Por: Andrés Murcia.
Quería combinar conocer historia, caminar y de paso descansar. Pensé en Puerto Rico gracias a diversas noticias que entraban o salían de la isla gracias a la música, desde la salsa hasta, por supuesto, el más reciente reggaetón.
El reto era simple. Alquilar un carro y recorrer lo más posible en seis días: El viejo San Juan tenía que hacerse una vez de día y otra de noche, las islas Culebra y Vieque eran infaltables, además de los pueblitos más reconocidos como Ponce, Vega Baja, Yaco, entre otros. La idea sería salir por el occidente y regresar por el oriente.

Datos importantes antes del detalle de la travesía: el vuelo ida y regreso desde Bogotá directo con Avianca ($1.350.000), el carro rentado con Álamo ($1.340.000, más peajes $90.000, gasolina $400.000), un hotel céntrico solo para descansar y que tuviera desayuno: en este caso Ciqala Suites ($1.700.000), y la mejor guía turística de la isla en https://www.discoverpuertorico.com/.
Mucha gente me decía que para conocer Puerto Rico haría falta cerca de 15 días, pero en este viaje comprobé que seis días bien planeados alcanzarían de sobra. Con un carro alquilado y una ruta lógica es posible pasar de fortalezas coloniales a playas casi vírgenes, selvas tropicales y pueblos llenos de color sin pasar el día entero metido en el tráfico. Aquí les cuento cómo lo hice, parada por parada.
Antes de empezar, recordarles que en Puerto Rico se rigen todas las reglas de Estados Unidos en cuanto al visado, migración, moneda, transportes, oferta comercial y empresarial, y la ley en general.
Día 1: el Viejo San Juan a pie y de noche
Empecé el viaje en el Castillo San Felipe del Morro, la fortaleza más conocida de la capital. Estar parado frente a esos muros gigantescos mirando al océano Atlántico impresiona a cualquiera, y el campo verde que lo rodea es perfecto para entender de golpe la historia de la ciudad.

Apenas bajando por el paseo que bordea las murallas encontré el Parque de los Gatos. Es un camino sombreado muy agradable donde viven decenas de gatos cuidados por voluntarios locales, ideal para caminar tranquilos junto al mar.
A la hora de almorzar paré en El Cafetín, un rincón clásico donde la comida sabe a casa. Pedir un plato criollo con arroz, habichuelas y un buen café colado fue justo lo que necesitaba para recargar energías.
Luego bajé a La Perla, el famoso barrio costero pegado a la muralla exterior, donde se grabó parte del conocido videclip de “Despacito”. Es un lugar con mucha identidad, casas pintadas de colores vivos frente a las olas y un ambiente de barrio auténtico que rompe con la solemnidad histórica del resto del casco viejo.
Para cerrar la primera noche fui a La Factoría, uno de los bares más conocidos del Caribe. No tiene letrero en la entrada y por dentro es un laberinto de salas con distintos ambientes, donde pasas de tomarte un cóctel de autor con calma a bailar salsa hasta tarde.

Día 2: mañana de remo y escape a Culebra
La mañana siguiente comenzó remando en kayak por la Laguna del Condado. Es curioso estar en el agua en calma rodeado de manglares mientras al fondo se ven los edificios modernos, y con suerte te cruzas con algún manatí nadando cerca.
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Al mediodía tomé el ferry hacia la isla de Culebra, y la llegada lo paga todo. El agua en Playa Flamenco tiene un tono turquesa tan claro que parece una piscina gigante, con arena blanca y un ambiente de desconexión absoluta para pasar la tarde nadando o haciendo esnórquel. Nosotros rentamos un Jeep y le dimos vuelta a todas las playas de la pequeña isla. Demasiado bellas y románticas.
Día 3: la noche mágica de Vieques y la selva de El Yunque
El tercer día lo dediqué a la vecina isla de Vieques, un lugar muy tranquilo donde todavía se ven caballos sueltos por los caminos. Lo mejor vino al caer la noche en Bahía Mosquito, donde el agua brilla con una luz azulada cada vez que mueves la mano gracias a los microorganismos marinos.
De vuelta a la isla grande fui directo a El Yunque, el bosque lluvioso del noreste. Caminar entre árboles gigantes, cascadas de agua fresca y el sonido constante de las ranitas coquí te cambia por completo el aire del viaje.
Día 4: el sur colonial, murales gigantes y acantilados
Bajando hacia el sur llegué a Ponce, una ciudad con un centro histórico muy elegante. Caminar por la Plaza Las Delicias y ver el Parque de Bombas, con sus maderas pintadas de rojo y negro brillante, muestra una cara muy diferente a la de San Juan.
Muy cerca de allí pasé por Yaucromatic, una iniciativa comunitaria en el pueblo de Yauco. Las casas y escaleras de los cerros están cubiertas de murales gigantes y coloridos que convirtieron un barrio común en un museo al aire libre que da gusto subir a pie.
Para el atardecer manejé hasta el faro de Cabo Rojo. Los acantilados caen directo al mar caribeño y la vista desde arriba, junto con las salinas de color rosado que quedan cerca, regala una de las mejores postales del viaje.

Día 5: las mejores playas del oeste
El quinto día amanecí en Buyé, una playa de aguas mansas y transparentes donde casi no hay olas. Es perfecta para pasar la mañana tirado bajo los árboles comiendo algo ligero y descansando sin prisas.
Más tarde fui al poblado de Boquerón, famoso por su malecón costero. Es el sitio ideal para pedir unas empanadillas, probar ostras frescas en los puestos de la calle y tomarse algo frío mientras suena música de fondo.
Terminé la tarde en Mayagüez, la principal ciudad del oeste. Di una vuelta por su plaza principal, probé el tradicional postre de brazo gitano y disfruté de su ambiente universitario y relajado.

Día 6: playas del norte y regreso a la capital
Para volver hacia San Juan subí por la costa norte y me detuve en Barceloneta. Su costa tiene un oleaje fuerte y playas de arena oscura muy particulares como La Boca, que muestran el lado más salvaje del Atlántico, ideal para surfistas.
La última parada antes de entregar el carro fue en Vega Baja, en la playa Puerto Nuevo. Una barrera natural de rocas frena las olas gigantes y forma una poza tranquila donde bañarse seguro, sin vendedores ambulantes, ruido, o molestias. Además, si se quiere, encontrar varios lugares donde el conejo malo Bad Bunny creció y se forjó como uno de los principales exponentes de la música urbana y del arte boricua.
Al final del día, tuvimos un cierre espectacular. Oasis Picnic nos ofreció una cena deliciosa al estilo puertorriqueño con alimentos y bebidas típicas en
la explanada del Castillo del Morro (nombrado así por la forma de cabeza de toro que tiene la fortificación. Esta experiencia es de lujo e innolvidable, muy recomendada para llevarse la mejor fotografía de San Juan.
Respecto a la comida, la oferta en Puerto Rico es bastante generosa y para todos los presupuestos: cadenas como McDonalds, Wendys, Taco Bell, entre muchas otras, y restaurantes, sobre todo en el viejo San Juan, de todas las latitudes: Europa, Asía, América, en fin. Esta isla es para todos los resupuestos, todas las edades y todas las necesidades de turismo.
Para un colombiano este recorrido puede estar entorno a los $4’000.000 (U$1.250) por persona en un viaje compartido de 4 personas, un precio razonable para recorrer todo un país, una cultura maravillosa, y compartir con gente bonita, amable y muy querida. Yo tengo que volver con mis amigos para presentarles este destino caribeño y pasar días increíbles de playa.

¿Dónde queda el puente de cristal y el letrero más grande de Colombia?
En Manizales, el nuevo puente de cristal del Bulevar de Chipre se roba todas las miradas. Una obra moderna que conecta arte, turismo y sostenibilidad, con vistas de 360° al Eje Cafetero. Diseñado con pisos transparentes y zonas culturales, este espacio marca un nuevo comienzo para la ciudad, impulsando su economía y atrayendo viajeros de todo el país. También, y a solo unas horas de Bogotá, otro rincón conquista a los turistas: el pueblo con el letrero más grande de Colombia, famoso por su imponente “Cascada del Amor” en Macanal (Boyacá).
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