Ways, como muchos otros columnistas y miles de ciudadanos, es de los que decidieron no marchar, pero los argumentos que da para asumir esa posición son sobrecogedores por lo realistas y se distancian de la idea de que “los cambios sociales que valen la pena proceden principalmente de la política”.

¿Y cuáles son las transformaciones que han cambiado efectivamente la sociedad, según Ways, de la mano del ingenio y del comercio? Su lista —es apenas obvio— resulta larga, pero incompleta:

“El ábaco, la brújula, el celular, los desinfectantes, los elevadores, la farmacología, la genética, el hormigón armado, el inodoro, el jet, el clínex, el linotipo, la máquina de vapor, la nevera, la odontología, la píldora anticonceptiva, el queroseno, la radiotransmisión, la siderurgia, los telares, las UCI, las vacunas, la web, la xerografía, el yugo, la zootecnia”, enumera el columnista, y afirma que “cualquiera de estas cosas hizo avanzar a la humanidad más que cualquier manifestación, protesta, cabildo o comité”.

Ways sostiene en su columna que América Latina “insiste en un camino trágico y equivocado: vive obsesionada con la acción política como herramienta de cambio, en perjuicio de la técnica y el emprendimiento”, dice, y emplea una metáfora lapidaria para ilustrar que lo que hace el continente “es como dotarse de guantes de látex para trepar un poste engrasado”.

“Por eso no me atraen las marchas […]. Porque, para un ciudadano corriente, como yo, los alcances de la acción política son mediocres comparados con los de la ciencia, la industria y el comercio”, agrega y también da razones políticas para no marchar: “Puede que a los líderes de esas colectividades [vociferantes, intimidatorias –o corruptas– que participan en las marchas] no les convenga mejorar realmente las condiciones de vida de las personas que dicen representar, pues son astutos y saben que su poder deriva de que esas personas vivan siempre inconformes, para que ellos oficien permanentemente de salvadores”.

La idea de Ways de que las transformaciones sociales no nacen de marchas la había planteado tres días antes el también columnista de El Tiempo Eduardo Escobar: “Yo hace tiempos me convencí de que al mundo no lo cambian las masas, sino los ingenieros del secreto material que suelen trabajar en silencio para construir milagros como el clip”, dijo Escobar en su escrito que dedicó a criticar con sarcasmo las marchas.

“De las manifestaciones quedan unas basuras por recoger. Y para recordar, unos mártires de la vieja estupidez de la historia política”, terminó su columna Escobar, como colofón del listado de calificativos que les pone a las marchas, a las que, entre otras, se refiere como organismos “de diez mil bocas de la muchedumbre amorfa, cuyas estampidas dejan una mezcla de perfumes y hedores y aguasangres”.

A esa “turbamulta anamórfica”, Escobar también la define como “amasijo de sentimientos contradictorios”, porque “unos marchan para ser vistos como los políticos pescadores de río revuelto. Otros, para descargar la mierda de las frustraciones. Y otros, para expresar una indignación de cartilla de purificaciones. Hay mucho falso orgullo en el que marcha. Basta verles el pavoneo”.

“El individuo disuelto en la horda se confunde con la indiferencia de la muerte, cegado por el tremolar de las banderas mortales”, agrega Escobar. “[…] La gavilla mata, incendia, aúlla clichés que no resisten el examen. Yo prefiero la opción del ausente de las manifestaciones colectivas. Que otros disfruten de las delicias rebañegas”.