Ante la pandemia que vivimos hoy, nos vimos obligados a hacer una videollamada por Zoom. Desafortunadamente, las frecuentes fallas de conexión a Internet le impidieron a Federico Ríos encender su cámara. Su acento paisa me hacía sentir cierta cercanía, la frescura al hablar reflejaba su seguridad y, sin embargo, el tiempo que tomaba para responder algunas preguntas me hizo cuestionar si no me daba a entender o si le incomodaba lo que le preguntaba.

“Tengo un muro gigante de autocensura, y así como la gente no sabe, a mí no me interesa que sepan cuáles son mis hobbies, que sepan si tengo familia o si estoy casado, o si me divorcié, o si tengo hijos, o cual es mi orientación sexual. Sobre todo, es un tema de seguridad, entenderás que a mí me ha amenazado el gobierno, me sigue el ejército, me persiguen y me joden la vida”. Y entonces, entendí que estaba hablando con un héroe que no se quita su máscara por temor a que no lo dejen seguir luchando por la humanidad.   

Federico nació y creció en Manizales, una ciudad rica en cultura y café, conocida como ‘La ciudad de las puertas abiertas’, por recibir a personas locales y extranjeras con la mejor energía. Con el fin de buscar más oportunidades, decidió dejar la ciudad que huele a café para marcharse a la capital del país. Bogotá, la nevera para muchos, fue el primer destino que marcaría una vida de mudanzas. “Podría decir que me veo como un caminante”, me dice.

Luego de trabajar un tiempo en la capital, se mudó a Medellín, volvió a Bogotá y se fue para Brasil. Tiene muy presente un viaje que hizo al Amazonas cuando era muy niño, asegura que regresó a su casa con fotos de un lugar que era misterioso para él y que, aún hoy, sigue siendo desconocido e indescifrable para muchos. Y entonces, cuando volvió a Colombia y a Medellín, entendió que las fotos podrían ser un puente para acercar a las personas a lugares a los que no tienen acceso, fue entonces cuando comenzó su pasión por la fotografía.

En sus fotos se le ven los ojos llenos de historias, sus crespos definidos, su piel blanca con algunas pecas en sus mejillas y un alma de bohemio por tener un filtro en blanco y negro. Para ser más clara, su retrato representa los rostros de todas las víctimas que pasaron frente a sus ojos. 

A los 18 años, Federico comenzó a exponer su trabajo fotográfico. “Yo empecé a exponer fotos antes de hacer fotoperiodismo, porque hacía fotografía experimental”, aseguró. Empezó a trabajar en el Festival de Teatro de Manizales como fotógrafo. En ese momento, la directora del Festival era Adriana Villegas, ella fue la persona que lo ayudó a entrar en el mundo profesional de la fotografía. No obstante, no fue la única que lo impulsaría a mejorar día a día en su carrera. “A medida que uno va creciendo, en el camino, siempre se va encontrando con personas que son puentes, que ayudan, que conectan, que empujan”. 

Hacia 2003, cuando Federico estudiaba Comunicación Social y Periodismo en la Universidad de Manizales, conoció a Santiago Escobar Jaramillo, un estudiante de arquitectura con quien compartió su trabajo en Juan Sebastián Bar, un lugar rústico conocido como el ‘Templo del jazz y la salsa’.  Entre las personas que lo han motivado a continuar está Santiago, un amigo de verdad. “Para mí, los verdaderos amigos, los verdaderos mentores, no son los que solo te dan palmaditas en la espalda sino los que te enseñan qué cosas se pueden mejorar”, me dice Federico. “Cuando dos personas como yo, llevadas de su parecer, se encuentran, a veces chocan. Pero es un choque desde la intelectualidad y desde el trabajo, más no desde la amistad”, me dice Santiago Escobar. Hoy en día, Federico presenta a Santiago como su editor, como un gran fotógrafo y como su mejor amigo. 

Un mundo en caos

El fotógrafo de The New York Times ha sido testigo de la miseria y la injusticia en que viven muchas personas de América Latina. Federico ha estado en Haití, Brasil, Bolivia, Venezuela, Cuba, Colombia y El Salvador. Entender que somos números para el Estado mientras nos venden basura comercial es imperdonable para él. “A donde vas encuentras eso: gente jodida, atropellada, empobrecida, robada, gente a la que el Estado no les funciona como Estado sino más bien como enemigo”. Su indignación es evidente en el tono de su voz, los sonidos que emite antes de hablar capturan el dolor oculto detrás de cada palabra que sale llena de impotencia. “¡Maldita sea! ¿En qué mala hora se nos convirtió el Estado en enemigo?”, pregunta abiertamente.

Cada lágrima de una víctima es una gota de indignación que rebosa el vaso que ha llevado consigo Federico durante 12 años. La humanidad se encuentra sumergida en una sociedad inhumana. La risa de un político representa el hambre de miles de niños. Mientras se piensa en las ciudades se olvidan de las periferias. Y lastimosamente, los medios de comunicación ocultan esa cara, la otra cara de Colombia. “Fotografiar la gente que sufre es horrible, siempre es una dificultad”, me asegura cuando me cuenta lo difícil que es para él registrar historias como la de los venezolanos que huyen de su país, mientras otros caminan por el nuestro para volver a él. Ver a las personas marginadas, indignadas y abandonadas buscando un mejor lugar para sobrevivir. 

Para ejemplificar mejor su trabajo, tomaré de referencia una foto de Federico para el periódico The New York Times. El escenario es de un grupo de mujeres que lloran la muerte de sus hijos causadas por los enfrentamientos entre manifestantes y el ejército boliviano. La escena es dolorosa, en un día soleado con un cielo azul, mujeres con banderas en sus manos no encuentran la paz en la tierra. Las tumbas frente a ellas incrementan su sufrimiento y su sentimiento de venganza, sin embargo, no hay nada que puedan hacer. Es en esos momentos cuando el fotoperiodista tiene un duelo interno. “Ahí, en ese momento, me debato si levantar la cámara y apuntar a un rostro desfigurado de dolor”. 

“Eso te toca. ¡Esto es una mierda! ¡El mundo es una mierda! Y uno no quisiera que esas cosas pasaran”, me dice con la voz entre cortada. Hablar de un momento en especial para él, en su carrera, es absurdo, ya que para sus ojos ningún conflicto es menos desastroso que otro y ninguna víctima es menos importante que otra.   

Sin descanso

En el año 2010, Federico comenzó su travesía con las Farc. Desde el comienzo, quiso capturar con su lente la versión no contada, ya que asegura que vivimos en un país “del que no nos hemos enterado”. Durante años, en cada reunión de amigos y familia, el hablar de guerrilleros a donde quiera que iba, habían creado en él un enigma por saber lo que había detrás de estas personas. Recuerda un día cuando iba con su padre y dos hombres los detuvieron por la carretera de los llanos. Cuando se acercaron a ellos, los jóvenes de uniforme verde dejaron sus armas a un lado y les pidieron ayuda, ya que se habían varado. Esto intrigó tanto a Federico que fue el detonante para decidir desde pequeño que algún día se adentraría en los espesos bosques y daría un salto de fe, para mostrar la parte humana de las Farc. Hoy en día, Federico trabaja junto a su gran amigo Santiago Escobar en un libro que será publicado en los próximos meses. “Estamos trabajando en un libro de los últimos días de las Farc. Ya vamos por lo menos dos años en eso”, me explicó Santiago. “Lo que más admiro es su tenacidad, su capacidad, su visión. Creo que es un líder de por sí y pocas personas son líderes”, agregó. 

Hasta el momento, Federico Ríos ha recolectado algunos premios. Entre ellos están, galardón Eddie Adams Taller XXVII en Nueva York (2014), el primer premio Serie de noticias POY Latam (2017), el Premio del Jurado en Days Japan (2017), Portfolio Review New York Times (2017) y el Premio Hansel-Mieth Preiss en Alemania (2019). Además, es reconocido como uno de los mejores fotógrafos en el mundo, según la revista National Geographic. Su trabajo ha sido publicado en medios como The New York Times, Stern, Parismatch, El País, Times Magazine, Folha de Sao Paulo, entre otros.

El futuro del periodismo pende de un hilo. La ética profesional está en juego y son pocos los que se atreven a mantenerla. “Hay muchos caminos, hay muchas formas de hacer fotoperiodismo hoy, pero la clave es salir”, y agrega, “Pónganse las botas y vayan. No se queden esperando en un escritorio a que alguien vaya y los busque”. Es el mensaje que da Federico Ríos a los jóvenes que están formándose para ser voceros responsables.

Federico ha pasado por condiciones climáticas muy variadas y por momentos donde es complicado mantener la cordura. “Me atiendo porque expongo mi cerebro, mi cabeza y mi humanidad a presiones excesivas por encima de lo que cualquier ser humano soportaría”, asegura. Es admirable ver que su pasión sigue intacta y que su horizonte es muy claro.  “Para mí es fundamental considerar que mi trabajo es importante. Y continúo porque cada día encuentro una historia que contar y una audiencia con la que quiero comunicar. Y en esa dinámica, es en donde encuentro el empuje para seguir trabajando”.

Autora: Valentina Gutiérrez Pulido

*Estas notas hacen parte de un acuerdo entre Pulzo y la Universidad de la Sabana para publicar los mejores contenidos de la facultad de Comunicación Social y Periodismo. La responsabilidad de los contenidos aquí publicados es exclusivamente de la Universidad de la Sabana.