Se trata de ‘En torno al frenesí’ (Seix Barral, 2020), de la inigualable Fanny Buitrago.

De Fanny Buitrago (Barranquilla, 1943), podemos decir que se trata de una verdadera rebelde de la literatura colombiana. Sus novelas son realmente apasionantes, sobre todo la primera y la última. En una entrevista nos cuenta varios episodios claves de su vida. A los 18 años ya estaba publicando su ópera prima, El hostigante verano de los dioses (1963), para continuar con Cola de zorro (1970), Los pañamanes (1979), Los amores de Afrodita: cuatro cuentos y una novela breve (1983), Señora de la Miel (1993), entre otras obras encantadoras, e injustamente poco conocidas. 

Nos cuenta Fanny que, cuando a uno de sus nietos le prohibieron en el colegio leer un libro suyo Bahía sonora. Relatos de la isla (1975), ella sencillamente le dijo que le escribiría un libro que si pudiera leer…y ese fue el comienzo de su escritura de literatura infantil. La última novela de Fanny, la ya nombrada “En torno al frenesí” cuenta la increíble historia de Erasmo Sales, uno de esos hombres que la literatura debiera convertir en un mito, por la fuerza de su personaje. Él es el frenesí: Se trata de un hombre valeroso, un cruzado de la responsabilidad social; “Es otro valeroso hombre de las cruzadas aficionado a rescatar a doncellas violadas, que se parapeta tras una organización destinada a salvar el mundo”. En los términos de negocio actuales diríamos que se trata de un líder de la sostenibilidad planetaria. 

Erasmo es un urbanista experto en paisajes, director de una prestigiosa fundación internacional dedicada a la protección del medio ambiente cuyo “credo principal era el sencillo precepto de nuestros antepasados, que el agua es propiedad de todos, y por lo tanto no se cobra ni tiene precio. Credo que redactaba una y otra vez, a partir de la frase “El agua es tuya y mía”. Un ambientalista soñador que pretendió “evitar la construcción de represas y grandes acueductos que mataran las fuentes, hasta la necesidad de incrementar el trazado de reservas subterráneas y canales y acueductos en todos los barrios y comunas. E implantar como ley en cada propiedad y construcción, sin importar su destinación, franjas obligatorias de arborización y jardinería ambiental, nudos de árboles y extensiones de Céspedes…” Todo un personaje. Pero Erasmo también es un huracán, con todo lo que ello conlleva, un ejemplar que “necesita sentirse vivo a cada instante, temblar su atractivo y masculinidad. Ante todo jugar al hombre saludable, y a ¿quién descubrió América?” y necesita tragarse vivo todo lo que toca.

La narradora en primera persona, una de “sus mujeres”, nos habla de su desastrosa vida personal. Inicialmente nos hace creer que en la vida de Erasmo solo existieron cuatro mujeres: su esposa Maya Barrera – que además fue su hermana adoptiva, Dinah Lake, una especie de fastidiosa segunda esposa sin serlo, su madre Emilia – una figura esencial en la vida de Erasmo – casi siempre sucede lo mismo con esta serie de personajes masculinos potentes- y ella misma, la narradora-personaje que fue su asistente personal y cómplice con la debida distancia. Pero en el libro nos encontramos con otras mujeres fascinantes como sus amantes; Celín – con su particular y brillante toque – con la viuda de flores de la hacienda Quirama, y con la japonesa Kumoi Akashi.

La novela está escrita en clave de género, entendida esta como los mecanismos que permiten identificar, cuestionar y valorar la discriminación, desigualdad y exclusión de las mujeres en la sociedad, sin ser explícita al respecto. El/la lector/a llegará a sus propias conclusiones de forma sutil y amena y en varios casos, hasta divertida. Porque la novela tiene eso: hay episodios absurdamente verosímiles que hacen reír hasta el alma – el episodio de la mosca que incuba sus huevos en las fosas nasales de uno de los personajes es inolvidable – alma que, al percatarse de lo real que puede llegar a ser la situación, llama a la conciencia a tocar tierra y a seguir adelante en la lectura … porque el final es como un imán… quieres llegar a él como sea…

La descripción que hace Fanny del ambiente, entorno, olores, sensaciones, de las ciudades de Bogotá, Medellín y Estocolmo, nos transporta de inmediato a cada calle, a cada rincón, a cada habitante. Es como si camináramos a su lado por cada uno de esos sitios, casas, pasajes, mascando intensamente cada bocado de ciudad. Hasta la inseguridad se siente en vivo y en directo: hay un crudo episodio en una casa del barrio La Candelaria en Bogotá en el que uno siente en carne propia la violencia. La descripción de Medellín es aterradoramente hermosa, en clima, primavera y violencia. Podría decirse que es una novela que, además de tener por protagonistas a Erasmo y sus mujeres, tiene también de protagonistas a los parajes en los que se desarrolla, incluida la hacienda Quirama en Antioquia, de breve pero resonante aparición.

La casualidad quiso que, en la misma semana, también leyera los perfiles que hiciera la gran periodista argentina Leila Guerriero de Dolly Mühler – esposa del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, y de Idea Vilariño – quizás la mejor poeta uruguaya de todos los tiempos, amante del mismo Onetti. Y así volví a rememorar a un Onetti mujeriego, egoísta, machista como él solo, exigiéndoles a sus múltiples mujeres servirle hasta lo más recóndito de su sexo y de su dignidad, y protegerle hasta su muerte. Todo ello sin olvidar el universo literario por él creado – el poblado de Santa María – y su prosa excelsa. Una difícil dicotomía moral del lector entre el escritor y el hombre. 

Adicionalmente, volví a recordar por estos días, a Pablo Neruda en el acto de abandonar, por su enfermedad incurable, a su única hija Malva Marina y a su esposa de entonces, dejándolas a su propia y miserable suerte. Y la pregunta inevitable reverbera en mi cerebro de la mano de Erasmo Sales: ¿Se puede desligar al genio, al artista, al líder encomiable, de su comportamiento íntimo y personal? ¿No desligarlo implica juzgar su obra desde la arista incompleta de un deplorable miembro de familia? ¿Qué tan habilitados estamos para juzgar a otro ser humano, cuyas inconmensurables razones no conoceremos jamás, pero cuyos daños colaterales en el entorno más cercano, dejan profundas cicatrices? Y claro, la respuesta no la tengo.

A los editores de Fanny, una vital mujer de 78 años, solo agradecimientos por recuperar a una mujer invaluable en las letras colombianas. A Santiago Diaz Benavides por haber encontrado los manuscritos de esta novela en un cajón de la torre de Editorial Planeta en Bogotá, a Juan David Correa por haber creído en ella y en la potencia de sus letras. Porque es una voz absolutamente necesaria en la literatura contemporánea latinoamericana, una de esas voces acalladas por el famoso “Boom” de hombres en el que no encontraron lugar mujeres tan maravillosas como Marvel Moreno y Fanny Buitrago. ¡Ave Fanny!

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