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Duzán lamenta en su columna de Semana la “insistencia con que el presidente y su gabinete nos incitan en sus pronunciamientos oficiales a que nos consagremos a la Virgen de Chiquinquirá, al Sagrado Corazón y a la Virgen de Fátima para que nos vaya bien en esta pandemia”.

Y señala a Duque de ser “quien más ha impulsado esa fórmula religiosa como vía para salir de esta encrucijada”. Recuerda que Varias veces Duque ha utilizado sus presentaciones diarias de televisión para “predicar su devoción por la Virgen de Chiquinquirá y para convencernos de que si nos consagramos a ella, ‘nuestras familias saldrán de la cuarentena más orgullosas y fortalecidas que nunca’”.

De hecho, este viernes, por ejemplo, el mandatario comenzó su intervención en el programa institucional que tiene todos los días así: “Colombianos, muy buenas tardes. Una vez más los saludo desde la sala del Consejo de Ministros en la Casa de Nariño, la sala de todos los colombianos. Y una vez más les damos la bienvenida a este espacio de las seis de la tarde dándole gracias a Dios y pidiéndole siempre por nuestro país”.

La columnista considera que “lo más probable es que de la cuarentena salgamos más quebrados, más fregados y, en muchos casos, con un serio aumento de la violencia intrafamiliar, especialmente contra las mujeres”, y pregunta “¿cuáles son las políticas con que nos va a sorprender el presidente Duque para mitigar estos problemas? ¿La de consagrarnos al Sagrado Corazón?”.

Aunque la Constitución, en su preámbulo, establece que el pueblo de Colombia “en ejercicio de su poder soberano” invoca el poder de Dios y decreta, sanciona y promulga nuestra Carta Magna, manda en su Artículo 19 que se garantiza la libertad de cultos, y que toda persona tiene derecho a profesar libremente su religión y a difundirla en forma individual o colectiva.

Con todo, Duzán insiste en que el colombiano es un Estado laico —que no tiene religión oficial y por tanto sus decisiones o sus políticas públicas no deben estar mediadas por parámetros religiosos—, y que “sorprende ver a un presidente predicando la urgencia de recurrir a la religión que él profesa y a la Virgen de la cual él es devoto como prerrequisito para salir bien de esta pandemia. Yo, respetuosamente, discrepo de esa mirada tan propia de Estados religiosos. Prefiero oír a los presidentes hablando como sujetos políticos y no como predicadores”.

Lorena Lemus, antropóloga de la Universidad Nacional y magíster en esa misma área de la Universidad de los Andes, había sostenido en Señal Colombia (en un contexto diferente al del tema que plantea Duzán en su columna) que, aunque en el papel Colombia es un Estado laico, “el país no cumple del todo con dicha premisa”.

El autor del artículo que recoge la opinión de Lemus, David Jáuregui Sarmiento, también sostiene (asimismo en otro contexto distinto al de la idea de Duzán, pero que bien se puede tener en cuenta para el debate que abre la columnista) que “la fuerza mayoritaria del cristianismo bloquea la buena intención consignada en la carta de 1991”.

“Eso de tratar de imponer la religión a través de resoluciones y al amparo de una ministra que cree que su ministerio es la máxima autoridad de la política religiosa del país, es no solo inconstitucional sino inaudito”, termina Duzán.