraciones son indispensables en el proceso de madurez de las personas, “puesto que te ubican dentro de una realidad”. Subraya también, en una reflexión que deberían tener en cuenta sobre todo los jóvenes —y Duque lo es—, que “todo no se puede. Todo no se logra. No conseguimos todo lo que nos proponemos, por más buenas intenciones que se tengan. […] La naturaleza, la suerte, las energías, la comunidad, las circunstancias, todo puede influenciar para que el resultado no sea como se espera”.

Por esa expresión de Duque, la sicóloga colige que la ya también célebre “¿de qué me hablas, viejo?” no fue tan ocasional. Para ella, el desenfoque del presidente “es estructural”. “Igual con Bojayá, el asesinato de los líderes, el diálogo con los promotores del paro, etc., la realidad es la que este Gobierno se cree, no la que existe afuera”.

“Desconexión, qué gran dificultad la que enfrenta Duque porque no resonar con el sentir de un gran número de personas es lo que lo hace tan distante, tan frágil, tan títere”, escribe la columnista, y se pregunta: “¿Quién le determina su actuar?, ¿qué es aquello por lo que vibra o lo conmueve? ¿El cambio de director de comunicaciones logrará el milagro de conectarlo con el sentir ciudadano?”.

Desde una perspectiva ya no sicológica, sino evidentemente política, Gabriel Silva se refirió la víspera en El Tiempo a la desconexión que padece Duque, y le criticó que se haya montado en “la teoría de que había recibido un país en caos, desvencijado, descuadernado, estancado y con una situación en materia de seguridad en franco deterioro”.

“Para explicar la incapacidad de ejecución y los pobres resultados de lo corrido del actual cuatrienio, recurren religiosamente a la fórmula de señalar los ocho años de las administraciones de Juan Manuel Santos como la causa de sus propios fracasos”, escribió Silva en su columna del diario bogotano. “Esa cantaleta ya no se la cree nadie. Esa excusa para su inefectividad claramente está agotada en la opinión”.

Con lo que no está desconectado Duque, según el análisis de Silva, es con el oportunismo, pues “ante la ausencia de resultados propios, bueno es acogerse a los de otros. Este gobierno está dedicado a tratar de dejar una herencia con un legado prestado. La otra cara de la moneda de haber tratado de culpar a las administraciones anteriores de sus fracasos es buscar ahora hacer suyos los logros que hoy florecen y no fueron sembrados por ellos, sino por las administraciones Santos”.

“Andan los ministros y el Presidente sacando pecho e inaugurando obras a diestra y siniestra como si tuvieran algo que ver. La realidad es que no han hecho nada distinto a administrar un proceso que se estructuró mucho antes de que el Presidente siquiera fuera candidato”, agrega Silva, y sintetiza en una vieja sentencia popular lo que andan haciendo Duque y sus funcionarios: “Ganando indulgencias con avemarías ajenas”.