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El Mundial de Fútbol representa el máximo sueño para cualquier jugador, una meta donde confluyen la gloria personal y el orgullo nacional. En la víspera del torneo de 2026 que se celebrará en Norteamérica, surge un matiz especial para Colombia: varios futbolistas de origen colombiano podrían disputar la cita global, pero no bajo la bandera tricolor, sino defendiendo a los países anfitriones. Este fenómeno revela los matices de la migración, la identidad y las oportunidades que definen al fútbol moderno. Según El Colombiano, figuras como Julián Quiñones (México), Jesús Ferreira (Estados Unidos) y Jonathan Osorio (Canadá) encarnan este fenómeno de raíces compartidas y caminos divergentes.
Julián Quiñones, por ejemplo, tuvo su génesis en el Pacífico colombiano, en Magüí Payán, formándose entre canchas de tierra y partidos improvisados. Según César Valencia, su descubridor en el club Futbol Paz, el hecho de jugar descalzo le permitió fortalecer su cuerpo y su técnica, una renta invisible que hoy lo distingue como delantero en la liga mexicana. Apodado “Pantera”, Quiñones puede hoy representar a México en el próximo Mundial, un espejo para todo su pueblo que lo ve como logro propio.
Jesús Ferreira, nacido en Santa Marta e hijo del exseleccionado David Ferreira, simboliza la transformación de identidad a través de la migración. Tras radicarse en Estados Unidos, desarrolló su carrera en el FC Dallas y eligió vestir la camiseta estadounidense, dejando claro el dilema de quienes crecen entre dos culturas. Como expresa Ferreira, “de sangre soy colombiano y de corazón americano”, una frase que da cuenta de las emociones y razones detrás de estas decisiones.
Por su parte, Jonathan Osorio, hijo de migrantes colombianos en Canadá, se volvió leyenda local del Toronto FC, sin necesidad de emigrar a Europa. Precisamente, El Colombiano destaca su rol de referente silencioso y símbolo en el resurgir del fútbol canadiense, que será anfitrión y competirá en el Grupo B del Mundial 2026 con Osorio como pilar.
Estas historias, profundas y singulares, trascienden lo individual y reflejan una tendencia creciente: la identidad futbolística se convierte en una construcción compleja, marcada por procesos formativos, oportunidades de desarrollo y las circunstancias de cada país. Como lo muestran también los casos de Carlos Llamosa, Alejandro Bedoya o Johan Vonlanthen, la migración y los contextos familiares y deportivos han posibilitado que el talento colombiano brille a nivel global, aunque no siempre para la selección nacional.
El examen retrospectivo revela, sin embargo, que esta dinámica no es exclusiva. Antiguamente, futbolistas extranjeros reforzaron a Colombia: los arqueros argentinos Luis Gerónimo López y Raúl Ramón Navarro, o el uruguayo Nelson Silva Pacheco, fueron parte de la máxima selección cuando el balompié local aún buscaba consolidación internacional. Resulta claro entonces que la relación entre nacionalidad y representación deportiva siempre ha sido flexible, y que hoy Colombia exporta talento pero también debe preguntarse por los factores que enriquecen a otros países con jugadores formados en su entorno.
En el contexto global, los casos de Dejan Stanković —quien representó a Yugoslavia, Serbia y Montenegro, y Serbia—, Vladimir Piatnitski, Ladislao Kubala, Alfredo Di Stéfano y Ferenc Puskás ejemplifican cómo la identidad en el fútbol puede fluctuar con la historia y las oportunidades. La regulación de la FIFA, que estipula la entrega definitiva de nóminas (hasta 26 jugadores el 30 de mayo y prelista entre 30 y 55 el 11 de mayo), subraya que, más allá de la selección, es el terreno de juego el verdadero juez del talento, independientemente del pasaporte.
¿Por qué los futbolistas pueden representar a más de una selección nacional?
La presencia de jugadores que han defendido más de una camiseta en el fútbol internacional obedece, principalmente, a cambios en las normativas de elegibilidad y a situaciones históricas particulares. Como evidenció El Colombiano, casos como el de Dejan Stanković —que jugó con tres selecciones diferentes debido a la transformación política de su país— ilustran que la FIFA ha ido adaptando sus reglas ante el contexto cambiante de fronteras y nacionalidades. Otras circunstancias, como la migración de familias y la formación deportiva en el extranjero, han abierto la puerta a que jugadores de doble nacionalidad opten por la selección que mejor se ajuste a sus oportunidades o a su sentido de pertenencia.
La relevancia de esta cuestión radica en que, en el fútbol globalizado, las decisiones de los futbolistas sobre qué país representar reflejan tanto realidades personales como las estrategias de los países para fortalecer sus selecciones. Este fenómeno plantea interrogantes sobre el arraigo, la pertenencia y el desarrollo del talento, y obliga a repensar las políticas nacionales en materia de formación y retención de deportistas.
* Este artículo fue curado con apoyo de inteligencia artificial.
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