Detrás de esas riquezas también ha habido todo tipo de personajes cuyos fantasmas y leyendas van y vienen con las mareas, y se asoman por entre las rendijas de la historia. Ellos, sumados a la extraordinaria belleza del lugar, caracterizado por un mar azul turquesa sobre arrecifes de coral, constituyen la principal fuente de sustento de los lugareños, su tesoro de verdad: el turismo, por encima de la pesca.

Sin embargo, la crisis provocada por el coronavirus también los golpeó, pues a pesar de estar de alguna manera aislados de Cartagena (Islas del Rosario por el mar, y la isla de Barú, que, en realidad, es una península, por el Canal del Dique), el número de turistas se redujo dramáticamente a cero en el peor momento de la pandemia, lo que detuvo la principal actividad de los nativos. Fue como si, de repente, la nave en que viajaban por la vida hubiera zozobrado y ahora estuvieran recogiendo los maderos de ese terrible naufragio para recomponer el rumbo.

Y de naufragios y hundimientos ellos sí que saben. El más célebre es el del galeón español San José. Para empezar, la confrontación naval en que un navío inglés lo cañoneó y lo envió al fondo del mar a 300 metros de profundidad lleva el nombre de ese corregimiento cartagenero: Batalla de Barú. Fue el 8 de junio de 1708, hace 312 años, cuando lo mandaron a pique con un tesoro compuesto por esmeraldas, lingotes de oro y de plata, custodias y otros objetos valiosos, una fortuna que ha sido tasada en unos 10.000 millones de dólares.

El navío está en algún lugar del mar frente a Barú y las Islas del Rosario. Esa es quizá la primera riqueza sobre la que han ‘navegado’ sus habitantes. Le han sacado provecho a contar el relato y a lanzar hipótesis que despiertan la imaginación de los turistas sobre dónde puede estar, más o menos, el galeón.

De ese tesoro, si es que alguna vez lo rescatan tras superar el litigio entre los gobiernos de Colombia y España, más las pretensiones de la empresa estadounidense cazatesoros Sea Search Armada (SSA), que aseguró haberlo descubierto en 1982, a los nativos no les tocará ni una de los 11 millones de monedas —de 27 gramos de oro cada una— que hacen parte del tesoro.

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Los tristemente célebres vecinos de Islas del Rosario

Otras riquezas que estuvieron asentadas en la zona fueron las de los narcotraficantes. Con base en ellas, los nativos también han sobrevivido, antes como trabajadores domésticos y después aprovechando las ruinas de las lujosas fincas en las que alguna vez famosos capos veranearon, organizaron envíos de alucinógenos y hasta ejecutaron horrendos crímenes.

Los amantes de esa clase de turismo caen como peces adormilados en las redes que tejen los guías turísticos con entretenidos relatos, y muerden el muy atractivo anzuelo que representa una avioneta de Pablo Escobar caída en medio de las Islas del Rosario.

En ese archipiélago está, por ejemplo, el islote El Cairo con los vestigios de la que una vez fue la propiedad de Juan Carlos Ramírez Abadía, alias ‘Chupeta’, actualmente preso en Brasil. También se asegura que en el archipiélago tuvieron fincas Camilo Torres Martínez, alias ‘Fritanga’, capturado cuando amenizaba una extravagante rumba en un exclusivo hotel de la Isla Múcura; José Gonzalo Rodríguez Gacha, alias ‘el Mexicano’, y hasta el propio Escobar.

“En las décadas finales del siglo pasado, las Islas del Rosario estuvieron bajo la fuerte influencia de los grandes carteles de la coca (el de Medellín, el de Cali, el del Norte del Valle), varias de cuyas figuras más prominentes tenían hermosas fincas frente a las playas”, cuenta Fabio Andrés González Casiani, operador turístico de Cartagena.

‘Chupeta’ construyó una finca con excentricidades como una piscina con vista infinita, pues la mirada se perdía en el mar, un bar dentro de la piscina, gimnasio con maquinaria de todo tipo, un minizoológico con flamencos, guacamayas, monos… “A esas propiedades se les hizo extinción de dominio, pero quedaron abandonadas y los nativos han aprovechado para tomar casi todos los materiales con que fueron construidas”, explica González Casiani. “Y como siempre en esos casos, también las destruyen buscando supuestos tesoros”.

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Por eso, lo que hoy es el palacio de ‘Chupeta’ constituye un signo inequívoco del destino de las fortunas que se consiguen de manera ilícita: terminan siendo ruina. “De ellos queda lo que alcanzaron a construir, que ahorita está vuelto nada. Eso es lo que queda: destrucción total”, destaca Frank Gómez, presidente de una recién creada cooperativa de lancheros en Barú, que conocen como las palmas de sus curtidas manos las rutas entre este corregimiento y las Islas del Rosario, lo mismo que los secretos que se esconden en cada uno de los pliegues de esas rutas.

Algo parecido pueden decir quienes trabajaron con los narcos. El piloto de ‘Chupeta’, por ejemplo, que en la época de mayor esplendor y opulencia del narco le capitaneó el lujoso yate y estuvo acostumbrado a tocar apliques de oro y otras extravagancias con las que estaba ‘engallada’ esa nave, hoy es un albañil que busca sumarse a cualquiera de las cuadrillas de obreros que construyen obras en la zona.

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El antiguó privilegiado navegante del narco ahora anda en lanchas ajenas como un pasajero más (incluso pidiendo que lo lleven gratis), anónimo, callado y con la mirada perdida en el horizonte, quizás extraviado en el espejismo de lo que puede considerar ‘mejores tiempos’. Es un buen tipo al que no le gusta hablar de su pasado, ni de nada. Puede resultar un riesgo, pues, aunque se dedica a una actividad lícita, la impronta del narcotráfico en quienes se dejan tocar por cualquiera de las actividades relacionadas con ese delito es como una fea cortada en la cara de un pirata.

La mano invisible que impulsa a Barú e Islas del Rosario

Pero a las Islas del Rosario también llegó la riqueza de personas honestas y trabajadoras, y esa es la que más ha venido impulsando el desarrollo de Barú y de su archipiélago hermano. Se trata de reconocidos empresarios, directores de medios, famosos artistas y hasta glorias del fútbol colombiano que poseen algunas de las 27 islas que conforman el conjunto.

En primera instancia, los ricos llegaron con tecnología, como la telefonía celular, y eso posibilitó que los nativos tuvieran acceso a ese beneficio muy temprano. “Desde que se les hizo extinción de dominio a los narcotraficantes y desde la lista Clinton, ya todo empezó a cambiar”, asegura González Casiani. “Llegaron inversionistas de otros países y han comenzado a asociarse con los nativos que son los dueños de la tierra, para montar eco-hoteles, hoteles, biciclubs, restaurantes, por 10, 20 o 30 años”.

A Barú le pasa algo parecido: es un poblado pobre rodeado por ricos (antes fueron los narcos y hoy son las personas de bien que han ayudado más que el Estado mismo). “Las empresas privadas, los inversionistas han llegado a aportar su granito de arena para impulsar un poco a Barú, pero, obviamente, a beneficio de ellos”, subraya González Casiani.

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A la luz de esta reflexión se delinea nítidamente en Barú e Islas del Rosario la mano invisible que imaginó el filósofo inglés Adam Smith en el siglo XVIII, de la que elaboró un concepto según el cual si bien los ricos solo van detrás de su propio provecho y solo persiguen sus deseos, terminan compartiendo con los pobres el resultado de todos sus progresos.

“No es de la benevolencia del carnicero, cervecero o panadero de donde obtendremos nuestra cena, sino de su preocupación por sus propios intereses”, advertía Smith, y aseguraba que era la mano invisible del mercado la que hacía que todo el conjunto de la sociedad se beneficiara del hecho de que los individuos busquen su propio beneficio particular.

Este concepto ha sido y sigue siendo objeto de amplias discusiones académicas. Hoy, en todo caso, muchos jóvenes no se quedan con los brazos cruzados a esperar que caigan los beneficios de las actividades de otros. La pandemia del coronavirus parió una generación de emprendedores que, particularmente en Cartagena, Barú e Islas del Rosario, les vienen apostando a sus propias ideas para impulsar con buen viento la reactivación.

Así, en medio de la pandemia surgieron ideas como Walled City of Cartagena, del propio González Casiani, especializada en el turismo personalizado; o Somos Isleños Barú, una cooperativa de unos 25 lancheros liderada por Frank Gómez, que se esfuerza por organizar el transporte de turistas en la región. Y también se ven emprendimientos como Suhe Energy, contratada por personas acomodadas de la región para dotar de energía solar a comunidades de pescadores.

Estos y muchos otros jóvenes están decididos a trazar su propio rumbo y producir riqueza con transparencia, a la manera de una metáfora del hermoso mar por el que trabajan, cuyas aguas son tan cristalinas que se puede ver con nitidez, incluso a 5 metros de profundidad, el maravilloso tapete coralino de múltiples colores sobre el que se mueven a sus anchas variopintos cardúmenes de peces, delfines, tiburones, al lado de pasmosas estrellas de mar…

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