Pero también señala en su columna que esa actitud de los hinchas nacionales de poner a repetir a dos mujeres japonesas palabras en español que resultaron ser insultantes deja al descubierto “una gran falencia social” que consiste en “basar el orgullo patrio en creernos mucho más de lo que somos, pues nuestra distorsión de valores ve ventajas en lo que en el mundo al derecho son falencias”.

Lo anterior lo explica Palacios en los siguientes casos: “Confundimos ilegalidad con recursividad o astucia: ‘colombiano no se vara’, o anarquía con libertad: ‘pa’ qué dio papaya’. Y entonces vamos por el mundo haciendo el oso, con actitud de ‘quítense, que llegué yo’. Esa falencia también tiene que ver con que entendemos la diferencia como una amenaza a la que hay que atacar –con matoneo o con armas–, pues hemos sido un país históricamente cerrado a la migración y con poco poder adquisitivo para viajar a conocer el mundo y nutrirnos de la riqueza de otras culturas”.

Lamenta, así mismo, que lo sucedido solo haya indignado a la mitad del país, “porque la realidad es que el video resulta chistoso para muchos, que, incluso, consideran ‘faltos de ambiente’, amargados o exagerados a quienes el hecho nos parece indignante”.

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“Las impertinencias de un puñado de nacionales no pueden definirnos como cultura”, reprocha, por su parte, El Heraldo, que en su editorial se refiere a los mismos hechos y evoca las palabras de Gabriel García Márquez en la presentación de la Misión de Educación, Ciencia y Desarrollo, hace 24 años.

El diario barranquillero recuerda que, entonces, Gabo advirtió que Colombia es una “patria densa e indescifrable donde lo inverosímil es la única medida de la realidad”. La insignia nacional “es la desmesura. En todo…”. Y uno de nuestros dones, la creatividad, al lado de “una astucia casi sobrenatural”. También “sentenció que los colombianos están en todas partes, sin más recursos que la temeridad, haciendo lo mejor o lo peor, pero nunca pasando inadvertidos”.

Los bochornosos casos de colombianos en Rusia son “manifestaciones de una ‘cultura del vivo’ que algunos historiadores han llegado a asociar con respuestas a un pasado de sometimientos, pero que rompen con el buen comportamiento que en todo tiempo y lugar debe ser inherente a la naturaleza del ciudadano”, agrega El Heraldo.

“Es como el cuento del vivo bobo que se ufana de transgredir las normas o se cree muy gracioso por hacer quedar mal al otro, pero al final termina sufriendo las consecuencias de sus actos”, recrimina El País, de Cali, y reclama que “el nombre de Colombia solo debería ser resaltado en el Mundial de Fútbol por las actuaciones de su Selección o por la alegría de su afición”.

Finalmente, recuerda que “el orgullo por un país y por los deportistas que lo representan también se demuestra con el respeto hacia los otros, con el acatamiento de las normas y ante todo con un buen comportamiento”.