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Se trata de una secuencia diplomática tan intensa como discreta en un expediente que se prolonga desde hace 50 años: la autonomía del Sahara Occidental. Tras una primera sesión de negociaciones en la embajada de Estados Unidos en Madrid, Massad Boulos, enviado de Donald Trump para África, reunió en Washington los días 23 y 24 de febrero a todas las partes implicadas: Marruecos, Argelia, Mauritania, el Frente Polisario, así como a Staffan de Mistura, enviado especial de la ONU.
Aunque ha trascendido poca información sobre estos dos encuentros a puerta cerrada, el objetivo de Estados Unidos es claro: cerrar definitivamente la disputa que envenena las relaciones entre Rabat y Argel basándose en el plan de autonomía marroquí.
El Sahara Occidental es reclamado tanto por Marruecos como por la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), proclamada por el Frente Polisario en 1976. Este último persigue la independencia total del territorio, una reivindicación respaldada por Argelia.
Con una extensión de 40 páginas, el plan prevé la creación de una región autónoma dotada de un gobierno, un parlamento y un sistema judicial con competencias propias. Marruecos, por su parte, mantendría el control de los poderes soberanos: la moneda, la defensa, la política exterior y los símbolos de soberanía, como la bandera o el himno.
El documento incluye además un apartado dedicado a la “reconciliación” y al retorno de las poblaciones, en particular de los refugiados de los campamentos gestionados por los independentistas del Frente Polisario. Según el texto, los combatientes se beneficiarían de una “amnistía”, aunque quedarían excluidos los crímenes contemplados por el derecho internacional.
Desde 1975 y la anexión por parte de Rabat de gran parte del territorio, cerca de 180.000 saharauis sobreviven en condiciones precarias en campamentos —entre los más antiguos de África— cerca de la ciudad argelina de Tinduf.
Al imponer este plan presentado en Madrid como única base de discusión, la administración Trump entierra de facto el proyecto de referéndum de autodeterminación previsto por la ONU y reclamado desde hace décadas por el Frente Polisario, con el respaldo de Argelia. La autonomía propuesta por Marruecos no está concebida como una etapa hacia la independencia, sino como una solución definitiva, subraya el medio independiente ‘Orient XXI’.
“Una ayuda valiosa” de Argelia
Esta secuencia diplomática confirma una dinámica especialmente favorable a Rabat. A finales de octubre, el Consejo de Seguridad de la ONU adoptó la resolución 2797, que valida la iniciativa marroquí como “la base de una solución justa, duradera y mutuamente aceptable del conflicto” del Sahara Occidental. Antes de ello, Estados Unidos y luego Francia reconocieron la soberanía de Marruecos sobre esta vasta región desértica de 266.000 km².
Marruecos y Estados Unidos mantienen vínculos diplomáticos y militares muy estrechos. El rey Mohamed VI fue uno de los primeros jefes de Estado en incorporarse al Consejo de la Paz del presidente estadounidense como miembro permanente. Principal comprador de material militar estadounidense en África, Rabat acaba de celebrar los 250 años de una relación bilateral sin sobresaltos.
No obstante, pese a esta proximidad histórica, la Administración Trump rechaza cualquier parcialidad en estas negociaciones. “Actuamos actualmente bajo el paraguas de la resolución 2797 y lo que puedo decir es que Argelia presta una ayuda valiosa y se comporta como un excelente socio, al menos como siempre lo ha sido con la actual administración Trump”, asegura Massad Boulos en una entrevista concedida a France 24.
En realidad, Argelia podría haber sufrido una fuerte presión estadounidense para sentarse a la mesa de negociaciones, según Riccardo Fabiani, director para el norte de África del International Crisis Group. Washington hace pesar, en particular, la amenaza de sanciones contra Argel debido a la compra de cazas rusos Su-35 y Su-57. Otra espada de Damocles sobre Argelia es un proyecto de ley actualmente en estudio en el Congreso estadounidense para clasificar al Polisario como organización terrorista.
“Argelia también ha calculado que participar en estas negociaciones es una forma de seguir cultivando buenas relaciones con un socio imprescindible en un momento en que Argel se encuentra bastante aislado tras una serie de crisis diplomáticas con Francia, Marruecos, Malí y España”, analiza el experto.
Un acuerdo marco previsto para la primavera
Entre bambalinas, Argelia sigue manifestando su desacuerdo con el plan marroquí, en particular sobre el método de designación del próximo ejecutivo regional del Sahara Occidental. Rabat quiere que sea nombrado e investido por el rey Mohamed VI, mientras que el Frente Polisario exige que sea elegido. La cuestión de una fiscalidad específica para la región también agita el debate.
Otro punto de fricción: la integración de una región con algún tipo de autonomía implicaría una modificación de la Constitución marroquí mediante referéndum. Sin embargo, Rabat pretende que participe en él todo el cuerpo electoral marroquí, y no únicamente las poblaciones del Sáhara, señala Jeune Afrique.
Además, la cuestión central de la autodeterminación sigue sin resolverse. “Para Argelia y el Polisario, la autodeterminación equivale a dar al pueblo saharaui la posibilidad de elegir entre autonomía, integración o, sobre todo, independencia. Y eso es algo a lo que los marroquíes se oponen totalmente, y dudo que Argel sea flexible en este punto”, indica Riccardo Fabiani.
Por último, más allá de estas consideraciones jurídicas, la dilución de la identidad saharaui, privada de bandera y de himno, constituye un nuevo motivo de tensión entre las partes.
“El Frente Polisario aspira al mayor grado de autonomía posible, pero su margen de maniobra en las negociaciones parece limitado, en particular por el acercamiento marroquí-estadounidense”, resume la politóloga Khadija Mohsen Fannan, entrevistada por France 24 en árabe.
Por su parte, Washington parece decidido a avanzar rápidamente. Según varios medios, la firma de un acuerdo marco se contempla ya para la primavera. “El presidente Trump se ha implicado en este expediente desde su primer mandato”, afirma Massad Boulos, recordando que Estados Unidos reconoció en 2020 la soberanía de Rabat sobre el Sáhara Occidental a cambio del establecimiento de relaciones diplomáticas con Israel.
“El entusiasmo estadounidense por el Sahara Occidental sigue siendo bastante misterioso”, estima Riccardo Fabiani. “Una de las explicaciones tiene que ver con la explotación de los recursos mineros del territorio. La otra estaría relacionada con una competencia entre los enviados especiales de Trump para ofrecerle acuerdos y reforzar su imagen de hombre de paz”.
*Este artículo fue adaptado de su original en francés
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