Por: El Espectador

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Este artículo fue curado por pulzo   Abr 17, 2026 - 7:02 pm
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Durante décadas, la percepción general sostenía que Bogotá carecía del entorno necesario para alimentar una tradición literaria robusta. Para muchos, el verdadero escritor debía trasladarse a capitales como Nueva York, París o Barcelona, ciudades con una amplia trayectoria cultural y un halo de prestigio que parecía indispensable para el desarrollo del oficio. Sin embargo, Mario Mendoza desafió ese paradigma al mostrar que la capital colombiana, a pesar de su aparente precariedad, también podía ser una fuente inagotable de inspiración literaria. De hecho, Mendoza convierte a Bogotá en la protagonista recurrente de su obra, retratando sus múltiples rostros y desentrañando las profundidades que la convierten en una musa singular.

En su más reciente novela, La hora de los lobos (Planeta), la ciudad no solo sirve de fondo, sino también de motor narrativo: la trama sigue a un joven marginado marcado por la muerte que, tras acabar en la cárcel, encuentra a un mentor que lo guía por los bajos fondos del continente. Bogotá emerge así como escenario y personaje, propiciando que el autor se enfrente a interrogantes vitales y existenciales, un proceso que, según ha declarado, le ha permitido ahondar en sus propias inquietudes más profundas.

Según lo expuesto por Mendoza en diálogo con El Espectador, la relación entre Bogotá y su literatura tiene sus raíces en una ruptura del molde establecido a mediados del siglo XX, cuando la capital era vista como incapaz de inspirar grandes novelas. Mientras Argentina y México consolidaban sus propias tradiciones urbanas, en Colombia la narrativa derivó hacia Medellín y Cali, con figuras como Andrés Caicedo. Mendoza, sin embargo, decidió permanecer en la alta, fría y caótica Bogotá y asumirla sin complejos como fundamento de su escritura.

El escritor argumenta que, hacia finales del siglo XX, el eje de las grandes historias urbanas se desplazó de las metrópolis del primer mundo a urbes del llamado tercer mundo, como Bogotá. Este cambio no fue casualidad: la saturación de las ciudades y las transformaciones sociales provocaron que metrópolis europeas comenzaran a parecerse a las latinoamericanas en su desorden, diversidad y complejidad. Por todo esto, Mendoza concluyó que no era necesario emigrar a ciudades “aprobadas” por la tradición literaria; al contrario, la riqueza de Bogotá residía precisamente en su caos, sus tensiones históricas y sus contrastes.

Mendoza describe cómo recorrer Bogotá es también transitar diferentes épocas: de la prehistoria urbana —donde se cruzan personajes nómadas y marginados— hasta espacios dominados por un fuerte sincretismo religioso o formas de vida futuristas, como el fenómeno japonés hikikomori (jóvenes que optan por el aislamiento social y la vida virtual). Así, el autor ve en Bogotá la materialización de diferentes tiempos históricos superpuestos, un desafío para cualquier narrador interesado en plasmar estas capas de realidad y ficción.

En este contexto, Mendoza sostiene que, para sostener una escritura genuinamente bogotana, es necesario aprender a distinguir el bullicio exterior del silencio interior: solo así puede mantenerse un equilibrio entre la intensidad vital de la ciudad y la búsqueda íntima del sentido propio de la existencia.

¿Qué implica el término “hikikomori” mencionado por Mario Mendoza en el contexto de Bogotá?

Mendoza utiliza el término hikikomori para describir a jóvenes que optan por aislarse completamente de la vida social, viviendo confinados en sus habitaciones y dedicando su tiempo casi exclusivamente a actividades virtuales como videojuegos y redes sociales. Aunque el término tiene origen japonés, el escritor lo emplea para ilustrar cómo Bogotá alberga formas de vida contemporáneas que escapan a los límites de la tradición, ofreciendo un ejemplo concreto de la superposición de tiempos y realidades en la capital.

Este fenómeno, señalado por Mendoza durante su recorrido por Bogotá, evidencia la complejidad de la ciudad y cómo sus distintos barrios y dinámicas reflejan no solo retrocesos o persistencias del pasado, sino también anticipos del porvenir. En este sentido, la presencia del hikikomori en el entramado urbano es una metáfora poderosa de las tensiones y nuevas realidades que enfrenta la sociedad bogotana.


* Este artículo fue curado con apoyo de inteligencia artificial.

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