Ayer caminaba por la Zona T en Bogotá y me dio pena ver una soledad que parecía propia de un periodo de guerra. Estamos en un tiempo digital donde amamos y odiamos a personas a las que jamás tocaremos. Hacemos compras sin movernos de casa, y el computador se convierte en la multitud abrumadora de los antiguos mercados. Y reconozco que todo eso me parece triste, pues nos hace menos humanos.

No voy a negar que me maravillo del poder de las redes sociales, utilizo muchas de ellas, pero son un arma para fomentar el odio que no hubiera ideado ni el mismo diablo. Me dan nauseas algunas mañanas abrir Twitter, sobre todo en Colombia donde los dos extremos se atacan, y banalizan cada uno su violencia. Y ese es el problema del mundo digital, que nos encierra en una burbuja donde no nos acercarnos a los que piensan diferente, y eso provoca solo conflicto.

El 24 de diciembre de 1914 ocurrió en la Primera Guerra Mundial algo muy curioso. A este episodio se le conoce como “la tregua de navidad”. Un general británico y otro alemán acordaron no dispararse esa noche. A aquello le siguió tomar unos tragos con el otro bando, e incluso un partido de fútbol. Tras poner cara a su enemigo, pasadas las horas, los dos ejércitos eran incapaces de atacarse, pues habían puesto alma a los que hasta hace poco eran satanás. Ese es el poder del diálogo, de estrechar una mano, o de dar un abrazo. Algo que en el mundo digital por mucho Zoom, Skype y demás vainas, jamás se conseguirá.

Que no haya comercio, que todo esté cerrado, que no podamos movernos con libertad, enferma nuestra alma tanto o más que el COVID-19. Por si no lo sabían hay una patología que es el marasmo, si los bebes no tienen contacto físico mueren. A lo que estamos asistiendo es a un marasmo mundial, por la era digital y por esta pandemia. Un momento perfecto para que se alimente el odio que todos llevamos dentro.

Añoro los mercadillos africanos, donde el bullicio te da vida, donde no se puede comprar nada directamente; a la fuerza toca tomarse un té con el vendedor, charlar un rato y luego si hay acuerdo se hace el negocio. Esto les puede parecer de otro siglo, y quizás lo es, pero nos hace más humanos. Si algún día me reencarno pediré irme a vivir al siglo XIX, donde la esperanza de vida era cuarenta años menos que ahora. Pero el tiempo de nuestra existencia era pleno, sin tanto adorno superficial como el que ahora nos acompaña.

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