La semana pasada fui al centro de podología y me atendió un médico venezolano que está dedicado a hacer masajes terapéuticos de pies para cotizar al sistema de salud colombiano y poder traer a su familia, uno de cuyos hijos sufre de una enfermedad de esas crónicas cuyo medicamento es imposible de conseguir en Venezuela; me ha atendido también en mi cita de podología un compositor de música que espera hacer un pequeño capital para poder traer a su familia de Venezuela, mientras logra encontrar un camino en Colombia en aquello que le apasiona: la música, la composición y el canto.

El año pasado debí hacer unos arreglos en mi apartamento, y la persona designada por la empresa que contraté fue un contador venezolano, empleado como pintor de brocha gorda en tanto se labra un futuro en Colombia en algo relacionado con su carrera.

En el último año, en los meses que he ido al salón de belleza que queda próximo a mi oficina, siempre encuentro algún venezolano/a que ha llegado a la ciudad – celebro que la dueña del lugar le esté dando opciones a las personas del vecino país-, que está dedicado al tema estético mientras consigue un empleo formal relacionado con la carrera profesional o técnica que estudió en su país natal.

Y me pongo en los zapatos de cada uno de esos venezolanos/as que, en muchos casos, por carecer de recursos suficientes, e información privilegiada (que les hubiera permitido hacer una migración digna hace mucho tiempo), están migrando tardía y forzadamente, en condiciones de pobreza extrema, sin información, perdidos, con la sola esperanza de un mejor futuro en alguno de los países que se han dignado recibirlos.

Y se me sigue encogiendo el corazón cuando el patrocinio al Venezuela Live AID en el primer trimestre de 2019 fue satanizado con el consabido argumento egoísta de que primero debíamos ayudar a los colombianos que lo necesitan antes que a los venezolanos; o cuando hace unos días leí el artículo de Claudia Palacios (“Dejen de parir”) en el que indebidamente encontró como excusa a “los venezolanos” para argumentar algo que debió haber escrito como tesis general: Nadie – venezolano o no- debería dar a luz un hijo sin asumir su consecuente responsabilidad social pues existen derechos humanos pero también deberes humanos, en donde lo colectivo siempre debe primar sobre lo individual.

Me indigna cuando encuentro personas cercanas con comentarios mixofóbicos, xenófobos o aporófobos (o todos al tiempo) … porque uno nunca sabe: el migrante del día de mañana puede ser cada uno de nosotros. Porque nadie tiene el futuro asegurado, y menos el de un país.  Y es allí cuando me pregunto: ¿A qué le tenemos miedo como sociedad? ¿Al extranjero o a su pobreza? ¿Por qué percibimos a ese “extraño necesitado” como una amenaza? ¿Es una construcción social o es un sentimiento con el que nacemos todos los seres humanos?

La palabra mixofobia, fue acuñada por el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, en su recomendado libro “Confianza y temor en la ciudad” (Arcadia, 2006), publicado originalmente en 2005 en Italia, constituido por 3 magníficos ensayos.  La mixofobia se trata del miedo a mezclarse con alguien diferente. A lo largo de la historia nos han inculcado un arquetipo, una obsesión por la seguridad, seguridad ésta que puede verse afectada por la llegada de un intruso, que genera una sensación de peligro: se trata de grupos peligrosos y gente superflua. Se trata de la confianza afectada. Pero ojo…. que no le tememos a los carros alemanes, a la moda francesa o italiana, a los relojes suizos o a los banqueros ingleses. El peligro está en los inmigrantes sin recursos, que a menudo acaban incorporándose a los desclasados: no pertenecen a ninguna clase y por ende son inasimilables socialmente. Sobran, son superfluos, y por ello mismo, urbanísticamente son agrupados en guetos y aislados a través de murallas, barreras que pretenden salvaguardar esa seguridad. En este contexto social, pues, la preocupación por la integración de los extranjeros en la sociedad deja de ser prioritaria para dar paso al control de la inmigración, como herramienta de seguridad.

La palabra aporofobia, según la página del Instituto Cervantes, es un neologismo formado por composición culta: del prefijo griego άπορος, ‘pobre, sin recursos’, y del sufijo del latín científico -phobia, y este del griego -φοβία, aversión, rechazo. Conlleva un sentimiento de rechazo al pobre, al desamparado, al “sinsalidas”, al que carece de medios o de recursos. Se trata de un termino acuñado por la filósofa española Adela Cortina y detallado en su libro “Aporofobia: El rechazo al pobre: Un desafío para la sociedad democrática”  (Paidós 2017) y aceptado por la Real Academia de la Lengua desde 2017.

Por último, la xenofobia, según la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU), supone “todo tipo de distinción, exclusión, restricción o preferencia basada en motivos de raza, color, linaje u origen nacional o étnico que tenga por objeto o por resultado anular o menoscabar el reconocimiento, goce o ejercicio, en condiciones de igualdad, de los derechos humanos y libertades fundamentales en las esferas política, económica, social, cultural o en cualquier otra esfera de la vida pública”.

En las 3 patologías, dicen los expertos, los grados van desde la indiferencia, falta de empatía y el rechazo manifiesto, hasta el desprecio, las amenazas y las agresiones físicas y asesinatos. Y es por ello que, muchas de estas conductas en varios países del mundo, son tipificadas como delitos de carácter penal, vía descripción de delitos de discriminación. La aporofobia sin embargo no aparece como delito en Colombia pues los artículos 134A y B de nuestro Código Penal solo traen como determinantes del delito de racismo y de hostigamiento la raza, nacionalidad, sexo u orientación sexual, la etnia, religión, nacionalidad, y la ideología política o filosófica. Nótese que no está “la pobreza” y como vimos no es lo mismo el racismo u hostigamiento por razón de la nacionalidad (venezolana) que por el hecho de ser “venezolano pobre”. Porque a los venezolanos “ricos” generalmente no se les hostiga….

Según ACNUR (dato de Noviembre de 2018), los países de América Latina y el Caribe albergan a aproximadamente 2,4 millones de personas refugiadas y migrantes de Venezuela, mientras que otras regiones albergan a los restantes 600.000. Y al parecer mas de 1,5 millones de venezolanos están en Colombia.

He tratado de entender cuál de las 3 fobias es la que el colectivo colombiano en particular, y latinoamericano en general, siente hacia los venezolanos y francamente creo que coexisten las 3 patologías. Patologías que nos llevarán a gestar algún tipo de sentimiento como el que observamos en la distópica película de terror “The Purge” (2013, James de Marco): o contenemos nuestra ira, rabia, odio, desprecio, o nos van a tener que dar un día al año para dejarla salir descontroladamente, so pena de que lo hagamos todos los días.

La solución dada por Bauman para combatir la mixofobia es la “mixofilia”: fomentar este enriquecedor intercambio en las ciudades y, por lo tanto, y entre otros, recuperar a nivel urbano los espacios públicos de convivencia: la sociedad de la acogida. La mixofilia trae consigo la alegría de sentirse en un entorno distinto y estimulante.

La solución dada desde la psicología social de última generación sugiere el cultivo de la “compasión”, eliminando la connotación negativa de menosprecio al que sufre. Según el psicoterapeuta español García Higuera, se trata mas bien de un concepto que conjuga 3 componentes: Un componente emocional y en este sentido la compasión es una emoción que surge ante la percepción del sufrimiento ajeno (estímulo) y nos provoca un impulso dirigido a paliar el sufrimiento que percibimos. Un componente conductual que incluye el compromiso y la decisión de realizar acciones dirigidas a eliminar el sufrimiento. Y un componente cognitivo que incluye varias facetas: La atención al sufrimiento ajeno, la evaluación de ese sufrimiento, la evaluación de nuestras capacidades concretas para intervenir eficazmente y poder paliarlo en ese momento.

No sé exactamente – ojalá lo supiera- qué debemos hacer como comunidad laboral, social, familiar, para erradicar estas fobias. Tal vez ese ir mas allá de la compasión, ese “ponerse en los zapatos del otro/a”, el imaginar que el migrante excluido – como género- podría ser uno/a mismo/a o un/a hijo o un padre, o un esposo/a, podría ablandar los callos que se han formado en nuestro corazón y cerebro, y ser el principio del renacimiento de lo básico: la solidaridad como pilar fundamental de una sociedad.

Es la “empatía práctica” de la que nos hablan en “Inteligencia Emocional”. Es tener la capacidad de percibir e interpretar lo que otro ser humano puede sentir o pensar, e implica no sólo el entendimiento de lo que el otro siente, sino la respuesta efectiva y práctica a dichos sentimientos: ser capaz de crear soluciones individuales o colectivas, gestionarlas, ejecutarlas y evaluarlas.

Por lo pronto, pondré mi granito de arena con cada venezolano que encuentre en mi camino, en un acto de discriminación positiva, de esos que se necesitan cuando algún grupo humano minoritarios esté sufriendo discriminación y cuyo principal objetivo será buscar el equilibrio de sus condiciones de vida con las del general de la población colombiana.

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*Las opiniones expresadas en este texto son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan para nada la posición editorial de Pulzo.

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