“Sí, parte de la esencia de lo que hoy puede significar ser paisa lo simboliza Álvaro Uribe”, escribe esta columnista en el diario caleño, pero no para exaltar la figura de Uribe. “No en vano es su prototipo más conocido. El patriarca controlador, prepotente, homofóbico y seductor”.

Gloria H. remarca este aspecto para criticar a la “Antioquia excluyente”, esa que “prometió hacer una manifestación de apoyo al homofóbico uribista”, en referencia al hombre que arrió y apuñaló una bandera LGBTI.

“En redes se dice que Medellín es una ciudad de avanzada porque no ha sido manejada por la izquierda. Que, al contrario, Bogotá es un caos porque la izquierda se apoderó de sus gobiernos”, escribe, pero advierte: “El mundo en blanco y negro puede verse así: buenos y malos. […] Al cambiar los adjetivos por expresiones como incluyente y excluyente, se lee diferente. Y lo que empieza a surgir es el fantasma de la discriminación. Una Antioquia cerrada, conservadora, homofóbica, uribista y prepotente”.

Esta columnista remarca el aspecto de la discriminación porque percibe desde esa perspectiva como si “el prototipo de la idiosincrasia antioqueña [‘decididos, frenteros, capaces’] se estuviera desdibujando para quedar la esencia de un pueblo miedoso al cambio, a la apertura y a la inclusión. Un pueblo que mira para atrás, que anhela el mundo patriarcal, que ‘gasta’ en apariencia física (una ciudad bonita) pero con serísimas dificultades para aceptar lo diferente, lo novedoso, lo actual”.

Pero en el trasfondo de sus elucubraciones hay una comparación regional entre ese departamento y el suyo: “En el Valle hemos aprendido a convivir, por ejemplo, con razas diferentes, somos abiertos para los visitantes, la gente se siente ‘en casa’. […] Hoy […] me siento más orgullosa de ser vallecaucana, de pertenecer a una tierra donde, para empezar, las diferencias de raza, religión, sexo y creencias son aceptables. Nuestra pluralidad, a veces injustamente calificada, es nuestro plus. Así, las calles no estén al cien por ciento”.