Siempre he encontrado a alguien que me diga que lo que quiero hacer no se puede hacer.

Es más fácil no exponerse, es mejor quedarse callada; desde luego es más cómodo.

Me he pasado muchos años entendiendo cómo funciona el mundo.

Muchos más aprendiendo a entender que soy periodista y eso funciona como una condena porque las injusticias arden y no me las callo.

Creer en la buena fe, en el amor y en el corazón de las personas ha sido mi aprendizaje. En el poder del grupo sobre el individuo, de la inteligencia colectiva, del valor de lo femenino entendido como un poder con capacidad para crear, luchar implacablemente en contra de lo injusto. Curiosamente tengo más diferencias con mujeres indolentes que con hombres. Algunos dicen que eso tiene el nombre de envidia, pero no le gasto energía a eso.

El mundo de las que no tenemos miedo es más complicado. Y nos reconocemos.

Sé que la libertad tiene un precio. Y que ir en contra de las injusticias es ir en contra de unos cuantos.

El dinero como objetivo número uno en la vida me resulta vacío. Pero sé que sin dinero no se puede vivir, e invito a todas las mujeres que están sin trabajo a que se pongan a producir porque ese es el primer renglón de la supervivencia y de la autonomía. Una mujer que no produce me resulta difícil de entender porque sé que está desaprovechando sus talentos por vivir de alguien, y eso no es desarrollo sino atraso.

Por naturaleza soy optimista, creo que esto es un pecado para una periodista porque creo que el mundo puede cambiar. Llámenme ilusa.

Creo que se puede detener el cambio climático, que se puede respetar la vida por encima de la muerte, que la paz quedará viva por encima de la intolerancia más feroz. Que se pueden hacer las cosas de otra forma. Que las mujeres tienen la capacidad de darle la vuelta a la indolencia. Que las nuevas generaciones necesitan una educación distinta y espíritu crítico, aparte de que ya manifiestan nuevas formas de amar y de entenderse con el mundo a través de la tecnología.

También sé que seguirán ocurriendo atrocidades, que me seguiré encontrando con frases como esto no se puede hacer, por qué vas a ayudar a una persona así, para qué haces algo como orientar a los demás y ayudarla cuando eso ya no se lleva, para qué trabajar por los demás, para qué preocuparte por  ellos.

Los mayores egoístas son las personas que me han enseñado a no serlo.

Los que sólo se reconocen dentro de los suyos y no hacen un esfuerzo por ver el mundo desde otra posición. Los que no se juntan sino con los que son iguales que ellos, defendiendo una vida racista, clasista y machista. Tres enfermedades contra las que lucho.

Primero yo, segundo yo y tercero yo es la fórmula del sálvese quien pueda y los demás que se jodan.

Sin oportunidades para los que vienen después. Sin posibilidades de evolucionar, cómplices de las injusticias y de la corrupción del poder. Pero llega un día en el que está claro que nuestras necesidades están cubiertas y que el alma vino para ser compartida.

Si va a hacer algo por los demás, deje de pensar cuándo arrancará ¡Hágale!

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