El virus ya ha alcanzado a más de una veintena de países, incluyendo España, el Reino Unido, Rusia y Suecia, mientras que África y América del Sur parecen de momento exentas de la epidemia.

También aumentó el número de personas infectadas en China a 11.791, después de que el viernes se diagnosticaran 2.100 nuevos casos, anunció el sábado la Comisión Nacional de Salud.

Un buen número de países enviaron aviones a la zona en la que apareció el brote para repatriar a sus ciudadanos, otros optaron además por cerrar sus fronteras e imponer restricciones a la circulación.

Washington anunció medidas excepcionales para cerrar sus fronteras o para imponer la cuarentena a los viajeros procedentes de China, y sobre todo del epicentro de la epidemia, la ciudad de Wuhan (centro) y su provincia, Hubei; sean o no estadounidenses.

A partir del domingo, las autoridades prohibirán la entrada a su territorio a todas las personas no estadounidenses que hayan estado en China en las últimas dos semanas, decretó el secretario de Salud Alex Azar. A los estadounidenses que hayan visitado Hubei en las dos semanas anteriores se les impondrá una cuarentena de hasta 14 días.

Por su parte, Australia anunció el sábado que prohibía entrar a su territorio a cualquier persona no residente procedente de China, una medida similar a las anunciadas por otros países como Italia, Singapur y Mongolia, y que causaron malestar en Pekín.

“No es necesario que cunda el pánico inútilmente, ni tomar medidas excesivas”, consideró el embajador de China en Ginebra, Xu Chen, que recalcó que la OMS tenía “plena confianza en China”.

El gobierno chino apuntó directamente a Washington en sus críticas, al reprocharle que hubiera recomendado a sus ciudadanos no viajar al país asiático o abandonarlo a la mayor premura. “Las palabras y los actos de algunos responsables estadounidenses ni están fundadas en hechos ni son apropiadas”, señaló una portavoz de la diplomacia china, Hua Chunying.

Por su parte, la OMS advirtió que las restricciones a la circulación podrían ser contraproducentes durante una emergencia sanitaria, por el riesgo de que perturben la distribución de ayudas y de lastrar la economía de los países afectados.